EL ACCIDENTE


El estruendo fue lo primero que se hizo presente, de inmediato un dolor desgarrador me dejó sin aliento e impulsivamente llevé ambas manos al rostro; se empaparon con la sangre caliente que a borbotones emanaba de mi boca y se dispersaba por los brazos. Sentí cómo iba mojándose el pecho. Mis ojos, enceguecidos y congestionados por el impacto, no me permitían ver con claridad. Me invadió un miedo intenso, paralizante. Sólo un momento; y después devino la culpa.

Ya les explicaré por qué.

Alguien me tendió una toalla que no despegué de mi cara hasta horas después. Fue entonces cuando comprobé que mis labios habían quedado literalmente separados en cuatro, me faltaban dos dientes de la encía superior y por lo menos uno de la inferior.

El encargado de la estación de servicio me llevó hasta la sala de primeros auxilios situada donde está hoy el Hospital Zonal; allí arribamos junto con mi madre que, desesperada, pedía a gritos un médico que me atendiera.

Tuvimos que esperar largo rato. El doctor no estaba en el consultorio. Acudieron a su domicilio y tampoco lo pudieron encontrar; otros intentos dieron cuenta de la dificultad para localizarlo y cuando al fin lo hallaron en su casa, estaba almorzando y aseguró que pronto vendría.

Ya no sentía dolor, toda mi cabeza parecía estar adormecida pero podía percibir la inflamación y escuchar que los otros hablaban del color morado que se había apropiado de la piel.

Sentía vergüenza; me arrepentía de la actitud que había conducido a un accidente que –según todos creían- podía haberse evitado. Con sólo obedecer las órdenes de mi padre, con sólo cumplir con la tarea encomendada bajo las advertencias recibidas.

Hoy comprendo que no era más que un niño, incapaz de medir las graves consecuencias de mi comportamiento.

Llegó el facultativo; tranquilo, apacible, como parecen serlo –en general- quienes están habituados a enfrentar situaciones traumáticas. Pero cometió un error: antes de poner su pie derecho en el primero de los tres escalones que lo llevarían al zaguán donde esperábamos, sentados en un amplio banco, preguntó si poseíamos “certificado de pobreza”.

Quizás mi madre no haya olvidado jamás esa actitud tan procaz.

Esta mujer polaca, de porte pequeño pero figura ampulosa, lo tomó de las solapas de su gastada camisa y lo sacudió tantas veces como pudo, mientras le exigía con ímpetu que atendiera a su hijo.

Aún así el hombre no dejaba de preguntar si teníamos con qué pagarle.

Cuando se cansó de zamarrearlo, el médico –en un acto de plena solidaridad- accedió a asistirme. En ese mismo momento y para mi sorpresa, mi madre me tomó de la mano y mirándome con extremo amor, le dijo: “usted, a mi hijo, no lo toca”.

Y me llevó a una clínica situada en la calle 9 de julio, entre Sarmiento y Belgrano.

No recuerdo cuándo ni cómo me anestesiaron y suturaron las profundas heridas, que son hoy, más de setenta años después, gruesas huellas; y que he disimulado con un ancho y recortado bigote que a partir de entonces me acompañó durante toda la vida.

No los dejaré sin conocer lo sucedido.

Para entonces mi padre, Adam Starzak, tenía dos automóviles de alquiler, fuentes de trabajo y manutención de su numerosa familia. Uno de ellos, el que en ese momento estaba en servicio, un Aerotype modelo 1927 de 8 asientos y único en el pueblo, tenía su parada en la esquina de la calle Fontana y 25 de Mayo de Trelew.

El otoño del 1937 aún no había concluido y el frío era penetrante. Yo ayudaba a mi padre en la atención mecánica de esos vehículos; y me gustaba hacerlo, como siempre me ha gustado hurgar entre motores y tuercas, entre pinzas y bulones, entre tornillos y prensas. Periódicamente se aceitaban los elásticos de los autos. Recuerdo haberlo visto innumerables veces tirado en el piso, en una tarea tan sucia como necesaria, realizando esa rutina. Pero, ese día, 2 de mayo del año que ya les cité, mi padre me encomendó esa responsabilidad; y por ello me enorgullecí.

Para facilitar la acción del engrasado, el viejo había ideado un sistema que permitía que el aceite, a modo de rociador, saliera diseminado desde un tubo parecido a una garrafa de gas que, conectado a una manguera, al suministrársele aire, cumplía con su propósito. La presión del aire de mis pulmones evidentemente no fue suficiente, pues lo probé innumerables veces sin lograr que saliera una sola gota del lubricante. Entonces hice lo único que tenía prohibido hacer: cruzarme hasta la estación de servicio y conectar la manguera al compresor para insuflarle lo que mi cuerpo no podía.

Cuando el tubo se llenó, en escasísimos segundos, explotó con furia hiriendo de gravedad mi cara y desgarrando mi espíritu hasta muchos años después.

Fue una experiencia penosa; sin embargo es más fuerte el recuerdo del rostro amoroso de mi padre, y el ímpetu invalorable de mi madre.

“El accidente” es producto de uno de los tantos relatos que mi padre, Eduardo Starzak, me contara a lo largo de su vida. Siempre con profunda emoción y reconocimiento hacia los suyos.

Olga Starzak



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