Colabora hoy: Olga Starzak*


FRANCISCO UMBRAL: RECONCILIARSE CON LA MUERTE

Recuerdo que cuando comencé a leer “Mortal y rosa” me costó reconocer que estaba ante el mismo autor de aquel libro del amor y del viagra. El mismo hombre que asegura que la mejor droga es la imaginación y después acepta haber recurrido a barbitúricos, al alcohol, a las anfetaminas; el que en “Mortal…” dice que la verdad es la mejor medicina pero luego manifiesta necesitar una pastilla para escribir, otra para vivir, otra para dormir… No lo juzgo, le han pasado demasiadas cosas… ¡Ha perdido un hijo!

Apenas inicié la lectura de esta obra sentí la necesidad de ir apuntando frases, recursos, imágenes. Francisco “Paco” Umbral escribe este libro en un momento tristísimo de su vida. Y no pude dejar de leerlo como madre, de imaginar la impertinencia de los hospitales, el olor acre metido hasta en las paredes, el rictus repetido en el rostro de los que esperan… Una vez más creo que es en las circunstancias más dolorosas cuando los escritores despliegan todo su talento (aunque Umbral diga que el talento se construye) sacando de sí la parte más bella pero también la más morbosa, la más inhumana pero también la más sensible.

Más que de una novela, cuando hablamos de “Mortal y rosa” debiéramos hablar de un monólogo lírico brillante, de un diario íntimo, de una fuerza catártica. Toda la obra es casi una sucesión de metáforas, innumerables imágenes de las llamadas “visionarias” o “irracionales”. Hasta en algún momento me recordó a Walt Whitman en “Canto a mí mismo”, salvando las épocas en las que ambas obras están escritas y las culturas que los diferencian.

No menos que apesadumbrada por la trama -si se puede decir que haya una trama en este sucesivo canto agonizante a la muerte misma- quedé impresionada por los incontables recursos utilizados para describir/descubrir una misma escena; la recargada pero siempre oportuna adjetivación, un estilo que se mantiene durante casi todo el libro y que sólo cambia sobre el final; la incursión en poemas (a veces alejandrinos, otras sin métrica, con rimas, libres, etc), la vinculación de situaciones materiales y abstractas: la caída del pelo con la extinción, con la muerte, las manos del hombre y el tacto/contacto con el cuerpo de la mujer, los ojos (la mirada) con la imaginación, el sexo del hombre con un antropoide… También la frecuencia con la que utiliza los conglomerados sonoros que solemos evitar (por considerarlos cacofónicos), las aliteraciones, los parónimos.

Su prosa se nutre constantemente de otras voces (la de Jiménez, Gómez de la Serna, Cela, Quevedo, Unamuno) pero siempre utilizando su propia voz y con una intertextualidad libre. Sin atarse a las reglas del entrecomillado, sólo cita; lo hace hasta cuando usa una palabra “suelta” pero significativa en su contexto, de otro autor.

Con un estilo soslayado, implícito, candente, tierno y romántico (aunque –a veces- necesariamente violento) Umbral se refiere siempre, al menos en esta producción (no voy a referirme aquí a sus “Memorias eróticas”) a las situaciones amorosas desde lo nostálgico, desde el dolor de las pérdidas, de los amores lúgubres, en ambientes impetuosos.

Mortal y Rosa es una prosa poética que nos confronta con lo más bello de la literatura: la posibilidad de decir, de elegir las palabras, de ingresar al mundo del lector hasta hacerlo declinar. A tal punto que en el medio de la catástrofe y el dolor, de la impotencia y la muerte a la que el autor decide recurrir (en vida), cercado por lo mísero y lo trágico, acepta el poder de la destrucción -de la autodestrucción- hasta llegar a definirse como “el único cadáver capaz de escribir”. Creo que la ausencia de fe religiosa lo lleva a aferrarse a las escenas más esperpénticas. Una de las frases que más me angustiaron es aquella en la que, refiriéndose a la silla de ruedas que él mismo utilizaba para llevar a su chiquito enfermo, dice: “…llevo en la silla de ruedas una porción mínima de muerte, un niño que no pesa, una vida que no suena. Quisiera esto para siempre, seguir cruzando puentes, corredores, sonrisas amarillas de enfermos incurables, y que durase nuestro viaje hijo, y tenerte siquiera así..”. “Soldadito rubio que mandaba en el mundo, te perdí para siempre”.

No puede haber lugar en esta poesía -porque pareciera haberse esfumado para siempre en la vida de Umbral- “la magia con aroma a rosas y sonido de violines” –como dijera otro querido poeta.

La noticia de su partida me apenó, por muchas razones; también por lo que seguramente aún tendría para aportar a los cánones de la Literatura.

Pero estoy segura de que el pasado 28 de agosto, el inolvidable Paco Umbral, en el último renglón de su existencia, al fin logró reconciliarse con la muerte. Y quién dice… reencontrarse con su soldadito rubio, y entonces sí recuperar –esta vez para siempre- la magia con aroma a rosas y sonido de violines.


* Escritora chubutense. Ha publicado dos volúmenes de cuentos: «En el umbral de los encuentros» (Ediciones del Cedro, 2002), y «Estigmas» (Ed. Vinciguerra, 2004). En el mes de octubre próximo presentará en público una nueva obra de su autoría.

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