LA VIDA
La tierra, el mar y el aire 

Los que hemos vivido la mitad en el campo, notamos que la naturaleza misma nos arrastra a convivir más con otros seres vivientes que con nuestro mismos congéneres. Los comprendemos, los amamos y por supuesto si podemos sacar tajada favorable, los matamos para alimentarnos de ellos y apropiarnos de su piel para nuestro abrigo u otro beneficio. Para el caso de los animales de tierra, pongamos como ejemplo al guanaco; de estirpe silvestre, no se resigna a convivir con los humanos, se torna agresivo si lo obligan a domesticarse. Huye siempre del hombre, en general, su predador.
En el mar, un medio que hemos usurpado, salvo los peces que involucramos en nuestro comercio, los pingüinos son nuestros mimados, los consideramos pájaro bobo o pájaro niño porque notamos un parecido con nuestro modo de ser o nuestro modo de caminar. Y es curioso, los hemos observado y admirado su idiosincrasia. En la imagen que sigue, un grupo de pequeños, en edad ya de caminar, ha abandonado momentáneamente sus nidos, y a pesar de no estar al alcance de su vista el mar, por donde sus progenitores volverán a traerles el alimento, esperan que estos lleguen con el buche lleno de pececillos y observan el mar que no conocen y será el medio natural de sus vivencias por el resto de sus días hasta que si la suerte no los acompaña, una orca hará de ellos su plato favorito. 


En tierra, en lugar de sus cuevas donde de un huevo nacieron, a cada uno de ellos espera un hermano (son dos) en cada nido. Sus nidos (hogares) están alejados del mar, bien con el frente al sol, necesitan mucho de su calor para incubar y durará seis meses el desarrollo del pichón hasta que el plumín le sirva para nadar.Y el tercer medio que compartimos con otros seres vivientes es el aire. 


Las aves, los pájaros, que con sus trinos endulzan nuestra vida, son dignos de ser estudiados y uno de sus períodos más subyugantes son el tiempo de las aves migratorias que se juntan en inmensas bandadas para trasladarse de uno a otro continente por pura magia de la naturaleza. Pondré como ejemplo el chorlo, que acá en las costas del atlántico, en la ribera patagónica, llega en primavera, incuba en lugares de canto rodado muy fino y del color de sus huevitos, escondidos así de sus predadores. Una vez en condiciones de volar, las pequeñas avecitas, forman un grupo homogéneo, que es algo así como una nube de pájaros capaz de nublar el sol y emprenden su viaje hasta zonas en que la sabia naturaleza les ha designado para vivir con buena alimentación hasta la fecha de retornar por el mismo sendero visible solo para ellos y así mantener la especie.

Jorge Gabriel Robert

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