El microrrelato: una narración con identidad propia


Olga STARZAK*

Como un punto definido en el universo literario surgen ya en la Edad Media -sin nombres ni conceptualizaciones que aboguen o desvirtúen su existencia- los cuentos cortos, o cortísimos. Una construcción sintáctica que nace por la necesidad de lo conciso, y poco después nos seduce por su compleción y nos inquieta por su vacuidad. Historias que carentes de medida, enumeración de palabras, frases o formas, responden a un único patrón: el del placer estético. Ese relato de pasión, muerte, condena, dolor o amor… que ordena unas pocas acciones, menos personajes, un nudo disimulado y un desenlace que, aunque no explícito, se imagina; y envuelve al lector en el sagrado acto de emocionarse con la emoción ajena.

No quiero entrar, al menos no en esta breve referencia a los microrrelatos, en ninguna clasificación. No importa si se trata de cuentos cortos, breves, brevísimos o minicuentos. Se trata de reconocer en ellos la esbeltez de la palabra, la magia de mostrar en un acto el espectáculo, la osadía de dejarse llevar hacia lo desconocido, el desafío de descifrar lo no dicho, la virtud de elegir de qué modo hacerlo…

Ya escribieron microrrelatos, en el siglo pasado, Ramón Gómez de Serna en España, Kafka en Alemania, Huidobro en América… (hay quienes sostienen que lo son también las parábolas de Jesús). Sería una falta de consideración no mencionar también a Monterroso, Borges o Cortázar; o no referirme a Anderson Imbert, a Shua, o Brasca… Hay muchísimos y destacados precursores y seguidores en el gran abanico que conforma esta innovación en el mundo de las letras.

¿Qué escritor -o quien intente serlo- no ensayó alguna vez con el cuento breve o la mini ficción? O no lo cautivó esa estructura acotada que se sucede con la fuerza descomunal del rayo, se desarrolla en la fugacidad y se agota en el éxtasis?

¿Quién no se desafió, valiéndose solo de una intención, muchas veces de la agudeza, a veces de la parodia, en ocasiones de la ironía… a condensar en unas pocas líneas, la vida toda?

En lo personal creo que el microrrelato es a la prosa lo que el haiku es a la poesía. El título cobra relevancia como en ningún otro género, y la mayoría de las veces forma parte del contenido. Dice lo que puede y calla lo que quiere. Se vale tanto de la reflexión, del aforismo, la observación de la realidad, la imagen literaria o el intertexto… No tiene límites imaginativos, no cae preso de ninguna temática. Y aunque juega a definir su extensión (que es en el arte definir lo indefinible), el poema oriental tiene en su dimensión concreta, una norma que lo caracteriza. Pero ambos se valen de la brevedad para expresarse.

Ahora me pregunto, ¿hay acaso formas para que, recurriendo a las palabras, los hombres puedan manifestar sus infinitas emociones? Es entonces cuando es indispensable rendirle culto a las palabras en su multiplicidad de opciones, en su diversidad de géneros; y elegir siempre aquella con la que nos sintamos más identificados. Sin olvidar que, a veces, un silencio también cuenta una historia.

Pero eso es otro tema.

*Escritora chubutense

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