Nuestro homenaje:

El bandoneón – Un inmigrante ilustre

Nació en Alemania a mediados del siglo XIX. Hijo de Heinrich Band, dicen que había sido concebido para un destino litúrgico, aunque por entonces ni el propio padre sospechaba cuál sería el culto de su consagración definitiva. Dado que su progenitor no tenía dinero para criarlo como Dios mandaba, un tutor pudiente, de apellido Arnold, fue quien terminó de alistarlo para salir al mundo.

Algún día ignorado, en plena juventud, Bandoneón dio en treparse a un barco con destino al Nuevo Mundo. Quizás lo hizo como un simple polizón. Y como tantos otros, tal vez también soñaba con “hacer la América”.

¡Vaya si la hizo!

En Buenos Aires, su garganta de catedral fue consolando atardeceres en los cuchitriles y en los patios; después los cafetines demoraron sus horas de trasnoche, hasta que un día aquella voz se volvió definitivamente arrabalera. Fue en esos tiempos cuando empezaron a llamarlo por sus varios sobrenombres: “Bandolión”, “Mandolión”, y entre sus más íntimos, sencillamente “Fueye”.

Setenta y un botones conforman su gola portentosa. A través de esas teclas han cantado melodías todos los tangos, canciones y milongas que eslabonan la historia de la música ciudadana. Aníbal Troilo, Astor Piazzolla, Rubén Juárez, por sólo nombrar algunos, le consagraron sus vidas y talentos. Y cuando recaló en tierra salteña, Dino Saluzzi le inculcó un acento folklórico que terminó de sellar su pertenencia a esta franja sudamericana.

Hoy es justo que celebremos su día. Porque como tantos otros inmigrantes, él también llegó para quedarse. Hizo de la Argentina la patria musical definitiva, y del tango, su gran himno popular.

El Bandoneón: un ilustre inmigrante alemán, nacionalizado argentino.

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