Me voy a referir al Día del Amigo; sólo desde el lugar que mis amigos significan en mi vida. Y a través de ellos, al sentido primero y último de esa relación a la que se ha dado en llamar AMISTAD.

Escucho con frecuencia que la gente se pregunta: ¿existe la amistad? ¿Existe la amistad entre personas de diferente sexo?, ¿cuándo una relación se convierte en amistad?, ¿cuándo deja de serlo? Interrogantes que, a mi criterio, carecen de respuestas generales. Porque la amistad, como toda relación, se forja de a dos. De a dos seres únicos e irrepetibles que, como tales, crearán una pareja singular. Sin parámetros posibles de ser descifrados para un todo.

A este concepto, muy personal, si se quiere, le es indispensable formular determinadas variables que deberían estar presentes para que esos dos personas traspasen la línea del compañerismo, del conocimiento producto de un objetivo en común, del espacio y/o tiempo compartidos por situaciones externas, como puede ser la laboral o profesional, y decidan, en mutuo acuerdo -en la mayoría de las veces implícito- convertirse en amigos.

Y es allí donde surge la fuerza inevitable que los alienta a elegirse. Las características similares o disímiles de ambas personalidades que se atraen por situaciones que ni siquiera tienen respuestas explícitas. Hay algo en la historia personal de cada uno de ellos que, como una ley de Atracción, los liga en algún momento de la vida para no dejarlos, bajo ninguna circunstancia, separarse jamás. Aún cuando las circunstancias personales atenten contra la cercanía y les dispense historias geográficamente separadas.

La amistad solo tiene, a mi parecer, una condición, y es el afecto incondicional. El afecto producto de sentir que en otro hay algo de mí, algo que a veces ni siquiera todavía descubrí; que en mi ser hay algo que el otro busca, ya sea porque lo necesita, ya sea porque lo conmueve, ya sea porque le falta. O al revés. Que en ambos hay una conexión sublime y sagrada. Hay un deseo por encontrarlo y un placer en el abrazo. Hay una palabra que sin decirla es interpretada, y un gesto que sin ser expresado, es correspondido.

Un rostro que me es querido. Una mano que siempre está tendida. Una palabra que caló en lo profundo. Una actitud que surgió espontánea. Un sentimiento inalterable que se promulga siempre.

Hay, en la Amistad, una mirada serena, protectora y contenedora frente a la fragilidad, la desazón o la angustia. Hay una lágrima vertida como propia frente al dolor del otro.

Hay una emoción sentida frente a la alegría que no es propia. Hay un pecho henchido frente al éxito ajeno; un orgullo que no es mío pero me pertenece.

En síntesis: La amistad es al alma lo que el agua al cuerpo.

Con todo mi enorme afecto, a las mujeres y a los hombres que son mis AMIGOS, sin los cuales mi vida entera se asemejaría a un cuenco vacío.

Olga Starzak

20 de julio de 2008

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