AMARGA PATAGONIA

Por Jorge E. VIVES*

En un reportaje que recientemente realizó Sandra Pien a Alejandro Winograd, autor de “Patagonia. Mitos y realidades”, el escritor define su obra como “un libro feliz”; por contraposición a otros textos que, en su opinión, tienen una visión “melancólica” de la región patagónica. La presencia de estos dos puntos de vista diferentes en la literatura del sur merece una breve reflexión.

La densidad y la profundidad emocional del ambiente sureño – su paisaje y su gente -, hizo que muchos escritores, sobre todo en las épocas iniciales de la literatura patagónica, se volcasen a pintarlo con trazos trágicos, ásperos. Varios de esos autores no habían nacido en la región; la conocían por referencias o circunstanciales viajes. A los rasgos románticos que confería la lejanía se agregaban la rigurosidad del clima, la devastadora soledad de los enormes y yermos espacios; y la personalidad férrea que los seres humanos que la poblaban debían tener para enfrentar esas condiciones extremas.

Entre la frondosa bibliografía patagónica, muchas veces olvidada pese a su indudable valor literario, se pueden rescatar dos novelas que se insertan en esa imagen acerba de la Patagonia: “Lago Argentino”, de Juan Goyanarte, y “La amargura de la Patagonia”, de Rubén Darío hijo.

Al prologar la novela de Goyanarte, Ezequiel Martínez Estrada dice que es “una historia cuyos protagonistas no son los hombres, sino las fuerzas naturales de un pedazo inhabitable del mundo que resiste a la invasión de seres, de edades y climas más recientes”. A lo largo de la obra se desgrana la vida de pionero de Martín Arteche; de sus venturas, que son pocas; y de sus desventuras, que son muchas; y que al finalizar la novela se amontonan como los témpanos del lago y se precipitan con el ruido de un glaciar que rompe. Durante el tiempo que transcurre en su estancia al fondo del Lago Argentino soporta penurias de todo tipo para llevar adelante su emprendimiento, lidiando con la naturaleza y con las pasiones de los seres humanos que lo acompañan.

Por su parte, Rubén Darío y Contreras, hijo del “príncipe de la letras castellanas” y su primera mujer, Rafaela Contreras, obtuvo los datos para su novela en forma personal, radicándose por un tiempo en el sur de nuestro país a principios del siglo veinte. Allí cuenta una dramática historia ambientada en el imaginario puerto santacruceño de Poncial, dominado por el caudillo local Damián Trejo a quien se enfrenta Olaf Felstad, un médico noruego. Al igual que en el caso de “Lago Argentino”, el final es duro e implacable; y la descripción del paisaje, tanto del natural como el humano, refuerzan la cualidad que el autor atribuye en su título a la región. Por ejemplo, describiendo los sentimientos de un recién llegado a la Patagonia dice “El viajero experimentaba una creciente e inexplicable desazón, una tristeza que lo obligaba a recordar que poco a poco iba alejándose de la civilización para internarse en un terreno desconocido y muy escasamente habitado”.

En ambas obras existen puntos en común: paisajes desolados, climas rigurosos, seres humanos rudos y decididos, situaciones violentas donde rige la ley del más fuerte. Esta visión es entendible. Un espectador que años atrás observara la región con ánimos de artista, no podía dejar de sentirse subyugado tanto por lo inexorable de la meteorología y del terreno como por la firmeza de los personajes que se movían en ese escenario; una implacabilidad que los hermanaba con las fuerzas naturales de las que eran parte y que podía ser fácilmente interpretada, en muchos casos, como crueldad. Pese a que los tiempos han cambiado y las condiciones de vida se suavizaron, dicha manera de entender la Patagonia se prolonga en la actualidad. En el recuerdo inconsciente del literato queda como un regusto esa vaga sensación de tragedia y desazón.

Pero también es comprensible que otros autores busquen una imagen más amable de la región, sin hacerle perder sus rasgos característicos. Una lectura de la realidad que, basada en las cualidades humanas de los habitantes y en la belleza de los escenarios naturales, intente mostrar un rostro “agraciado” de la zona.

Es la existencia de ambas visiones, tan válida una como la otra, la que dará riqueza y variedad a la literatura sureña. Por eso resulta positivo que los dos puntos de vista, el “feliz” y el “melancólico”, el “dulce” y el “amargo”, coexistan y tengan escritores que los representen… y lectores que los disfruten.

*Escritor chubutense

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