“HISTORIA DE SELKIRK”

El verdadero Robinsón

De Ernesto Morales

(Colección Buen Aire – EMECÉ, 1948)







Las librerías “de viejo” suelen darnos estas satisfacciones. Buscamos hasta el cansancio una obra agotada y un buen día, cuando ya estamos a punto de resignar la pesquisa, la muy esquiva asoma su rostro en una mesa de saldos, semioculta entre decenas de tapas añosas.

Sabemos que entre los siglos XVI a XIX los “terribles mares del sur” fueron testigos muchas epopeyas oceánicas y también un escenario propicio –casi mítico– para la inspiración de grandes novelas como “Robinson Crusoe”, publicada en 1719. Y aunque el personaje literario de Daniel Defoe goza de una popularidad bicentenaria, no todo el mundo sabe que la trama estuvo inspirada en la aventura de un hombre de carne y hueso.

¿Quién era John Selkirk? Ni más ni menos que un díscolo marinero escocés que tras una disputa con el capitán Stradling, fue desembarcado del “Cinque Ports” en la isla de Juan Fernández, donde quedó librado a su suerte. Corría el año 1704. Allí permaneció en completa soledad durante cuatro años y cuatro meses, refugiado en una gruta próxima a la Bahía de Puerto Inglés, hasta que al fin, en febrero de 1709, fue rescatado por la tripulación del “The Duke”. Estos datos están asentados en inglés sobre una placa de bronce emplazada en la isla, junto al “observatorio” de Selkirk, en Portezuelo.

Ernesto Morales realizó una excelente investigación previa del tema para elaborar esta obra breve (70 páginas), en la que brinda datos muy atrayentes acerca de la vida de Selkirk y también de la manera en que Defoe habría llegado a tomar contacto con su historia. Pero no es nuestra intención revelar aquí esos detalles, sino tan sólo esbozar una brevísima síntesis de su contenido.

La parte inicial aporta referencias precisas sobre el sitio que refugió a Selkirk durante poco menos de un lustro. Luego el autor nos informa acerca de la trayectoria marina del piloto Juan Fernández, de cómo y cuándo descubrió el grupo de islas que llevan su nombre –Santa Clara, Más Afuera y Más a Tierra– y de las características de su flora y su fauna. Intercala además otros datos de interés –las visitas ocasionales al lugar de algunos bucaneros como Sharp y Davis– y, entre otras curiosas coincidencias, las que determinaron que los nombres “Robín” y “Robins” estuvieran tempranamente ligados a la isla Más a Tierra.

El capítulo VII contiene pasajes francamente emotivos, sobre todo cuando se transcribe el episodio del rescate descripto por el capitán del “Duke” Woodes Rogers en su Diario, publicado en 1712 y luego reeditado varias veces, incluso en francés.

Al regresar a Larco -su villa natal natal- Selkirk se reencontró con su familia y poco a poco fue readaptándose a la vida social; tanto como para enamorarse y contraer matrimonio dos veces. Sin embargo, las invisibles sirenas del mar habían ganado su corazón. En 1728 volvió a embarcarse en el Weymouth. Esta vez, sin embargo, sería un viaje sin regreso: un naufragio puso fin a sus días.

Es importante señalar que este marinero escocés nunca dejó de añorar aquella isla lejana. En sus memorias, según nos cuenta Morales, hay pasajes que así lo atestiguan:

“¡Oh, mi querida isla! ¡Cuánto habría dado por no dejarte nunca! ¡Nunca fui mejor que cuando habité tu suelo, y desde que te abandoné no he vuelto a ser bueno, ni lo seré tal vez jamás en adelante!”

Según nos recuerda el autor, la historia registra la existencia de otros “robinsones”; y contra lo que podría suponerse, sus experiencias no siempre parecen haber sido trágicas ni necesariamente dramáticas.

Esto lleva a pensar que algún encanto secreto han tener sin duda la soledad y el aislamiento. Después de todo, ¿quién no ha sentido alguna vez la tentación de refugiarse en una isla desierta?

Eber Girado

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