CRISTALES DE ESPERA

Tal vez debiste prestarle más atención a todas esas prevenciones. Si hasta Aldo te lo advirtió en esta misma sala, dos días atrás, mientras le comentabas tu entusiasmo acerca de ese libro. “Con eso no se juega”, ¿recordás…? El mismo mensaje iba implícito en las miradas reprobatorias de Nora, en el silencio sugestivo de Nacho cuando le comentaste el asunto.

Pero no hubo caso. Igualmente quisiste “experimentar”. Algo que la mayoría de los nuestros aguarda ansiosamente durante siglos. Y así llegó mi hora afortunada.

Cuando te sentaste frente al espejo (desde donde he espiado esta zona de tu intimidad durante tanto tiempo) nos miramos atentamente el uno al otro, como siempre. En verdad, sólo me limité a devolver tu imagen, con la entrega complaciente de quienes nos ha tocado en suerte la cristalina dimensión del mundo de las apariencias. Sólo que esta vez supe que sería distinto. Lo delataba el brillo de tus iris, las pupilas dilatadas, esa extraña y persistente concentración en tu mirada.

Casi lo logro en el primer intento. Sin embargo, fue preciso volver a insistir, porque de pronto vacilaste. Estabas entrecerrando los párpados y al distraer levemente tu atención por un instante, se interrumpió el hechizo.

Todo estuvo a punto de frustrarse.

Pero estabas obsesionado. La segunda vez sentí que finalmente iba a ocurrir. Respiraste muy profundo, me miraste sereno, con firmeza, permaneciste quieto. Obedeciste fielmente las engañosas instrucciones.

Al cabo de tres minutos ya no sabías bien de qué lado estabas. A medida en que nuestras miradas se iban intensificando, tu éxtasis y el mío se fusionaban en una comunión de imágenes gemelas. Cuando comenzaste a dudar, yo ya había comenzado a adueñarme muy suavemente de tu cuerpo físico y empezaba a percibir esa sensación de tibiezas recobradas, de contactos casi olvidados.

Creo que ni siquiera llegaste a percibir el momento en que se produjo el intercambio transpersonal, tu conversión de solidez material en puro reflejo lumínico, en energía sutil y capturada.

Ahora no te hagas ilusiones. No cometeré la equivocación de volver a colocar el espejo en su sitio. Simplemente diré que se rompió, y de aquí en más permanecerá guardado en el desván, hasta que el destino decida favorecer otro intercambio.

Sé que cuando eso ocurra estarás allí, solitario e impaciente, buscando en vano recuperar el cuerpo que ahora poseo, el que ahora extrañás y reclamás desde el silencio.

Más aún: juro que evitaré todos los reflejos. Hasta aquellos que surjan de los inocentes charcos de la calle.

No correré el riesgo de mirarte, de mirarnos, de distraerme o de dudar. Sería una estupidez de mi parte, ahora que he vuelto a apegarme definitivamente a este añorado universo de lo tangible.

Eber Girado

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