Atahualpa Yupanqui
de la pampa a París: el mismo hombre

Por Olga Starzak*

Pensar en que Héctor Roberto Chavero adoptó prontamente el seudónimo de Yupanqui motivado por la vergüenza que le producía mostrar sus escritos, recordar su voz tan particular o el sonido inimitable de su guitarra es, en esencia, hablar de Don Atahualpa.
Acaso ese niño tímido o ese jovencito introvertido no presumía más que de los ritmos que lo habían atrapado y que jamás podría abandonar. Como no podría prescindir de su lento andar y su mirada franca, del ritmo de sus palabras y la nostalgia de lo que construyó como forma de vida, y veía decantarse cuando la vejez lo sorprendió: la cultura del indio, el valor de la simpleza, la palabra del pobre, la decencia de sus ascendientes.
Conoció casi al mismo tiempo la probidad y el respeto, el caballo y la milonga, la guitarra y la amistad. Mientras se deleitaba escuchando el canto de los peones, aprendía que había otro mundo en la música de Granados, Mozart, Schumann o Bach. Ambas le parecían fascinantes.
Hasta el último día de su vida admiró y reconoció la influencia que tuvo sobre él Bautista Almirón, su maestro en los acordes, al que no se cansaría de agradecer que le hubiese enseñado el oficio de cantar a cambio de un poco oficio de jardinería, ni de decir, además, que podar o embellecer los rosales de su mentor le gustaba y gratificaba enormemente.
Observarlo, escucharlo cantar y decir, descubrir su pasión por la vida nos hace comprender mejor cómo ese hombre tierno del cuerpo grande podía vivir tanto en Tucumán, en Córdoba o París, con el lápiz siempre pronto para escribir sobre el hombre y su escenario, dejarse seducir por el crepúsculo y también por la lluvia, el calor del sol y la tierra.
Atahualpa Yupanqui no sólo fue el símbolo de una raza sino el hombre que no descuidó jamás el mensaje que se propuso dejar. Fue el hito de una música que él mismo construyó y enseñó a descifrar. Su riqueza espiritual tuvo en su vida más fuerza que la que obtuvo en la faz económica.
Brilló su modestia por sobre su fama.
En enero pasado se conmemoró el centenario de su nacimiento. Fue allí en el Campo de la Cruz, en la provincia de Buenos Aires, un 31 de enero.
Le pertenecen, entre tantas, las letras de… La alabanza, La añera, El arriero, Basta ya, Cachilo dormido, Camino del indio, Coplas del payador perseguido, Los ejes de mi carreta, Los hermanos, Indiecito dormido, Le tengo rabia al silencio, Luna tucumana, Milonga del solitario, Piedra y camino, El poeta, Las preguntitas, Sin caballo y en Montiel y Tú que puedes, vuélvete.
Escribió, dejando sus enseñanzas, Piedra sola, Aires, Cerro Bayo, Guitarra, El canto del ciento, El payador perseguido, Del algarrobo al cerezo y más.
Desde estas páginas, y desde la Patagonia que admiraba, nuestro más sentido homenaje, con él y para él, a través de esta, su canción:

Guitarra, dímelo tú:

Si yo le pregunto al mundo
el mundo me ha de engañar
cada cual cree que no cambia
y que cambian los demás
y paso las madrugadas
buscando un rayo de luz
¿por qué la noche es tan larga?
guitarra dímelo tú…
Se vuelve cruda mentira
lo que fue tierna verdad
Y hasta la tierra fecunda
se convierte en arenal
Y paso las madrugadas
buscando un rayo de luz
Por qué la noche es tan larga
guitarra dímelo tú…
Los hombres son dioses muertos
de un templo ya derrumba’o
Ni sus sueños se salvaron
solo una sombra ha queda’o
y paso las madrugadas
buscando un rayo de luz
por qué la noche es tan larga
guitarra dímelo tú…

*Escritora chubutense
Setiembre de 2008

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