RECUERDOS DE MI ESCUELA
Un diploma, cabras y el alumno Santiaguito
Por Jorge Gabriel ROBERT
Cuando el maestro platense, don Enrique della Croce, me entregó un diploma con bordes negros y azules que decía en letras doradas: Promovido a Cuarto Grado, entre la algarabía de alumnos en aquella escuelita casi rancho de Camarones, empecé a comprender que había pasado de grado. Mis condiscípulos entre niños y niñas, seríamos unos veinte o treinta. Era noviembre de fin de curso en el año 1936. Entre ese aletear de palomas blancas, llenábamos un amplio zaguán correteando cada uno con su diploma, premio quizás a la dedicación, al estudio y a la disciplina de entonces.

Don Enrique el maestro, había llegado desde La Plata con su esposa Enriqueta, experta en labores manuales, telares, que enseñaba a todos y cada uno de los alumnos, así fuera varón o mujer, sin retribución pecuniaria. La sonrisa de un niño, era su paga. Con ellos, sus dos hijas adolescentes de 17 y 15 años. Alba y Nilda a quienes la vida dura de aquellos años, hizo perder lo mejor de su futuro, el estudio secundario.

Así fue que ese día olvidé mis condiscípulos que correteaban aprovechando la confusión para jugar a la mancha. Me preocupaba el espacio necesario para acomodar mi diploma. Cuántas veces con mi madre, en algún consultorio médico en que la acompañaba, le decía: Mira mamita cuántos diplomas. No los envidiaba. Por ahora tenía el mío y me parecía el más hermoso del mundo. Mi tío Bernardo, que se había sumado al esfuerzo de un pueblo nuevo con su oficio de mecánico desde Bahía Blanca su ciudad, sumó también su altruismo y su bondad confeccionando el marco, cortando el vidrio para que pudiera colgar mi diploma adorado. Hombre de oficios múltiples, prodigio para las amas de casa que estaban armando su vivienda mientras sus esposos, trabajaban en el campo procurando el sustento de cada día, mi tío siguió construyendo marcos, cortando vidrios y otros enseres para las viviendas que él construía con madera y chapas de cinc, retrasando así la entrega de automotores a sus dueños, que comprendían las urgencias. La paciencia de entonces ayudaba a vivir y a crecer.

Mi maestro della Croce, venía a reemplazar a Justo Chumbita, el anterior docente. Éste había sido despedido con aplausos desde el puerto natural donde la “chata” de un buque mercante descargaba mercancías de campo propias de un impulso colonizador y víveres para algún comercio que los había pedido por telégrafo a su consignatario en Bs. As, desde el incipiente pueblo Camarones, en la provincia de Chubut. Pero el maestro Chumbita, que me había ayudado a soñar con un diploma desde los primeros “palotes” sentado en su falda desde mi más tierna infancia, no se iba de paseo. Una cruel enfermedad lo postró de tal manera que fue cargado como un objeto y en su trayecto a Buenos Aires, arrojado al mar porque a las primeras millas náuticas, murió. Sus alumnos, que habían acompañado al maestro hasta el embarque, quedaron mirando al infinito donde parece que se juntan el cielo con el mar, agitando un pañuelo blanco mojado con lágrimas; otros no alcanzaron ni a enterarse y buscaban afanosamente al maestro que esa tarde les había prometido enseñarles a ordeñar las chivitas, “profesión” que traía acumulada desde su San Luis natal. Como buen puntano, de cabras sabía mucho. La clase anterior se había referido a la leche en la alimentación de los niños y a su crecimiento. La foto muestra una madre con sus críos, producto del empuje que le dieron entonces a las cabras que trajeron los Boers, una inmigración de Sud África que al igual que los Galeses, bregaban por el progreso en el lugar que eligieron para vivir y el afán de siempre, competir para crecer. Sus cabríos blancos con la cabeza marrón, eran el orgullo de la región y ganaban en los concursos y exposiciones.

Volviendo al diploma, que nunca pudo ser reemplazado, a mi lado esperaba el suyo el alumno Santiaguito. Había ingresado en la mitad del año, obligado por un destino muy cruel. Refugiado en el último pupitre del aula, observaba la clase con mirada adusta y rencorosa; prefiere que el maestro no se dirija a él; su ceño fruncido aleja a sus compañeros, no quiere a nadie a su alrededor; contaría 11 o 12 años aunque parecía menor, rubio con ojos grises, en un descuido, sin proponérselo, podía esbozar una sonrisa tímida, encantadora; reflejos de tiempos más felices. Los demás alumnos se reunían para hablar de él, algunas chicas ya le insinuaban su amistad y los varones más audaces, intentaban dirimir cuestiones con él a las trompadas, cosa que respondía de inmediato, como agradeciendo la oportunidad de pelear sin importarle el número ni la calidad del adversario. Criado hasta esa edad con su padres y hermanos, en un rancho hogar, entre malezas de la rústica estepa patagónica, ayudando a cruzar el Río Chico, manejando una balsa, su padre llegó a ser su único socio y amigo; así lo amaba. Pero un día, en un problema de vecinos, por cuestiones de ovejas, marcas y señales, el retumbo de un balazo que aún suena en sus oídos, le llevó para siempre a su padre. Con esos recuerdos entró a la escuela de Camarones. Sus condiscípulos, igual que él eran de escasos recursos, hijos de pioneros, colonizadores, gente que se abría paso en la vida a fuerza y honra de su trabajo, de manera que Santiaguito tenía allanado el camino para su recuperación; siendo un gran amigo de su extinto padre, quien lo trajo al pueblo, con toda su familia y lo alojó en su casa. Sin embargo, costó mucho volver a Santiaguito a su natural personalidad; en su mente aún infantil, quedó grabada la imagen de un chileno, quien fue el asesino y desde entonces, hacerle comprender que la nacionalidad de su enemigo era puramente circunstancial. La sola mención de ese país hermano lo ponía fuera de sí y sólo el llanto lo calmaba. Pero el tiempo pasó, y Santiaguito se sumó a la lucha por Camarones, las chivitas de raza, y junto con su diploma de primer grado aprobado, recibió un premio al mejor compañero.

Enrique della Croce, con sus alumnos en un acto patriótico
(25 de Mayo de 1936)

 

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