MARCIAL

Por Gerardo Robert*

Cuando la figura se recortó por segunda vez sobre la puerta de dos hojas de la cocina, Germán se levantó pausadamente del pringoso banquito de madera situado al lado del fogón y sin decir palabra alguna, se quedó parado a espaldas de Francisco, que en ese momento pegaba el grito de ¡Falta envido! y se quedaba atento a los gestos de sus contrarios, mientras su compañero sonreía. El truco los convocaba antes del churrasco que se desgrasaba frente al fuego y los cinco amigos, todos ellos gente de campo, vecinos de la zona de Santa Elena, compartían la fraternal estancia en el puesto de Marcial Puebla.
La mesa rectangular, ubicada en el centro de la cocina, daba una de sus cabeceras hacia la puerta de salida al patio, construida de madera tosca y con dos hojas anchas y horizontales, como se acostumbraba por entonces en la edificación rural. De esta forma mantenían si era necesario una amplia entrada de luz y aire dejando abierta la hoja superior, y cerraban igualmente el acceso a los perros, animales de corral o alimañas con la hoja inferior, que cubría la mitad del vano. Por otra parte, por su fragilidad y dificultades de transporte, no resultaba sencillo por entonces el uso de vidrios.
Estaba anocheciendo y la jornada los había entretenido hasta tarde en los corrales, curando a mano las frecuentes picaduras de sarna de la hacienda. De paso, cada uno apartaba las ovejas de su señal que pudieran haberse entreverado con la majada de “Los Tamariscos” como consecuencia de la lógica precariedad de los alambrados.
Pensaban hacer noche y al día siguiente, temprano, rumbear para las casas con la punta de animales propios que cada uno hubiera apartado.
Hacía ya dos días que Marcial se había ido, de a caballo, hasta Trelew, distante 40 leguas, con el propósito de cobrar algunos pesos que le quedaban de la última esquila y comprar algunos fardos de pasto, forrajes para los caballos a mantención y vicios varios para pasar el invierno. Seguramente ya estaba en el valle.
Montaba el tostado malacara y llevó el lobuno de Olsen, por buen cabresteador, como pilchero, buscando así aliviar los animales y traer las cosas más urgentes. También lo acompañaba el Cantor, extraño nombre que le había puesto a su fiel perrito ovejero. Porque según él, sonaba fuerte y se escuchaba de lejos.
Las 32 de Francisco sobraron para que allí mismo concluyera el partido así que los hombres se levantaron, acomodándose para el asado. Germán, que estaba de pie, asomó su medio cuerpo para afuera de la puerta que daba al patio y miró hacia ambos lados. Sin hacer gesto alguno volvió, se acercó al fogón y levantó el asador plantando el churrasco casi en el medio de la cocina. -¡Peguenlé che, que se enfría! dijo, y tomando un trozo de galleta seca encaró el costillar haciendo un tajo en la verija crujiente. A pesar de que recién comenzaba el otoño la noche estaba fresca, y el viento del sur insinuaba la aproximación de escarchas tempranas.
Y Guillermo? Preguntó el vasco antes de empezar a comer.
No sé, andaba por el galpón. Contestó alguien.
En ese momento Guillermo Acosta, mensual de Marcial Puebla que había quedado al cuidado del puesto, entraba por la puerta lateral de la cocina que daba a la pieza del medio y que la separaba de la tercera y última pieza del rancho, donde él dormía. Hombre callado y de gesto huraño, se incorporó a los comensales sin palabra alguna, acomodándose en una especie de taburete hecho con un tronco de tamarisco y una tapa de barril como asiento.

El maragato cortó dos costillas del medio y recogiendo la salmuera, se ubicó en el banquito humoso del que un rato antes se había levantado Germán. Pegó un tajo y al llevárselo a la boca levantó la vista, haciendo un gesto de cargada sorpresa al ver pasar rápida la figura de lo que le pareció un hombre, por el vano de la media puerta que permanecía abierta.
– Y eso? Preguntó en voz alta y con manifiesta inquietud, al tiempo que se enderezaba dando un paso hacia adelante. Germán se dio cuenta y dijo con voz espesa y opaca:
-Yo lo vi hace un rato. Dos veces. Y me pareció Marcial.
Se miraron unos a otros y el tuerto Juan, casi con sorna, les recordó que a esa hora seguramente el dueño del lugar estaría en algún piringundín de Trelew.
Esos hombres ásperos y paradójicamente serenos, no eran precisamente propensos a las actitudes timoratas, pero de todas formas guardaban un recelo agudo e irrefrenable por esos fenómenos que les desdibujaban sus certezas. De todas formas salieron al patio, justo en el momento en que un ñacurutú emitía su aciago graznido y efectuaba un vuelo bajo que consolidó la insondable oscuridad de la noche ya plena.
Y se conmovieron. Capaces de jugarse la vida contra un batallón sin más pertrechos que su talero, la idea de la muerte, así, como sujeto, los sumía en un sentimiento de indefensión casi niña que se asimilaba marcadamente al miedo. Y el conocido lechuzón sureño, en determinados momentos, sugería premoniciones desventuradas.
Concluyeron la comida en silencio. Acosta se retiró enseguida y los cinco vecinos quedaron conversando sobre la actividad a desarrollar por cada uno al día siguiente. Pero como si hubieran convenido un pacto silencioso, no se habló más del reciente episodio. El vasco Arregui preparó unos mates que compartió con Germán y un rato después se fueron a dormir. Tres de ellos lo hicieron en las camas que había en la pieza de Marcial y los otros dos tiraron sus pilchas en el galpón chico, al costado del patio.
Por la mañana, después de churrasquear, rumbearon para los corrales y el torido de los perros les avisó que venía alguien. En efecto Walker, del campo vecino, llegaba en la vagoneta a buscar el carnero que le había prestado Marcial y que ya era tiempo de echar a la majada. Se saludaron sin mayor vehemencia, con madura cordialidad, y les comentó que el día anterior había llegado a su casa el turco Amado, pionero mercachifle que regularmente aparecía ofreciendo todo tipo de chucherías generalmente innecesarias, junto a soluciones prontas a las necesidades del poblador y a las ilusiones de muchachas en edad de acicalarse. Se movilizaba desde hacía ya algunos años en un camioncito Ford T que según él, era capaz de cualquier hazaña en las subidas más empinadas o en los barriales mas difíciles. El turco era afable y dicharachero, con esa natural picardía para el negocio sano que le aseguraba puertas abiertas y retornos esperados.
-No sabés si después viene para este lado? , quiso saber Francisco.
-Sí, seguro. Respondió Walker. -Viene del lado de Trelew, así que hasta Bustamante no para. Dice que en la oficina de Correo de Dos Pozos se encontró con Marcial, que ya estaba saliendo para Trelew.
Esa sola mención recordó a los presentes el episodio vivido la noche anterior, pero más allá de contraer el ceño o cambiar alguna mirada, nadie habló. Solo Juan, que no había visto nada extraño por estar de espaldas a la puerta, esbozó una sonrisa socarrona.
Antes de las diez de la mañana, todos habían emprendido el regreso hacia sus respectivos establecimientos, en yunta o de a uno, según conviniera al rumbo que debían seguir. Solo quedó el puestero Guillermo Acosta, empecinado en reparar con escasas artes y menos herramientas la puerta de la manga de aparte, que se había desvencijado en los últimos trabajos.
20 días después, Marcial Puebla llegó de regreso, pasando por lo de Walker. Era casi mediodía de una jornada apacible y cálida, Venía contento. Por el descanso, por la cobranza y por las compras realizadas. Además venía contento con la vida, que le había regalado ese privilegio de pelearla desde el lugar que tanto quería y en el que la sentía tan plena, mas allá del clima, las escaseces y la soledad.
Se quedó a comer un suculento guiso que había preparado la buena de Doña Ercilia, le hizo el gasto con varias empinadas a la bota de clarete, charló sobre su viaje y lo que estaba creciendo Trelew, y a las 5 de la tarde ya estaba en Los Tamariscos. Su casa.
Lo recibió el peón, parco como de costumbre. Le ayudó a descargar el pilchero y acomodar las cosas, mientras lo ponía al tanto escuetamente de todo lo acontecido en su ausencia, que se había extendido en el tiempo más de lo previsto.
Después de tomar mate, se sentó en la cocina a acomodar sus papeles, boletas de compras y anotaciones varias. Se consideraba un hombre ordenado con sus cuentas y compromisos. Había cobrado, si, unos buenos pesos, pero la compra de víveres y forrajes que pronto le traería Fermín en el camión, lo habían dejado casi tecleando.
-Y bueno – se dijo. -Mientras las lanuditas sigan pariendo está todo bien.
Ya caía la tarde. Salió al patio y al hacerlo, entornó la hoja inferior de la puerta para que no entraran las gallinas que andaban picoteando entre los coirones. Anduvo trajinando por los corrales y galpones como reconociendo el estado en que encontraba sus modestas pertenencias y después de dar una vuelta hasta el bebedero, volvió al rancho.
Cuando pasó frente a la puerta, Acosta, apoyado en el marco de la abertura que separaba la cocina de la pieza del medio gatilló la carabina y la bala se incrustó detrás de la oreja derecha de Marcial.
El acta dice que Marcial Puebla murió a las siete y media de la tarde del 19 de Abril de 1932. Sus vecinos y amigos Germán, Francisco, Alberto y el vasco Arregui, tuvieron siempre la certidumbre de que la muerte había ocurrido en el anochecer del 30 de marzo.

N. del A.: El Establecimiento “Los Tamariscos”, que ocupaba un lote fiscal, quedó abandonado desde entonces. Las tierras se anexaron años después a un establecimiento vecino y el rancho, que desde entonces se llama “El puesto del finao’ Marcial”, aún permanece casi oculto por los árboles, derruido y rodeado de un halo de supersticiones y misterio. Según los más incrédulos, al comienzo de la noche se escucha indefectiblemente el graznido del ñacurutú, aún cuando no se lo ve nunca.

*Escritor chubutense.

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