ORKEKE

de Enrique J.Martínez Llenas*


Suspendí todo para tomarme un breve descanso, fumar un cigarrillo, y echar de paso una mirada a los amarillentos papeles que había encontrado en uno de los baúles que había en el sótano. Es verdaderamente sorprendente la cantidad y variedad de objetos inútiles que se pueden atesorar en una casa con el paso de varias generaciones. Yo era el último de la serie, el heredero universal de toda esa porquería acumulada en esa antigua quinta de la familia, situada en las afueras de Buenos Aires y conocedora de mucho mejores épocas, en la cual estaba viviendo actualmente.

Acababa de finalizar mi residencia en Cirugía, y con ella se habían esfumado los magros aunque necesarios ingresos que la acompañaban, lo que me obligó a dejar el pequeño departamento que alquilaba en la Capital y mudarme aquí. Me mantenía con lo que sacaba de unas pocas y muy mal pagadas guardias en clínicas de los suburbios. Qué haría después, cómo, y dónde, me resultaba un misterio absoluto; por el momento prefería no pensarlo, para no amargarme antes de tiempo. Lo que sí estaba clarísimo era que debía vender cuanto antes ésta vivienda, mi única herencia, ya inhabitable por su mal estado de conservación, y utilizar ese dinero como parte de mi estrategia futura de supervivencia. No tenía ahorros y mi familia no contaba para el futuro: mis padres habían muerto y no tenía hermanos, pareja, ni hijos. Irme a otro país tampoco era solución para mí, me sentiría sólo, desarraigado, y no sirvo para eso. Confiaba en el tiempo, viejo oráculo que finalmente me daría alguna respuesta.

Desparramé sobre la mesa de la cocina los documentos que había encontrado. Algunos estaban húmedos, y olían a moho. Entre ellos destacaban unas cuantas hojas de un buen papel, bastante bien conservadas, enrolladas y sujetas por un cordel, que desaté con curiosidad infantil. Era un manuscrito, firmado por un tal Ildefonso Peñalva y fechado en 1883, que estaba acompañado por una nota de mi bisabuelo, en la que explicaba que dicho documento le había sido legado por un amigo suyo, soltero y sin hijos, a su muerte. Dicho escrito lo había redactado el tal Ildefonso, el padre de éste amigo.

Encendí otro cigarrillo y seguí leyendo la nota de mi bisabuelo. Ildefonso, a sus diecinueve años de edad, allá por 1883, había trabajado como camarero en el Hospital Militar de Buenos Aires, circunstancia que le permitió mantener un contacto estrecho y cotidiano con los militares que habían participado en la Conquista del Desierto, y con Orkeke, uno de los últimos caciques tehuelches, capturado en el sur, en Puerto Deseado y traído a Buenos Aires a bordo del buque Villarino, junto con su mujer, su hija y parte de la tribu. Los soldados relataron a nuestro joven amigo, que intentaba abrirse camino como periodista, una infinidad de anécdotas relacionadas con los combates mantenidos contra las tribus indígenas, lo que le brindó la oportunidad de recogerlas por escrito y ofrecerlas como colaboraciones en publicaciones de la época. Pero era un novato y, como la paga por sus colaboraciones era poca y a destajo, debió emplearse como camarero para poder sobrevivir.

El cacique Orkeke, por su parte, hablaba un español bastante fluido, por lo que la comunicación entre ambos era satisfactoria. Ildefonso, cautivado por la personalidad del indio fue poco a poco, así como lo había hecho con los relatos de los militares, tomando nota de los hechos de su vida diaria en el hospital y de sus pensamientos, hasta que finalmente los agrupó, condensándolos en un texto que, lamentablemente, nunca llegó a verse publicado; el periodismo lo absorbió mucho más que la literatura, y el relato, perdido entre una maraña de papeles, durmió olvidado en un baúl durante décadas.

Impaciente, dejé a un lado las explicaciones y comencé a leer el texto en voz alta, como para convencerme de que era real:

«La primavera de Buenos Aires, cálida y húmeda, era diferente a las que el viejo cacique tehuelche había conocido hasta entonces en el sur, en su entrañable y lejana tierra Tsoneka. El concepto de Patagonia no era suyo, sino de los huincas; él no conocía fronteras, con la sola excepción del mar por un lado, la montaña por el otro, y los límites que concertaban entre sí las distintas tribus para convivir en paz. Mientras caía la tarde, sentado en un banco en el jardín del Hospital Militar, con una manta del Ejército cubriéndole los hombros y la espalda, el cacique meditaba, cuando súbitamente una tos cavernosa, cargada de mucosidades, lo obligó a interrumpir el hilo de sus ideas y recuerdos. Sentía ya la cercanía de la muerte en los huesos, en los escalofríos que le recorrían la carne cada vez con más frecuencia, en el pellejo colgante de su abdomen cada día más enflaquecido.

»Últimamente los ingenuos huincas habían intentado, en contra de su voluntad, impedirle que saliera de su habitación; los médicos decían que el frío le hacía mal. Por supuesto que no les hizo caso, y salió igual ¡Pobres tontos! ¿Acaso no sabían que él, Orkeke, Cacique Tsoneka, había nacido y crecido en el frío y la nieve, allá lejos, donde Elal había hecho prosperar a su pueblo? Triste y desgraciado se sentía ahora, al no tener con él a su machi para ayudarle a echar fuera al inmundo y despiadado Gualicho que, aprovechándose de su debilidad, lo estaba devastando por dentro. Él, Orkeke, que montado en su caballo lo había espantado a grito limpio infinidad de veces, galopando y haciendo girar las boleadoras sobre su cabeza para asustarlo, ya no sabía qué hacer ni a quién recurrir, y el maldito se estaba tomando la más cruel de las venganzas: arrancarle la vida a jirones, con cada escupitajo purulento.

»Había perdido prácticamente la noción del tiempo y el espacio. Erraba ilusoriamente, entre el sueño y la vigilia, por las pampas, los cerros y los cañadones verdes de su tierra, hablando en voz alta y de igual a igual con Elal, el protector de su tribu tehuelche, o con su anciano abuelo ya muerto, también llamado Orkeke, o con sus amigos huincas Musters, Larsen y Lista. A ellos les preguntaba, balbuceando, por que habían permitido que lo llevaran a esa atemorizante ciudad de Buenos Aires para mostrarlo como si fuera un bicho raro. ¿Qué querían? ¿Ver un pobre cacique sin su pueblo, sin sus toldos, sin sus boleadoras ni su quillango, vestido sólo con ropa huinca, y divertirse a su costa? Era indigno…y mucho más tratándose de él, que siempre había sido un amigo pacífico y considerado, que había guiado sus pasos y les había hecho conocer la tierra de sus antepasados. No sólo eso, sino que, siempre buscando la paz y porque era respetado tanto entre los suyos como entre los huincas, había intercedido ante otros caciques como representante del Gobierno. Pero así le habían pagado…

»No era tan extraño lo sucedido, viéndolo a la distancia. Los huincas eran fuertes y tenían armas poderosas; eran ambiciosos, crueles y despiadados; ansiaban llegar lejos, cada vez más, y dominar todo lo que estaba a su alcance: creían tener derecho a todo y aseguraban que su dios los bendecía y los justificaba. Y los dioses saben cosas que los hombres desconocen; por algo sería que ese dios suyo hablaba, por boca de esos hombres vestidos de negro que bendecían sus armas, y los impelía a atropellar y matar a los que ya vivían en esos campos desde mucho tiempo atrás, con la excusa de que había que civilizarlos y mostrarles la verdad, sacándolos del error y la ignorancia ¡Mentiras: se les veía asomar la cola de zorro; solamente ambicionaban la tierra, y para quedarse con ella los estaban exterminando! Elal y Kooch no enseñaban eso, sino a vivir en armonía con los animales y la tierra, de la que brotaba el sustento diario: las hierbas, los frutos, los guanacos, el ñandú.

»Un más fuerte e inesperado acceso de tos lo obligó a concentrarse sólo en recuperar el resuello. Un espasmo de frío, similar al que sentía siempre antes de una pelea, le recorrió la espalda de arriba abajo. Y es que así era nomás: estaba librando su último combate, y no tenía ya la más mínima duda de que lo estaba perdiendo. Ser honrado y pacífico de poco le había servido, pero lo consolaba la idea de que todo era inevitable, de que las cosas seguirían su curso con o sin él, y tenía la absoluta certeza de que, si volviera a vivir, siempre estaría del lado de la paz y la amistad, aunque nadie viera ningún premio en ello.

»Con calma y apoyado en un nudoso bastón de cohiue, el Cacique se incorporó, miró el cielo rojizo del atardecer, y se irguió; hinchó su pecho por última vez, desafiante, haciendo frente a la enemiga adversidad con que estaba siendo castigado sin merecerlo…y lloró. Lloró en silencio: por los suyos, que morían; por los huincas, que también morirían todos a su debido tiempo; por su tierra, que cambiaría hasta ser algún día irreconocible; y por sus antepasados y sus dioses, que serían olvidados por los que vendrían.

»Suspiró, dio la vuelta y, lentamente, arrebujado en la manta que le cubría los hombros, se dirigió a su cama, la número treinta y nueve, y se acostó para dormir un rato y descansar de tantos pesares.

»No volvió a despertar: las pulmonías dobles no perdonan a nadie, grande o pequeño, débil o poderoso. No tuvo siquiera un entierro digno de un Cacique de su talla, de un amigo, de un pacífico colaborador. Fue disecado por los practicantes médicos del Hospital Militar y sus huesos puestos en exposición, para enseñar las diferencias entre indios y blancos.

»Quedó solamente su recuerdo para los pocos que lo conocimos y pudimos percibir la enorme y pacífica grandeza que se escondía detrás de su simpleza aparente».

Concluí la lectura, hondamente conmovido. Era una de las historias más tristes y con el final más absurdo que en toda mi vida hubiera podido imaginar. ¡Disecado por los practicantes! Triste e inmerecido final para un cacique amigo, guía de aquellos que transitaron por esos territorios del sur, llenos de peligros. ¿Qué podía decirse ante tamaña tropelía? ¿Cómo justificar el dolor y la desdicha producidas a ese pueblo, derrotado y sojuzgado por otro más fuerte y sin escrúpulos? Ninguna respuesta me resultaba convincente ni adecuada para permitirme comprender ciertas conductas humanas ¡Y yo que me lamentaba de mis problemas, como si fueran graves!

Dejé todo sobre la mesa y salí a la calle. Encendí un cigarrillo más; aspiré el humo profundamente. Ya era de noche; el frío comenzaba a condensar la humedad sobre el pasto del jardín. Alcé la mirada hacia el cielo. Entre las luces de la ciudad, que intentaban vanamente amortiguar su brillo, pude distinguir con total claridad las cuatro estrellas de la Cruz del Sur. Me quedé un largo rato mirándolas, pensando, hasta que entendí: estaban señalándome el camino hacia donde, intuía, me aguardaba el futuro.

Tiré la colilla y la apagué con el taco del zapato; después, tranquilamente, entré a la casa, donde aún me quedaba bastante por hacer.

*Enrique Jorge Martinez Llenas (57) es médico cardiólogo y reside actualmente en Valencia, España, con su familia. Oriundo de Buenos Aires, ha vivido en Río Grande, Comodoro Rivadavia, Mar del Plata y Neuquén-Cipolletti, por lo que -asegura- la Patagonia le resulta no sólo conocida, sino muy entrañable.






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