LA DESHONRA

Por Olga Starzak

Me miró desconcertado; en sus ojos podía percibirse la desilusión. Lentamente me dijo:
-Invoca a los espíritus para que sea varón.
-Lo estoy haciendo –le contesté. -Pero, ¿y si no es así?
-Lo sabes tan bien como yo; no queda otra alternativa que…
-¡No lo haré!
Un fuerte golpe en mi mejilla fue la respuesta.
-Nadie me obligará. Nadie.
Esta vez la fuerza de su brazo me hizo tambalear y caí sobre el duro piso de tierra. Recién humedecido, todavía con olor a polvo en el ambiente.
Deseaba a este hijo más que nada en el mundo; sin embargo, me imponían deshacerme de él si su sexo era femenino. Y no estaba dispuesta a aceptarlo. El vientre comenzó a abultarse y pronto aparecieron los movimientos esperados. Podía sentir el latir de su corazón en la quietud de la noche, el cuerpito contrayendo mi abdomen y alguna de sus extremidades empujando la piel. Innumerables veces mis manos se posaban allí, acariciando con renovada esperanza al bebé que cobijaba.
-Si pudiera retenerte aquí adentro… hasta que pueda mostrarte sin vergüenza, hasta que puedas vivir en libertad como tantos otros seres de este mundo injusto –le murmuraba.

Desde un primer momento la intuición me decía que engendraba una niña. Quizás tuviera mis alisados cabellos y los ojos pardos de su padre. Juré que encontraría la forma de esconderla y criarla. Juré que no me la arrebatarían para regalarla o entregarla a algún orfanato. No permitiría que la dejaran morir de hambre en algún oscuro rincón de este hacinado país.
Pertenecía a una etnia donde las mujeres éramos condenadas por el sólo hecho de pretender perpetuar la familia. Recordé cuando, en oportunidad del nacimiento de mi primera hija, entraron a la vivienda donde morábamos y derribaron sin piedad su habitación, en un gesto de vil amenaza.
Perturbada por las circunstancias convencí a mi esposo de que emigráramos a otro sitio, menos poblado, para evitar de esta manera la esterilización a la que pretendían forzarme.
Y ahora, aún con el derecho de volver a ser madre por segunda vez, padecía la angustia de la incertidumbre. Si no tenía un varón me quitarían a la niña, y su padre nos culparía por la deshonra a la que lo habíamos sometido.

La pequeña Mohanna no pudo ver la luz del sol cuando nació. Fue parida en el subsuelo de un edificio abandonado y lúgubre. Allí me había mudado cuando la fecha del parto se aproximaba. Una de mis hermanas arbitró de partera. Ante los sorprendidos ojos de su hermanita mayor, el bebé asomó la cabecita al mundo cruel que no le perdonaría su condición.
Si volvía al hogar me arriesgaba a que fuera destruido, mis hijas castigadas o desaparecidas, y todos nuestros esfuerzos de años de trabajo destinados a multas que jamás dejaríamos de pagar.
Mi esposo se había sometido a una vasectomía. Aún sufría las secuelas de una dolorosa y mutilante intervención, agravada por un intenso dolor físico, producto de la ausencia de anestesia en el momento de la operación.

Estuve escondida durante meses. Una mañana, como prácticamente todos los días, mi hermana salió en compañía de mi hija mayor en procura de alimentos y enseres.
Horas más tarde apareció la nena. Parada en la vieja puerta de madera de nuestro alojamiento, me dijo:
-¡Se la llevaron, mamá! Le pidieron unos documentos, algo que tenía que ver conmigo y se la llevaron. Eran hombres vestidos con sacos cortos y túnicas largas. Le preguntaron por su delantal, un delantal como el que usas desde que te casaste con papá. Le sacaron el cinturón de la falda y le ataron las manos. ¿Por qué lo hicieron mamá?
-Sólo por ser mujer, hija; sólo por eso.

Imaginaba que su tía, protegiéndola, había declarado ser la madre; y al no poder atestiguarlo estaba ahora presa, sujeta a torturas físicas y psicológicas; y obligada a declarar el destino de la niña que –ante el ataque- había huido, eludiendo así su cacería.
Mi hermana jamás volvió.

Debía escapar de allí, pronto. Ya no quedaban alimentos y el estado de extrema tensión había provocado en mis mamas un repentino retiro de la leche. Mohanna lloraba de hambre. Decidí partir. Si cruzaba la frontera y llegaba hasta la región tibetana, quizás alguien podría darme amparo durante un tiempo, a cambio de tareas domésticas… o lo que fuese.

Robé comida, engañé innumerables veces, mentí despiadadamente y proclamé una enfermedad que me llevaba, con urgencia, a buscar un centro asistencial en zonas urbanas.
Para entonces, el padre de mis hijas, preso de la ignominia que significaba tener mujeres y agobiado -como tantos- por el eugenismo para el que había sido adiestrado, había caído en una fuerte crisis nerviosa. Pasaba sus días entre el alcohol y los burdeles.

El día que Mohanna cumplió tres meses estaba a punto de pisar tierra tibetana. Para mi sorpresa, en la frontera se pedía mi captura por infracción a las leyes. Secuestraron al bebé y me repatriaron.

Cada noche, en la soledad de mi alma despojada, arrastraba a mi esposo hasta el lecho que ya no compartíamos. Nuestra hija se escondía entre largos pantalones de lana y tapaba su cabecita con negros turbantes. Odiaba su condición. Frecuentemente preguntaba por Mohanna.
-Nunca tuviste una hermana –afirmaba, con ira, su padre.
-¡No es verdad! –respondía con sostenida fuerza. Yo vi cuando se la llevaban.
Un fuerte golpe azotaba su pequeño rostro. Una y otra vez… Siempre que quería saber. Y ella había aprendido a callar.

Ayer tomó con sus pequeñas manos mi rostro avejentado y me dijo:
-¿Dónde estará mi hermanita, mamá?
Me escuché contestarle:
– ¿Qué dices?, nunca tuviste una hermana. Nunca.

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