Una mujer en Bosnia (*)

Por Olga Starzak

Apoyé la cabeza sobre un par de mantas viejas y desaseadas; mis ojos se resistían a abrirse, quizás para no contemplar el horror. De mi boca sedienta no salían las palabras. Mi cuerpo, lacerado, estaba inmóvil.
Mis dos pequeños hijos permanecían muy cerca. Algunas veces, la inescrupulosidad de alguna de esas fieras era tocada por un indicio de piedad y los niños eran separados de mi lado, mientras la barbarie se concretaba. Luego, me los devolvían –cansados de llorar- para que los alimentara. Otras veces no se preocupaban y quedaban allí, observando con sus inocentes ojos desencajados. Con el terror metido en sus pieles. Con los quejidos que eran acallados a fuerza de golpes.

Estuve así, en un estado de casi inconciencia, no sé cuántos días, no sé cuántos meses.

Las primeras veces había peleado sin descanso. Los pateaba, los rasguñaba, los mordía, los insultaba. Muy pronto descubrí que eran vanos los intentos. Me ataban las manos y los pies y se complacían con mis gritos. La lucha era, para ellos, el mejor desafío que podía brindarles.
Volvían cada noche. Con su soberbia presencia, los ojos enrojecidos, sus mentes enfermas. Me buscaban una vez más, esperaban turno, dispuestos a quebrantar hasta el cansancio mi dignidad.
-¡Oh, por Dios!, otra vez no –susurraba. Nadie me escuchaba. Nadie me había escuchado antes. Nadie lo haría ahora.
-Muévete. Abre tus piernas, hija de puta.
Era la inconfundible voz del comandante. Con él comenzaba el suplicio; otros grupos subalternos lo imitarían.
Mi cuerpo era prácticamente ignorado. Por suerte no les interesaba ni la juventud, ni las curvas que aún mantenía. Ya ni siquiera recordaba si, alguna vez, algún hombre había admirado mis pechos o había pronunciado palabras de amor, de deseo o de pasión. Quizás el padre de mis hijos lo habría hecho.
A ellos sólo les interesaban mis desgarrados genitales; un agujero donde introducir el arma poderosa que los hacía sentir hombres. Un pedazo de carne herida; un espacio para saciar la lujuria. Mientras pronunciaban improperios era cruelmente sometida. Una inentendible estrategia de guerra que los justificaba, los mantenía alejados de la culpa, del arrepentimiento y de la indulgencia
Mi sexo no se acostumbraría jamás a tanta humillación. Primero sentía un dolor intenso, punzante…, más tarde un insoportable ardor mezclado de sangre y sudor; luego invariablemente, el cuerpo lesionado se paralizaba quedando sin sensaciones; sin vida. Y después ese líquido pegajoso y caliente que mojaba mi espacio más íntimo, devolviéndole otra vez el ardor.
Dolor, mucho dolor. Pero mucha más repulsión.
Cuando me animaba a observar sus rostros, percibía el orgullo en las miradas; sus bocas entreabiertas jadeaban como jadean los perros durante la cópula.
Y luego se acercaba el siguiente.
-¡Oh, no! Basta –pensaba. -Por favor, basta.
Murmullos y risas. Gritos frenéticos y deshumanizados haciendo eco en las paredes solitarias. Fervor y pasión. El mismo fervor y pasión que horas más tarde los acompañaría en la lucha armada. Ahora enaltecido su orgullo, regocijado el espíritu. Y renovarían cada noche el acto que, como se cansaban de repetir, “elevaba la moral de la tropa”.

No había espacio para el llanto, tampoco para el lamento. Sí lo había para el rencor y para la desesperación.
Así fue pasando el tiempo. El conflicto étnico parecía menguar. Y aunque jamás los serbios estarían dispuestos a entregar sus tierras, las que consideraban una mina de oro, los hombres aparecían con menos frecuencia. Comencé a alentar esperanzas, a pensar, a bregar por mis hijos que –en medio de tanta miseria humana- eran injustamente maltratados.
Meses de ausencia menstrual no significaban nada en la situación en la que me encontraba. No me sorprendí ni el primero, ni el segundo ni el tercer mes; tampoco me preocupé. La alevosía de los ultrajes había causado daños tan severos en mi mente y en mi cuerpo extenuado que supuse normal esa interrupción.
Sin embargo, esa tarde gris del invierno eslavo comprobé lo inevitable. Movimientos conocidos, otras veces sentidos, aparecieron en mi vientre; en mi vientre siempre abultado por la mísera alimentación y las continuas infecciones.

En mi abdomen una vida comenzó a crecer. El hijo del desgarro, del espíritu bélico de quién sabe quién. Sentí miedo, un miedo diferente, nunca antes experimentado. Un miedo que iba más allá de la muerte, de las heridas aún sin cicatrizar. Pensé en ese bebé que proclamaba por su vida en la fuerza de aquellos movimientos.
Y con angustia, acaricié mi vientre.

(*) De “Estigmas”, cuentos no tan cuentos – Editorial Vinciguerra S.R.L. – Buenos Aires, 2004

Bookmark and Share

votar




SI LO DESEA, PUEDE VOTAR ESTE ARTÍCULO PARA EL RANKING DE BITACORAS.COM