Apago el motor y el paisaje me devuelve al instante toda la intensidad de su silencio. Un silencio sideral, profundo, extendido. Me bajo enseguida y salgo a caminar por el sendero aleatorio que voy abriendo a mi paso mientras avanzo entre las matas.

Unos silbidos cercanos se acallan de pronto ante el ruido provocado por mi presencia. Me detengo por un momento. Respiro hondo. El perfume agreste me ha invadido las fosas nasales; es una fragancia oleosa que emana de las jarillas y se entremezcla con dejos de tomillo.

Deslizándose por la bóveda límpida del cielo luminoso, tres o cuatro jotes sobrevuelan las lomas cercanas. La vida de la meseta va volviendo a la normalidad. Mi quietud parece haber devuelto la confianza a los gorriones que ahora retoman su juego a las escondidas entre el follaje, mientras sueltan sus trinos breves e inquietos.

Comienzo a caminar otra vez. A los pocos metros me sorprende el fragor repentino de un aleteo torpe, urgente: es una martineta que ha levantado vuelo casi bajo mis pies para huir despavorida. Río para mis adentros. Estos incidentes ya me han sucedido otras veces y sin embargo, el revuelo inesperado siempre me deja una sensación de vaga inquietud durante algunos segundos.

Avanzo hacia el cañadón estrecho. A medida que me acerco voy apretando el paso a causa de la ansiedad. Hace mucho tiempo que no visito el yacimiento. Esta vez traigo conmigo el equipo adecuado para fotografiarlo en detalle.

Al llegar al talud me ocurre lo de siempre: los matorrales que ocultan el alero me desorientan, tengo que abrirme paso entre las ramas una y otra vez, las espinas de los algarrobillos se me enganchan en la ropa, me raspo los brazos y las manos, pero al fin consigo llegar a un pequeño claro donde asoma el voladizo de piedra y arcilla.

Me tiro en el suelo boca arriba y comienzo a fotografiar los grabados rupestres sobre el techo de greda. Pisadas de guanacos, de pumas, de ñandúes; manos, espirales graciosas, casi perfectas; círculos que representan soles circunvalados por un haz de rayos diminutos, trazados con delicadeza y mucha paciencia.

Por fortuna todo sigue intacto, a diferencia de otros yacimientos en la misma zona que han sido destruidos, saqueados por depredadores para llevarse terrones enteros con grabados similares.

Quiero pensar que esto no sucederá aquí por mucho tiempo. El alero está bien oculto de la vista de cualquier caminante. Lo descubrí por purísima casualidad hace algunos años, un día en que me sucedieron ciertas cosas extraordinarias. Pero esa es otra historia.

Mientras no esté garantizada una custodia responsable de su integridad física, el único modo de proteger estos tesoros consiste en registrarlos con la cámara para rescatarlos de cualquier posible infortunio, aunque sea través de las imágenes fotográficas.

Quiero creer que algún día estarán dadas las condiciones para compartir con todos el sitio hoy secreto.

Entretanto y por ahora, mientras de mí dependa, nadie sabrá donde se encuentra este minúsculo templo del arte primigenio.

E.G.

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