El laburo

por Olga Starzak

 

-Abuela, ¿y si en vez de eso, cuando salgo de la escuela, voy al centro a pedir?
-No nena, ya nadie da nada. Nosotros necesitamos plata. Plata para comer, para que puedas ir a escuela, vos y todos tus hermanos; para comprarte zapatillas. ¡Mirá cómo están esas!
-Y, ¿si no voy más a la escuela?
-¡Qué carajo decís! ¿Qué vas a ser si no vas a la escuela? ¿Querés ser como tu madre, una pobre ignorante? Tenés que hacerlo, Karina; ya sos una mujercita. Es por el bien de todos.
-Pero… y ¿cómo?
-Vos dejámelo a mí. Yo lo voy a organizar. No vas a tener que salir de la casa. Nadie te va a ver. Elegiré los tipos y van a venir acá, ¿de acuerdo?
-No sé, tengo miedo.
-Qué miedo ni qué miedo. Ya vas a ver. La primera vez te dolerá un poco pero apretás fuerte los dientes y ya está. Después te vas a acostumbrar. Y seguramente con alguno hasta te va a gustar. Eso sí, te prohíbo andar enamorándote y querer rajarte, ¡eh! Este va a ser un negocio, un negocio para todos. Cuando crezca la Pamela, vas a poder descansar un poco y compartir el trabajo.
-Yo no quiero, abuela. Mirá a la Gloria, con trece años y embarazada. ¿Y si me pasa eso?
-No se trata de si querés o no querés. Además no te va a pasar nada. Yo los obligaré a que se cuiden y cuando juntemos unos pesos, nosotras mismas les vamos a dar los forros.
Karina ni siquiera sabía muy bien lo que tenía que hacer. Acababa de cumplir once años y su cuerpo de niña apenas comenzaba a acusar la presencia de la etapa preadolescente. Era más bien menuda y sus pechos recién se abultaban; sus pezones habían empezado a oscurecerse y estaba pronta a necesitar su primer corpiño. Su pubis, pequeño, apenas mostraba unos pocos vellos. A diferencia de muchas de sus amigas, todavía ningún chico la había besado. Había escuchado muchas veces hablar de las relaciones sexuales; tenía curiosidad por saber cómo era eso que le contaban algunas chicas del barrio. Pero no tenía apuro por probar y menos así como quería la abuela, con cualquiera, todos los días y por plata. Como su madre, al final… terminaría siendo una puta. Bueno, ella decía que era “prostituta”; y cuando era pequeña no entendía muy bien de qué se trataba, pero después lo supo: puta, prostituta; era lo mismo.
-Nena, mañana viene el primer cliente. Es el del almacén. No se te ocurra decirle que él es el primero. Ni hacerte la histérica, ni llorar, ni gritar… ¿Entendiste?
-¿Cuánto te va a pagar ese hijo de puta?
-Eso a vos no te importa. Preocupate por portarte bien y hacer lo que él te diga. Así vuelve.
-¿Y si no quiero, y si me niego? ¿Por qué no te acostás vos con él?
Un cachetazo fuerte e imprevisto fue la primera respuesta. Después la vieja dijo:
-Se arregla fácil. La llamo a tu madre y le digo que venga a buscarte. Vamos a ver dónde la pasás mejor.
Era fácil recordar que nada podía ser peor que vivir con su madre. Se había cansado de los constantes maltratos físicos, de las crisis nerviosas cuando el alcohol saturaba su sangre. Después venían los largos períodos de depresión cuando, sumida en los efectos de los medicamentos que le daban en el hospital, lo único interesante era tirarse en la cama. No, no quería volver a esa vida. La abuela había sido demasiado buena al aceptar quedarse con ellos cuando esa mujer decidió irse a trajinar a Santiago del Estero, alentada por un nuevo amigo que le había conseguido una changa en esa provincia.
Se durmió entre el llanto de su hermanito menor y el frío de la noche. No tuvo demasiado tiempo para pensar en el día siguiente. Creyó que la abuela debía tener razón; de alguna manera había que conseguir un poco de plata. Ya hacía varios días que sólo comían pan seco, mojado en un poco de té lavado. Le tocaba a ella sacrificarse. Tenía que aceptarlo.
El hombre llegó más temprano de lo previsto. Ella ya estaba en la única pieza apartada de la casa. Cuando entró, sentada en la gastada manta que tapaba la cama, agachó su cabeza… y esperó.
-Hola –dijo el hombre. No contestó, aun cuando podía sentir cómo se acercaba.
-¿Qué tal, linda? –continuó mientras la acostaba con su enorme cuerpo.
-A ver qué hay por acá…
Las gruesas y ásperas manos la despojaron de su ropa. Cerró fuerte los ojos, muy fuerte y no respiró. Sólo un grito ahogado salió de su boca cuando fue torpemente penetrada. Lo sintió jadear como un perro y tuvo que tragarse su propio vómito.
Cuando creyó que todo había terminado, el hombre volvió a someterla. Eso era demasiado. No podía volver a soportarlo. Lloró en silencio mientras él se levantaba los pantalones y le decía:
-Nos volveremos a ver, nena. Espero que la próxima te sueltes un poco.
Fue ese hombre y después fueron otros. Fue ese día y fueron meses. Ahora el calvario había disminuido. Los muchachos que la frecuentaban le habían enseñado que con unos porros antes de empezar a laburar era mucho más fácil. Y la abuela lo había entendido. Mejor estaba ella, más clientes podía atender. Sólo de esa forma podía complacer los perversos requerimientos. Sabía que cada trabajo tenía su precio y no era ella, precisamente, quien lo decidía.
Cuando sus hermanos crecieron tuvo que dejar la casa para salir a vender su cuerpo en la calle. Ya no le dejaba toda la plata a la vieja, le daba un pequeño porcentaje. En cambio Pamela todavía no tenía ese privilegio. Karina aconsejaba a su hermana, la prevenía del peligro, le enseñaba excusas para evitar determinadas situaciones…
Eso sí, los mejores clientes eran para ella. Eso era indiscutible.
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