INTERMEZZO BONAERENSE

Por Jorge E. Vives

Hace un tiempo se comentaba en esta página la estrecha relación existente entre literatura e historia. Esto sucede especialmente en la Patagonia, donde episodios auténticos alcanzan un carácter fantástico que da pie a la creación literaria de ficción. Uno de los hechos que merece ser argumento de una novela o al menos motivo para un cuento corto es el poblamiento de la actual ciudad de Coronel Suárez, en la provincia de Buenos Aires, por parte de un grupo de colonos galeses del valle del Chubut.

Este suceso abarca el período que va desde el 1ro de septiembre de 1881, a las 23:00 horas, cuando llegan al lugar los primeros ocho colonos -a los que se agregarían 50 familias en 1885 y 1886- hasta cerca del año 1890, en que la masa de ellos retornan al sur. Quedaron unos pocos chubutenses habitando esas tierras, otros murieron allá. Su historia comenzó a difuminarse por el arribo en 1887 de varios contingentes de alemanes del Volga; cuya presencia, importante en número, borró en cierto modo las huellas del intermezzo de los galeses en los pagos bonaerenses.

Entre las familias que se trasladaron a “Sauce Corto” (como se llamaba en ese entonces Coronel Suárez, que sólo adquiere su actual nombre en 1888), estaba la de Thomas Morgan Jones y Mary Powell. Su hija Gwen estaba a su vez casada con David Beynon Williams, colono proveniente de Estados Unidos. Tenían en el momento de emigrar varios vástagos. Estando allá nace otra niña, Elizabeth, quien ya de vuelta en Chubut recibía por ese motivo el mote de “La Porteña”; un recuerdo entrañable de aquellos tiempos cuando en el “interior” la campiña de Buenos Aires era considerada una extensión natural de la ciudad del puerto.

¿Cómo llegan los colonos a la provincia de Buenos Aires? La historia es sencilla. El territorio de los actuales partidos de Coronel Suárez, General La Madrid, Coronel Pringles y Saavedra fue otorgado en concesión, en 1878, al coronel Ángel Plaza Montero. Estas 300.000 hectáreas se transfirieron en 1881 a Eduardo Casey, quien se compromete a poblar las tierras concedidas con, al menos, 60 familias. Buscando colonos, Casey los encuentra en Gaiman, entre los integrantes de la comunidad galesa establecida en 1865. ¿Y por qué volvieron más tarde la mayoría de los colonos al Chubut? Según narra la crónica, tuvieron varios años seguidos de sequía, heladas y malas cosechas, lo que motivó que muchos de ellos prefirieran retornar al sur –ya conocido– o probar suerte en otras latitudes; como Canadá o Australia.

Este artículo se inició mentando la existencia en la Patagonia de sucesos reales que ameritan reflejarse en la literatura de ficción. ¿Qué nos motiva a decir esto al referirnos a esta colonia galesa instalada al pie de la Sierra de “Curru Malal” (Corral negro), como a veces se la llamaba; aunque se haya impuesto finalmente el actual toponímico “Cura Malal” (Corral de piedra)? Primero, porque es una historia que puede escribirse a “dos puntas”: mirándola desde el valle del Chubut o viéndola desde Coronel Suárez. Segundo, porque ejemplifica una situación frecuente en aquella época: el desarraigo dentro del desarraigo. Esos colonos eran doblemente desarraigados: habían abandonado Gales en pos de un sueño; y ahora volvían a partir dejando atrás amigos y familiares en busca de otra tierra. Y tercero, porque el sacrificio que implicó para esa gente tal movimiento es realmente impensable en la actualidad. Para llegar a Coronel Suárez las familias se embarcaban en Rawson e iban por vía marítima hasta Buenos Aires, lugar en el que tomaban el tren con destino a Bahía Blanca. Descendían luego en la estación de Sauce Corto y allí debían conseguir algún medio de transporte terrestre para llegar finalmente a su destino, la chacra asignada. Imaginemos ese desplazamiento. No parece nada fácil. ¡Y recién entonces comenzaba el verdadero trabajo!

Indudablemente, hay historias en la Patagonia que merecen ser narradas en novelas y cuentos. O, al menos, en simples artículos sin mayores pretensiones literarias, pero con ganas de recordar y homenajear a esa esforzada gente, como es éste.

NOTA: El autor agradece la gentil colaboración del historiador suarense Don Héctor Dos Santos, autor del libro “120 años en la historia de Coronel Suárez”.

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