La expectativa

Por Alejandro Javier Panizzi

Se habrían hecho con él los objetos que le fueron negados.

No fue de carpintero ni de escultor o artesano. Ni de una obra cualquiera, de una insignificante.

Todas las cosas erigidas por la gente lo descartaron. No clavó confesionarios, ataúdes ni manos de redentores.

No cumplió con su sino, ni lo hará jamás.

Fue fabricado lejos, con madera de los montes Vosgos, en Alsacia-Lorena y con acero de la tierra de los primeros navegantes que irrumpieron en toda Europa occidental. Incluso, llegaron hasta el continente que le fue asignado.

Acaso tenga el sabor del metal oxidado.

Fue fabricado, vendido y comprado, sólo para ser detentado. Lo prestaron, pero nunca fue devuelto. Se lo incluyó, con descuido, como parásito fútil de un acervo insignificante.

Estuvo, desde entonces, en ese hogar y nunca produjo nada. Sus golpes tuvieron un mero destino: clavos, frutos secos y otras minucias.

Dentro de la casona los niños, a veces, lo usaban para jugar. Fuera de eso, siempre así, ocioso, indolente, ineficaz, humillado de reacción propia.

No odia.

En esa casa se oficiaron siete velatorios, la conmemoración funesta de siete muertes. Entre tanto él, permanecía olvidado e indiferente: el desprecio en ambas direcciones.

Años de descanso vano, en el patético caserón, cuya única sobreviviente anhela la muerte por vejez.

La anciana, la que alguna vez fue la menor y hoy es la única, aguarda el final con paciencia decadente. Espera, imperturbable, como él.

Ella tampoco cumplirá su designio de muerte serena.

Su dueña lo olvidó. Ella, en la casa y él, en una caja con otras herramientas, en la misma casa.

Hay, en ese cajón corroído y marginado, otros objetos que impiden cerrarlo: picaportes de puertas que ya no existen, canillas, tornillos, pinzas, una foto, mechas y otro martillo más pequeño y precario. Se apretujan en silencio, se cohabitan impasibles.

La vieja lo ignora o lo desdeña. Es mutuo.

Por fin, alguien se aferró de su mango de preciosa madera. Lo indultó de su caja oxidada, lo hizo menear con movimiento trémulo y lo condujo hasta el dormitorio.

Su cabeza de acero sueco se estrelló contra la frente de la mujer dormida. Se humedeció, pero no rehúsa su sorpresiva utilidad, no la repele. No sabía que era suficiente para matar.

Ahora yace. No fue capaz de fabricar, reparar, ni erigir obras o esculturas.

Fuerzas desconocidas y el encadenamiento fatal de los sucesos le impidieron acatar su cometido, la obligación moral de toda herramienta.

Él no lo ignora. Se arrellana, otra vez, ocioso y cubierta su cabeza de herrumbre y sangre seca, en un depósito judicial, junto a pistolas, objetos robados y puñales.

Sabe, inerte, que no cumplirá su destino de constructor, no.

Y espera.




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