EL RELATO DE HUMOR EN LA LITERATURA PATAGONICA

Por Jorge Eduardo Lenard VIVES

El relato de humor tiene su lugar en la Literatura universal. Sin embargo, como otros géneros que no parecen “serios”, la narración que apela a la comicidad aparece en un segundo plano. Pero son muchos sus cultores. Uno de los nombres clásicos es el de Mark Twain, con obras geniales como el ensayo “Los defectos literarios de Fenimore Cooper”. “Los papeles del Club Picwick” de Charles Dickens, “Las doce sillas” de Illiá Ilf y Yevgeni Petrov, “Tres hombres en un bote”, de Jerome Klapka Jerome, son más ejemplos del humorismo en la creación literaria. Los escritores españoles no le van en zaga; con numerosos autores que incursionaron en el género; como Noel Clarasó y su “Biografía del buen humor y del mal humor”. En el país, la lista también es larga. Se puede recordar a dos creadores, disímiles en su estilo pero unidos por su agudeza: Adolfo Bioy Casares y Roberto Fontanarrosa.
La Patagonia, tierra ceñuda, no parecería el mejor ambiente para despuntar el vicio de la narración de humor. Sin embargo, la reciente edición de una antología del cuento humorístico por parte del espacio cultural “Tela de Rayón” demuestra que no es así (1). En sus páginas, además de autores nacionales y extranjeros, se reúnen trabajos de escritores regionales; entre otros, de Osian Hughes y Jorge Carrasco.
Desde sus inicios, la Literatura patagónica tuvo rasgos ocurrentes. Se citó hace un tiempo en este blog, el humor que aparecía en algunas creaciones de la colonia galesa. Un libro de esta vertiente, donde campea el gracejo a lo largo de sus páginas, es “A orillas del Río Chubut en la Patagonia”, de Williams M. Hughes; con párrafos como este:
“…este señor se hacía el cansado, se acostaba al reparo de un monte y allí pasaba la noche, llegando a su trabajo a cualquier hora del día siguiente… Es lamentable que no haya aparecido por allí algún “Bwgam” para sacudirle un poco de su inercia y frecuente debilidad. No esa clase de apariciones que tienen su cabellera en llamas, con fuego y azufre saliendo de su boca a borbotones y sus ojos despidiendo rayos. No, no es a uno así que me refiero, sino a un “Bwgam” blanco, respetable, como los había en los cementerios de Gales antiguamente. Ver a uno de ese tipo le hubiera hecho mucho bien.”
No es, por supuesto, una gracia estridente; sino una fina ironía que demuestra que el “humour” británico no es privativo de los ingleses.
Otros autores regionales más modernos han incursionado en el género; con piezas que toman sus argumentos, generalmente, de sucedidos en la zona rural, plenos de la picardía del poblador del campo. En su libro “Patagonia sur”, Mario Echeverría Baleta incluye una serie de “cuentos anécdotas”, como “El puma vegetariano” o “La manguera rota”. Tenemos ejemplos similares en “Rómulo Carballo”, un cuento de Hugo Covaro que integra su volumen “Mi Land Rover azul”, como así también en “Como llegar a la Luna” y “Cuestión de nombres”, de “Pequeñas historias del frío”. “La espumadera” y “El chileno Cifuentes”, de Elías Chucair, en “Cuentos y relatos”, se agregan a los testimonios del humor en la literatura regional. La escritora serrana Ada Ortiz Ochoa también introduce, en forma frecuente, un tono divertido en sus relatos; como en el caso de la narración “Ni beines ni beinetas”.
Si se acepta que el chiste es al relato cómico lo que el microcuento es al cuento, no debería faltar una referencia al chascarrillo patagónico. Son numerosas las chanzas de temática regional que circulan por transmisión oral. Sin dudas, merecerían ser reunidas y difundidas; como lo hicieron hace algunos años, en un ciclo radial, Carlos Ferrari y Luis Alberto Jones. En ese programa se contaban chistes del valle del Chubut, cuyos ficticios protagonistas eran integrantes de la colectividad galesa y otros personajes de la zona. No puede dejar de mencionarse, entre los recopiladores aficionados de historias graciosas del sur, a don Carlos Sheffield. Junto con sus muestras minerales, Lalo recoge las salidas ingeniosas del habitante de la meseta, la montaña y el valle; y las mecha en su siempre amena charla, para diversión del circunstancial, y afortunado, auditorio.
Una consideración final. Más allá de las específicas manifestaciones literarias patagónicas: como siempre que se habla de humor, hay que distinguir entre aquel que provoca la sonrisa, incluso la carcajada, moviendo los mecanismos psicológicos más sutiles; de aquel otro que recurre a la palabrota, al insulto, a la expresión vulgar a fin de despertar, por burdo contraste, la comicidad. Este último procedimiento parece un arbitrio inapropiado para despertar la hilaridad; porque el humor, como la buena Literatura, no debería necesitar del golpe bajo para tener éxito.

(1) “Antologías, II. Humor”. Autores varios. Tela de Rayón, Grupo Jornada y Ernán Bergara (Editor), Trelew, 2010.

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