IXIAMAS

Por Jorge E. L. Vives*

Ixiamas. Aun ahora, cuando conozco la realidad de este caserío rodeado de selva, con sus calles de tierra roja hundiéndose abruptamente en el mar verde esmeralda que lo circunda y lo aísla, su nombre sigue teniendo el mismo dejo romántico que me subyugó cuando lo escuché por primera vez en un bar de La Paz. Sofocado por el calor y la pesada quietud del aire que un desganado ventilador de techo intenta vanamente aligerar, contemplo a través del vidrio de la ventana del hospitalito donde estoy postrado la lluvia que se derrama sobre la vegetación exuberante.

Superado por este escenario tropical no dejo de pensar en los fantasmas que menta Conrad en “El corazón de las tinieblas”, recreado a fines de los setenta por Francis Ford Coppola y un irreconocible Marlon Brando. Congo, Indochina, el Beni… ¿todos los trópicos serán así, densos, agobiantes para los cuerpos y los espíritus? Soy un hombre del sur, del viento y del frío; y este paisaje me es anómalo. Pienso entonces, mientras la lluvia cae impasible sobre el pueblo, cómo fue que llegué aquí.

— 0 —

Recuerdo mi arribo a Bolivia, a causa de un trabajo de varios meses en La Paz. La ciudad me atrapó desde el principio. Tenía – tiene, aunque ahora me parezca tan lejana en el tiempo y la distancia – un aire cosmopolita, pero a la vez profundamente vernáculo; donde se mezclan íntimamente los recuerdos de la época colonial con las tradiciones collas y la modernidad occidental. Me gustaba, luego del horario laboral, recorrer cualquiera de los barrios de la fragmentada capital; aunque la mayoría de las veces prefería caminar por el Casco Viejo o calle arriba por la Buenos Aires. Curioseaba en las tiendas de las brujas de Linares y en los negocios de la Sagárnaga, mientras el sol de la tarde caducante iluminaba el campanario de San Francisco y, allá a lo lejos, la cumbre del Illimani.

El boliviano es hospitalario por naturaleza. Pronto me hice de un grupo de amigos con los que compartíamos un café espeso y exiguo en el bar “La Ciudad”, un whiskey en el “Montmartre” o unas cervezas en “El loro en su salsa”. Fue en uno de esos lugares cuando alguien mencionó por primera vez a Ixiamas. Yo había comentado que me agradaba Bolivia. Entonces otro de los presentes dijo que a mi lo que me gustaba era La Paz. Pero La Paz no era Bolivia; debía recorrer Bolivia, entrar en la Bolivia profunda si quería conocerla, aunque más no fuera como se conoce al iceberg por su punta, para emitir mi opinión. “Debes ir a Potosí, a Santa Cruz, a Trinidad, a Riberalta… debes recorrer este país poligonal bordeando su perímetro… y tienes que terminar en Ixiamas”.

– ¿Por qué en Ixiamas? –pregunté, y su vaga respuesta fue el acicate que me decidió a realizar el periplo. “No sé”, me contestó, “supongo que porque cualquier lugar es bueno para terminar un viaje”.

— 0 —

Con un mapa vial no muy confiable – según me advirtió el vendedor – y una mochila, subo al bus que me llevará a Oruro, primer punto de mi viaje. Varias veces me alertaron sobre la dificultad de conseguir medios de movilidad en el interior del país; pero confío en mi suerte. Tengo un itinerario dibujado en el mapa. Lo que no estoy seguro es si tengo un motivo para viajar. ¿Conocer la Bolivia profunda? ¿Llegar a Ixiamas? ¿O habrá otro motivo que aun no tengo claro y que espero descubrir en el camino?

Al mediodía arribamos a Oruro. Desciendo para recorrer la ciudad, que me defrauda. Sin el frenesí del carnaval es una ciudad común y corriente, incluso un poco apagada. Tal vez, despojada del disfraz de la triste alegría de las carnestolendas, se me aparece tal cual es. En La Paz he presenciado varias entradas folklóricas, donde los bailarines danzan como en la famosa Diablada; y me gustó el colorido de los disfraces, el pegadizo ritmo de la música; la belleza y la gracia de las mujeres y la fuerza de los hombres bailando caporales. Pero me alegra conocer a esta ciudad de mineros, sin sus oropeles. Así es más real.

Al día siguiente retomo mi camino hacia Potosí. Con las últimas luces, luego de una jornada durante la cual la calamina me ha hecho tiritar sobre el bus, percibo a lo lejos la silueta del cerro Rico. Pero recién en la mañana posterior lo veo con todo su esplendor, dominando la ciudad como un Leviatán. En compañía de unos guías–niños recorro los túneles de una mina, previo regalar a los mineros cartuchos de explosivo comprados en el mercado local. También adquirí unos cigarrillos: en la profundidad, frente a la rudimentaria estatuilla de un Baphomet de ojos brillantes, los ofrendamos al Tío; ceremonia que se me antoja demasiado turística. Sin embargo, al salir, uno de los niños me invita a presenciar el sacrificio ritual de una llama que se llevará a cabo unos días más tarde para propiciar la búsqueda del mineral. Eso me parece más genuino. En esa supervivencia de lo ancestral tal vez empiece a encontrar la Bolivia profunda, una tierra que sin dudas sería la delicia de Frazer.

Esa noche en un bar conozco a un yanqui, en cuyo vehículo al otro día me encuentro rumbo a Uyuni. Hemos acordado compartir el costo del combustible. Maneja rápido; un paisaje desértico de quebradas y cerros coloreados pasa fugaz a nuestro lado. Pronto llegamos al pueblo, chato, horizontal, aferrado al borde del mar de sal. En una agencia de turismo conseguimos dos guías; estos son adolescentes. Nos internamos en la planicie blanca siguiendo sus indicaciones, ya que no hay caminos marcados. El yanqui acelera el vehículo; incitado por los gritos de excitación de los jóvenes conduce a una velocidad peligrosa. Pero arribamos sanos y salvos a la isla del Pescado. Mientras el yanqui fuma un cigarrillo y charla con los adolescentes que lo han hecho su héroe, subo por la pendiente erizada de cactus enormes para contemplar desde la cima el infinito blancor.

Cuando volvemos a Potosí el yanqui se ofrece a llevarme hasta Sucre, donde debe ir por cuestiones de trabajo. Es así que doce horas más tarde vuelvo a subir a su jeep; y luego de un corto viaje nos despedimos al llegar a nuestro destino. Así como Oruro se me mostró chata y Potosí colonial, Sucre aparece ante mis ojos como una ciudad blanca. Pero no me quedo allí mucho tiempo: estoy ansioso por bajar del altiplano; quiero llegar a Santa Cruz. Consigo un vehículo que va para aquel lado, aunque el conductor me advierte: “No paso por Cochabamba, voy por Epizana”. Lejos de molestarme, me alegra ese insólito itinerario. Es así que después de varias horas llegamos de noche a Santa Cruz de la Sierra. No pude ver la fortaleza de Samaipata; pasamos por allí en plena oscuridad. Pero sí pude contemplar la tenebrosa selva húmeda, donde la niebla eterniza una amenguada luz crepuscular.

Permanezco sólo un día en la ciudad. Es un lindo lugar, pero no es la Bolivia que busco. Tomo un tour para recorrer las Misiones; como era lógico, me aburre la vocinglería de los turistas. Abandono el vehículo en Concepción, en medio de las airadas críticas del guía. Allí, mientras tomo un chuflai al aire libre en un bar ubicado enfrente de la policroma iglesia de madera, me reencuentro con Bolivia. Al día siguiente logro convencer a un camionero que va para Trinidad que me lleve. La ciudad, rodeada de agua, remeda una Venecia salvaje. El clima tórrido me empieza a urgir: siento el llamado de Ixiamas desde algún lugar de la selva amazónica. No puedo evitar su influjo y esa misma noche busco un medio para proseguir mi viaje. Mi transporte pasa por San Borja y luego me deja en un cruce de rutas solitario llamado Yucumo. De aquí a Rurrenabaque son unos pocos kilómetros. No me cuesta mucho conseguir quien me acerque al pueblo de nombre eufónico acurrucado en un recodo del Beni; frente al cual ceno a la noche con pacú fresco, pescado esa misma tarde. Contemplo las luces que se encienden en San Buenaventura, del otro lado del río. Una lancha navega de costa a costa: el sonido de su motor se escucha nítido en el calmo anochecer. En un bote similar espero cruzar al día siguiente.

Esa noche duermo mal; mejor dicho: no duermo. Acosado por el viaje que me espera doy vueltas en la cama aséptica de un hotel casi vacío. Un amanecer de cielo gris y garúa fina me sorprende preparando mis escasas pertenencias. Salgo para el muelle y pronto consigo una embarcación. A partir de ese momento todo se acelera, como si Ixiamas fuera un imán que me empezase a atraer con más fuerza. En la otra orilla debo esperar casi una hora hasta que se reanuda la vida en el pueblo; pero no advierto el paso del tiempo. Mi reloj vuela. Pregunto por doquier hasta que al fin encuentro alguien dispuesto a llevarme; pide una buena suma. Pago sin chistar: tampoco me importa el dinero, sólo quiero llegar a mi destino. Me subo junto con un hombre circunspecto e impenetrable a una camionetita. Partimos por una huella orientada hacia el norte, mientras la lluvia cae a ratos, como si el cielo encapotado estuviera jugando con nosotros.

Al cabo de varios kilómetros de camino precario recorridos bajo la intermitente llovizna, desde una altura, distingo entre la vegetación los techos de un caserío. Como un relámpago entreveo a través de la lluvia la vaga silueta del fin de mi viaje. Un pueblo pequeño, similar a Rurrenabaque, materializa la mítica –en mi visión– Ixiamas. Luego de quince días intensos estoy llegando a ese lugar que marqué en mi mapa; como un incentivo que me movió a lo largo de cinco mil kilómetros de sendas y carreteras y huellas desoladas. Pero aun falta un trecho. Delante nuestro el enlodado camino desciende casi verticalmente; flanqueado por un lado por la montaña y por el otro por un amenazante barranco. Mi chofer comienza a bajar cautelosamente.

De repente sucede, con la molesta indiscreción de lo inopinado, el accidente. En el camino angosto y húmedo el vehículo patina y se va al precipicio. El conductor salta, al tiempo que me urge histéricamente a hacer lo mismo. Pero no reacciono. Dando vueltas dentro del vehículo, caigo varios metros; hasta que afortunadamente se detiene en un precario e inestable equilibrio. No pierdo la conciencia; siento pasar el tiempo. Anochece cuando escucho una veces e intuyo el cercano rescate. Ahora sí caigo en un sopor aceitoso, del que despierto en esta habitación del hospital. Cuando me recupero un poco un médico me informa de la gravedad de mis situación; está gestionando que me evacuen a un lugar que disponga de más medios. Luego me deja sólo en la habitación; y mientras veo el chaparrón derramarse sobre Ixiamas me sumerjo en mis recuerdos.

Ahora oigo voces en la habitación de al lado. Tal vez sea el médico, discutiendo mi traslado a un hospital mejor equipado donde tenga posibilidades de salvarme. Siento frío; no deja de rondarme la idea de una hemorragia interna. ¿Qué sé yo de medicina? Pero tantas veces he escuchado esas palabras…

Y hay otros indicios. Hace rato ha entrado una enfermera, una bonita joven de piel morena, ojos enormes como almendras del Beni y sonrisa dulce; una hermosa mujer que seguramente lleva en sus venas la sangre de los negros de los Yungas. Pese a su profesional optimismo no ha podido ocultar un aire sutil de conmiseración. Me agradó verla; no me cuesta imaginarla en una fiesta del pueblo bailando alegre y sensual al ritmo de una saya. Pero dejo pronto de deleitarme con esa imagen y vuelvo la vista a la ventana y a la lluvia que sigue cayendo en la tarde de cielo gris y melancólico.

¿Saldré de Ixiamas? Poco me importa. Sin ataduras sentimentales en ningún sitio de este mundo, Ixiamas es un lugar tan bueno como cualquier otro para morir.

*Escritor chubutense.

Este cuento obtuvo la 2da. mención en el X Certamen Literario “Premios Roberto Juarroz” 2007 organizado por la Municipalidad de Almirante Brown (Prov. de Buenos Aires).

SI LO DESEA, PUEDE VOTAR ESTE ARTÍCULO PARA EL RANKING DE BITACORAS.COM