T A P E R A S y su magia

por Jorge Gabriel Robert

Cuando llegó don Fernando Robert al Chubut (1902) algunos colonos ya habían abandonado sus viviendas en el campo, buscando nuevos horizontes; siempre el menos impaciente con la suerte, quedaba con parte de las tierras fiscales, la casa derruida, el corral, el pozo, el horno, el gallinero, la soga de colgar, o los restos de algún carruaje inutilizado por el tiempo transcurrido. Los semovientes, vendidos a algún vecino o mercachifle.

Don Fernando, un inmigrante francés llegado a esos lugares (zona de Camarones) ya con su piño, ovejas arreadas desde el norte, fundó un establecimiento ganadero bautizadolo “Las Piedras” y abarcó varias taperas: La tapera de Celeste, la tapera de López, y un tanto más allá, fuera de sus dominios, la tapera de Stuart y mas tarde, la tapera de Garramuño, la tapera de Marcial Puebla y la tapera Redonda.

Excepto la tapera de López, cuyo dueño fue un hombre con mucha familia que luego se diseminó por la campiña con distintos trabajos rurales, los demás eran hombres solos. Celeste, o Celestino, ambicioso inmigrante francés, cuñado de Fernando, avanzó hacia el sur poblando campos en Pampa Pelada, cerca de Comodoro Rivadavia, donde prosperó.

Stuart era un alemán muy misterioso. Nadie sabía de su historia; extremadamente pulcro en su andar, muy cuidadoso de su hacienda, cordial y solidario, poseía su hábitat cerca del mar, donde recogía de sus playas y riberas restos de maderas de barcos hundidos, con las que construía elementos para su desenvolvimiento general.

Según consta en el conservado Libro Diario de Mario Tomás Perón (padre de Juan Domingo), éste trató y consiguió ser su amigo, aunque no confidente. Sí, eran vecinos de campos aledaños. El último vecino que lo visitó encontró muerto al pobre Stuart, de ahí su tapera. Alguna enfermedad, sin duda, se llevó el secreto de su vida. A nadie le importó, a nadie importunó. Solo se sabía de él -o imaginaban- que era alemán.

La tapera de Garramuño era de piedra y la historia de su dueño se remonta a mediados del siglo XIX. Un indio mapuche que, según él contaba en rueda de amigos, cuando tenía 13 o 14 años, al igual que los de su raza, fue convocado por el General Rosas para la batalla de Caseros en 1852; o mejor dicho “arreado”, porque el que se resistía lo degollaban o en su defecto, lo degollaba Urquiza. Salvado el pellejo, muy hábil para el caballo, con un grupo de jóvenes de su raza huyó hacia el sur. Ya adulto, en esta zona construyó su vivienda en piedra que abundaba en el lugar, conservaba las costumbres de su tribu y en las tardecitas calmas, cuando se ponía el sol, saltaba en pelo su zaino malacara, amansado por él, se ataba a la cintura las boleadoras, y con su lanza en ristre corría lo que llamaba “gualichos” con fuertes gritos y alaridos, transmitiendo el eco entre los cerros que él había elegido con ese fin, al anticiparse al arriendo del campo, que no llegó a concretar.

La tapera de Marcial Puebla, surgió a partir de la muerte de su dueño, asesinado por un peón golondrina que merodeaba por la zona peonando por día y al suponer que este patrón venía con mucha plata por la venta de lana luego de la esquila, lo esperó armado con una carabina y sin mediar palabra, lo mató de un tiro. La mala noticia corrió con la lentitud de aquellos años, aproximadamente 1930. Lentamente también el criminal trató de desaparecer del lugar, aunque la policía logró capturarlo sin resistencia, por cuanto el ocultamiento no era su fuerte y al conocérsele como un hombre bueno, en los campos vecinos los niños extrañaron sus golosinas. En la foto, el hombre de sombrero, entre dos uniformados y rodeado de vecinos, contribuyó a constituir una nueva tapera. A la derecha, de boina, se ve al joven doctor Vicente Deluca Muro, médico forense de Camarones, recién recibido. A su lado el comisario Fredes. Los demás, vecinos convocados para la reconstrucción del hecho criminal.

En la estancia La Maciega, quedó también una tapera cuando el puestero Olegario Cardoso, casado, con ocho hijos, fue conminado a retirarse por familia numerosa. La tapera quedó con el nombre de puesto de barro. En la foto, esa hermosa mujer de sesenta y tantos años viene de Buenos Aires, a visitar el lugar donde nació. Se llama Juana Cardoso, penúltima de la familia y actualmente vive en capital federal con hijos y nietos.


Y de esta historia rescatada del olvido, sintetizada por razones obvias, donde cada tapera sustenta su historial y muestra imágenes nunca difundidas que ayudan a reivindicar nuestra cultura y nuestra tradición, sólo falta la tapera Redonda, cuya historia tropieza en el muro del olvido total. Nadie pudo saber de su pasado. Turistas, observan. Si es que el misterio puede ser observado.



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