Primavera de 2008

Para quienes vivimos en la Patagonia, la primavera -aunque a veces caprichosa y tardía- tiene un significado particular. Responde a una espera y a una necesidad, a una época del año que nuestra mente y nuestro cuerpo reclaman, y al fin de otra que marca la despedida de días largos y fríos. Personalmente ambas me atraen, por causas diferentes e iguales motivos: vivir cada día junto a mis afectos más caros, aceptando lo que la naturaleza, sin pedirme nada a cambio, me regala. Pero la primavera, claro, tiene sus urgencias… ese “no sé qué” que hace que nuestras energías tengan esa carga adicional que nos posibilita SENTIR de modo diferente.

En primavera el sol del mediodía es el amigo fiel que se hace presente cada día pero pronto nos abandona, dejándonos un resabio de nostalgia y la esperanza de un próximo encuentro que, además -estamos seguros- acontecerá. Es ese amanecer de luz intensa y gorriones en nuestras ventanas… de brotes muy verdes en los rosales y flores diminutas en los frutales.

La primavera en Patagonia nos trae atardeceres que a veces presagian algunas mañanas con heladas tardías.

Septiembre es el mes que nos seduce y a la vez se muestra un tanto egoísta, que nos busca y buscamos, del que presumimos apropiarnos pero pronto nos desafía a una prolongación del invierno terco y afanoso, que penetra en nuestras pieles y parece querer perpetuarse.

La primavera es un amor eterno que nada puede hacer para que lo olvidemos.

Nuestro clima pocas veces nos permite, como en el norte del país, ocupar plazas y parques, chacras y campos en este día de septiembre. El aire fresco nos invita aún al calor artificial, y la primavera llega entre mangas largas y piyamas, ventanas cerradas y mantas.

Desde aquel picnic de estudiantes de la década del ochenta hasta estos encuentros de los adolescentes de hoy, que se suceden entre cuatro paredes y unas cuántas cervezas, han pasado muchas décadas. Mucho ha cambiado, inclusive las condiciones atmosféricas, pero el fervor de la sangre es el mismo, siempre. Y lo que nuestras ansias proclaman es el advenimiento de una estación que, más cálida, nos invite a vivenciar los escenarios más atractivos de nuestra existencia. Los colores y las formas se alteran, los aromas y los sentidos se intensifican. ¡Somos nosotros, pero a la vez somos otros! Somos aquellos que potenciados por la fuerza divina del sol que nos alumbra desde otra faz, que nos calienta desde otro ángulo, se insinúa con su fuerza descomunal… Descubrimos año a año el sentido más excitante y maravilloso de la vida; conjugados por dos fuerzas tan reales como poderosas: la de la naturaleza y la de las emociones humanas. Ambas parecen haber sido creadas con idénticos fines. Una al servicio de la otra… Coexistiendo en el espacio y en el tiempo que les ha tocado vivir. Entonces, colores y alegrías se entrelazan, formas y emociones se compensan, sentidos y sentimientos se acoplan en un devenir que hemos de llamar vivencias. Es entonces cuando es posible preguntarse: ¿Hay algo más gratificante a nuestro olfato que el aroma a rosas?, ¿más luminoso a los ojos que la luz del sol?, ¿más provocativo que un pétalo en el mundo de las texturas?¿Puede el murmullo del viento apagar los trinos de una calandria?¿Cómo olvidar el tiempo sin gustar el aroma al presente?

La primavera es y será siempre una pasión que tiene protagonismo en todos los actos de amor… porque se perciben mágicos e imaginarios violines, las rosas emanan su aroma más intenso, los sauces lloran el canto más prolongado y los cerezos descubren los tonos más rosados.

Más allá del calendario, la primavera es HOY.

¡Feliz día!

A todos.

Olga Starzak

21 de septiembre de 2008

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