«1908-2008 – Centenario Capilla Bethlehem»
Por Mario Jones
El jueves 17 de abril de 2008, en el auditorio del Museo «Egidio Feruglio» – Trelew (Chubut) se presentó este libro que contiene datos históricos sobre la Capilla Bethlehem y la comunidad de Treorky, del Valle Inferior del Río Chubut. A continuación las palabras pronunciadas en la ocasión por el presentador, Carlos Dante Ferrari.
Si nos representáramos a la memoria como un pequeño edificio, uno de los recintos más nobles y acogedores debería ser, sin duda, el de la gratitud. En ese espacio es donde guardamos nuestros mejores tesoros.
Porque la memoria agradecida es la que nos relaciona con hechos vinculados a lo esencial de nuestra existencia: la familia, el entorno donde nacimos y nos criamos, los afectos; todo lo que nos conecta con nuestra identidad, con el sentido de pertenencia.

La ciencia histórica también se ha tenido que nutrir muchas veces de la memoria de testigos y protagonistas para completar sus anales. Pero la historia que nos enseñan en los colegios está diseñada a trazos gruesos, con los hechos más trascendentes para la vida de una provincia o un país, descriptos en grandes pinceladas.
Hay en cambio capítulos de la historia de una comunidad que no suelen ser rescatados en los textos de enseñanza. Son las crónicas de la vida cotidiana, ese devenir de los días que discurren en la vida real de las personas sencillas, de un pueblo que a veces –para los registros oficiales– suele quedar en el anonimato, porque sus episodios acaso no consistan en hechos notables e inmediatos, como las proezas científicas o las hazañas bélicas, sino en el trabajo y el sacrificio constantes, en la perseverancia, en la lenta y progresiva realización de un proyecto comunitario de muy largo plazo.

No es común que se rescaten en forma documentada esos acontecimientos de la vida social, tan emparentados con nuestra identidad; tan dignos de ser conservados en el recinto de la gratitud de la memoria.
En lo personal, muchas veces, pensando en tantos hechos y anécdotas del valle que seguramente se han ido perdiendo a través de los años, me he reprochado por qué muchos de nosotros no supimos comprender a tiempo la importancia acudir a esa fuente valiosísima, a ese banco de datos viviente que son nuestros mayores, siempre tan memoriosos. Ellos han sido testigos de muchos sucesos que, como dije, la “historia oficial” nunca llegó a registrar.
Nuestro querido amigo Mario Jones tuvo en cambio la lucidez, la feliz idea de afrontar ese desafío. Y también tuvo la iniciativa de plasmarlo en una obra bilingüe, para que sus páginas pudieran ser recorridas en galés o en castellano, a opción del lector. Quizás fue por un llamado íntimo de su “hiraeth”, de esa dulce nostalgia que nos induce a rememorar las cosas queridas. No olvidemos que Mario fue criado en un hogar donde se hablaban ambos idiomas con toda naturalidad y fluidez.
Lo cierto es que un buen día nuestro amigo se puso manos a la obra y comenzó a recolectar documentos del pasado de esa bella zona rural que conocemos como Treorky. Y como no podía ser de otra manera, el núcleo de la vida social de esa comunidad era su capilla. “Bethlehem”.
Sabemos que para los descendientes de los colonos galeses la capilla no sólo era el punto de reunión para el culto religioso dominical. También constituía un centro de reunión social, y en ocasiones se convertía en un foro de debate ideal para intercambiar ideas y opiniones acerca de otras cuestiones de interés común para los vecinos de la zona. Con frecuencia, como lo narra Irma Hughes de Jones en su relato de la niñez titulado “Ir a la capilla”, antes del servicio religioso, los hombres solían congregarse a un costado de la capilla para conversar y resolver diversos temas, aprovechando el momento de reunión colectiva.
Y como bien lo ha señalado Claudia Ansaldo en el prólogo, la vieja capilla, como institución (tanto la actual, de 1908, como sus enclaves precedentes, arrastrados por las inundaciones) fue nucleando a los vecinos de Treorky a través de las generaciones, con gran fuerza protagónica en sus vidas. Por eso puede decirse que la capilla Bethlehem, desde 1908 hasta la actualidad, en que se cumple un siglo de su edificación, es un testimonio de la fe inclaudicable de su grey.
La obra que hoy nos brinda Mario, además de contener un material muy valioso, también posee un gran valor testimonial. Precisamente porque reproduce fragmentos y escritos de antiguos vecinos de Treorky que nos relatan sus vivencias, retazos de vida de la época en que la capilla formaba parte inseparable de la vida familiar.
Hay en estas páginas relatos dulces y conmovedores, recuerdos narrados por nuestra queridísima Irma Hughes de Jones, por Alwyna Thomas, por Elva Humphreys de Perrozzi y por el propio Mario.

Por otra parte, encontraremos en el libro la reproducción de recortes periodísticos de distintas épocas que registran acontecimientos celebrados en la capilla: cultos recordatorios, casamientos, navidades, los Gwyl y Glaniad, los “Sosials”.
Se incluyen asimismo poemas de Arel Hughes, de Irma Hughes, y una larga lista de genealogías familiares de Treorky.
Figuran además los listados de los pastores y diáconos, de los organistas y directores de canto que desfilaron por “Bethlehem” a lo largo de estos cien años.
Por si todo esto fuera poco, el libro nos muestra una hermosa y variada colección de fotografías de todas las épocas.
Y esas fotos antiguas le dan al libro un toque muy especial. Recorrer sus páginas y observar las imágenes, muchas de ellas con rostros bien conocidos, y en otros casos, rostros de personas que ya no están entre nosotros, nos provoca una inevitable emoción.
Allí están, familias enteras, grupos de vecinos, niños del ayer –hoy adultos– sorprendidos por la cámara en diversos momentos importantes de sus vidas. Verlos es una forma de compartir esas antiguas escenas, en su gran mayoría, vividas en familia y al amparo de la vieja capilla Bethlehem.
Otro buceador del pasado a quien debemos una invalorable labor de rescate –me refiero al querido Edi Dorian Jones, que en estos días está atravesando momentos difíciles y a quien desde aquí le envío un abrazo enorme y un deseo de pronta recuperación– me dijo, hace un par de meses atrás una frase que hasta hoy sigue resonando en mis oídos: “así como nosotros miramos los rostros en las fotografías, ellos también nos miran a nosotros.”
Creo que, aunque sea en sentido poético, es muy lindo tenerlo por cierto. Y en ese caso, si aceptamos la metáfora, me atrevería a decir que esos rostros perpetuados en las placas que nos muestra el libro de Mario, también nos están mirando desde la misma dimensión a la que aludía al comienzo de estas palabras.
Nos miran desde la gratitud, por tener memoria, por recordarlos, por rescatarlos de las páginas dulces del pasado.
Por todo esto, Mario, felicitaciones y muchísimas gracias.

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