LA PELEA

por Gerardo ROBERT*

Desde el calor sofocante del galpón, la figura del chileno Barrientos se proyectó en un salto hacia las espaldas del agarrador, que en ese instante se agachaba en el brete tentando la pata de una oveja lanuda.
Adentro, ensordecía la mezcla de ruidos de motor, manijas, discos de afilar y los gritos aislados pero fuertes de una veintena de hombres, envueltos en el clima singular e inconfundible de la esquila.
Eran las cuatro y veinte de la tarde y faltaban apenas unos minutos para el descanso del tercer cuarto.
Desde la mañana, una vieja rencilla sin mayores compromisos entre Barrientos y Faustino fue ganando espacio bajo el techo ondulado y ardiente. Ni siquiera hubieron destemples o amenazas; apenas roces y no me empujés o esta arrugada cascarrienta maneásela a otro. Vestía bien de criollo el Faustino. Botas de caña lisa, bombacha negra y una rastra modesta sobre la faja también negra que le ajustaba la cintura. Apenas deslucido por el polvo reseco de los bretes, completaba su atuendo la camisa celeste, pañuelo al cuello, el sombrero de ala angosta y un cuchillo mediano cruzado bajo la faja sobre el espinazo.
Un grito de advertencia agudo y resonante salió también del galpón junto con Barrientos y fue un resorte violento para las piernas encogidas del Faustino. ¡Guardaaa! Y la agilidad del salto instaló al agredido y al agresor en el corral grande, a partir de allí escenario de un torbellino de coraje envuelto en la nube creciente de estiércol pulverizado que levantaba la pelea.
En el momento mismo en que saltaba del brete, Faustino había llevado su mano derecha a la cintura y en la izquierda envolvió un extremo de la manea de cuero de oveja que en ese momento estaba utilizando.
Los esquiladores desconectaron con un golpe seco los engranajes de sus respectivas manijas y junto con el resto de la comparsa, corrieron entre gritos de intenciones diversas hacia el corral donde ya los dos hombres, absolutamente desprendidos de su entorno, concentraban bravura, mañas y habilidades en la contienda que parecía premonitoria de una tragedia insalvable.
La agresividad tozuda del chileno salpicaba con saltos, atropelladas y gritos sus arrestos impetuosos. Y era por comparación más sereno el movimiento sinuoso de Faustino, que “visteaba” prolijamente los embates con sus ojos muy abiertos, bajo el ala del sombrero que había levantado sobre la frente y que increíblemente, pese al rigor de la pelea, se mantenía imperturbable sobre su cabeza.
-Pará Barrientos! Sujetá! …no me obligués! -reiteraba Faustino mientras los resoplidos del chileno parecían una necesidad impuesta por esos dientes apretados hasta blanquearle los labios.
Y los pesados minutos se estiraban como queriendo demorar un final advertido y amargo. Fueron diez; quince. No hubo tiempo de contarlos ni hacía falta. El sudor caliente de esos gladiadores criollos y el de sus absortos circunstantes se entumeció de golpe sobre sus cuerpos cuando la puñalada profunda se hundió bajo la tetilla izquierda de Barrientos y su figura se quebró para deslizarse callada sobre el charco de sangre que se le había adelantado en la caída.
-No me dejaste otra, chilote. Yo no quería matarte pero no me dejaste, viejo.
Faustino, casi impasible, volvió su cuchillo a la cintura, bajó el sombrero sobre los ojos como con vergüenza y por el espacio que le iban abriendo, sin que nadie se le acercara, caminó bajo el sol agobiante de la mediatarde hasta sus pilchas, apiñadas sobre el piso de tablas en un rincón de la pieza de los peones.
El “compositor” de la comparsa, como se lo denominaba por entonces al contratista propietario de la máquina, fue el primero en agacharse junto al caído. Lentamente, con cuidado, lo dio vuelta y como si quisiera encontrar alguna inexistente posibilidad de salvarle la vida, le abrió la camisa dejando expuesta al sol la palidez final de su torso. Y sobre él, abiertas al asombro y al respeto, como semillas de leyenda, dieciséis puntadas, dieciséis incisiones pequeñas, dieciséis líneas breves de sangre apenas coagulada, se distribuían señalando los dieciséis momentos en los que la destreza de Faustino, a punta calculada de cuchillo, fue tanteando sin éxito los límites imposibles del coraje compartido en la pelea.

Camarones-1995

*Escritor y poeta chubutense

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