El Péndulo

De Olga Starzak

La casa es muy antigua; me dicen que una de las más viejas del pueblo. Juego a no pisar las uniones de los tablones de madera del piso del inmenso living; me gusta el ruido que hacen mis zapatos cuando los golpeo contra él. Abajo es hueco y retumba. En una de las tablas hay una rotura, siempre me agacho acercándome lo suficiente para mirar en el entrepiso. No se ve nada. Está muy oscuro. Me imagino que debe haber más de medio metro y pienso en los bichos que asustados por mis pasos, correrán escapando del peligro. La madera es dura y muy oscura. Tiene tanta cera que podría escribir con mi uña. También el techo es de madera; altísimo. El gas de las estufas a velas detiene el polvo suspendido. Los largos hilos que lo atraviesan se mueven con las corrientes de aire y me impresiona observar su fortaleza; nunca se cortan. Cuando le pregunto a tía Clara por qué siempre están allí aprovecha para recordarle a tía Elisa, su hermana menor, que hay que conseguir una escalera alta y plumerear. Me alegra comprobar que no son telas de araña. El lugar está iluminado con dos lámparas idénticas de hierro forjado. Si consiguieran la escalera, podrían aprovechar para limpiarlas; tienen mucha tierra.
Para entrar a la casa es necesario subir tres o cuatro escalones. La puerta es de doble hoja, la manija de bronce y el cerrojo tan grueso que se requiere de mucha fuerza para cerrarla con llave. Sólo lo hacen de noche.
La casa tiene muchas otras habitaciones, todas con olor a humedad. La mayoría no se usan. Las tías entran un par de veces al año para airearlas, nunca cuando yo estoy. Tampoco les gusta que me meta en sus dormitorios, comunicados entre sí por una puerta interna. No me interesan demasiado. No tienen ventanas, las puertas dan a una galería y están llenos de muebles. Los acolchados de las camas tienen volados y almohadones, y cuidan de que no se ensucien. Es imposible caminar por esos cuartos sin llevarse por delante alguna cómoda, baúl, mesa de luz, perchero o sillón.
Las pocas veces que visito la casa me muevo entre el living, la cocina, el patio o el baño, ubicado en el fondo de la casa. Siempre llevo mis cuadernos y el manual para hacer la tarea. Aprovecho para calcar y hacer láminas. Eso me gusta porque la mesa es tan grande que puedo desparramar todos mis útiles sin que nadie me pida un lugar para hacer otra cosa.
En esa misma sala hay un reloj de madera. Es un recuerdo de familia que viajó con los abuelos cuando vinieron de Europa. Debe tener más de cincuenta años y anda perfectamente. Tiene un largo péndulo y un sonido fuerte avisa el paso de cada hora. Siempre siento el impulso de tocarlo pero está demasiado alto y no me animo.Ese día mis padres me dejan temprano. No me dicen a donde van. De todos modos me lo imagino; cuando no me cuentan seguro de que se trata de un velorio o visitan a algún familiar enfermo. A esos lugares no me llevan; dicen que me puedo impresionar y me quedo en la casa de las tías. Ellas son bastante viejas y solteras. Por los cuadros colgados de las paredes se puede ver que son iguales a mi abuela cuando se casó. El abuelo está muy elegante… Muy pocas veces hablan de él. Alguna vez escuché que había muerto en la guerra. No sé por qué pero siempre sospeché que así salvaban su dignidad. Mi padre se parece a él; tienen la frente ancha y los ojos muy claros. Evita mencionarlo… o tal vez no lo recuerde; era muy chico cuando dejó de verlo. Se pone triste cuando alguien lo nombra.

Estoy de vacaciones. En la televisión no pasan nada entretenido. En un canal, un noticioso y en el otro una película de monjes y curas. En el sillón de terciopelo verde, acomodo una sábana que me dio la tía Clara para no manchar el tapizado y me dispongo a dormir. Ella se fue a su habitación a hacer lo mismo. Me quedo mirando el reloj de madera y decido que es momento de sacarme el gusto; llevo uno de los bancos del comedor hasta la pared donde cuelga el aparato, me subo y con ambas manos tomo el péndulo. Es de bronce; frío, ancho… y está oscurecido por el paso del tiempo. Tiñe mis manos con un polvo pegajoso. Para mi sorpresa, cuando lo suelto deja de oscilar. Inesperadamente se detiene y vuelvo, asustado, al sofá. Desde allí observo lo que ocurre después. Las agujas del reloj comienzan a girar, velozmente, en sentido contrario. Calculo que lo hacen cientos de veces. En el momento en que pienso qué hacer para detenerlas, el movimiento cesa y se posan en las once en punto. Confundido, tardo largos segundos en darme cuenta de que si bien los muebles son los mismos, están ubicados en distinta posición, las paredes están pintadas de otros colores y el piso no tiene tanta cera. Todo es más nuevo y brillante. Falta la sábana debajo de mi cuerpo y estoy vestido con prendas que no reconozco.
Parado junto a la puerta que comunica el salón con el zaguán de la casa veo nítida, la figura de mi abuelo. Lo reconozco por las fotos que cuelgan de la pared. Para corroborarlo las busco… no están. Otros cuadros las suplantan. Estoy inmóvil, sin posibilidades de moverme o gritar. El miedo va desapareciendo a medida que él, con paso lento, se acerca. Su sonrisa es amplia, sus rasgos delicados, su porte esbelto…
– Adrián –dice, dirigiéndose a mí-. No debes creer lo que te han dicho.
Tardo otros segundos en darme cuenta de que me llama por el nombre de mi padre.
– Papá… –me escucho susurrar sin comprender por qué lo hago.
– Es verdad que estuve en la guerra –continúa. Eras un bebé cuando debí partir. Me destinaron al norte de África. Hubo muchas muertes tan injustas como inocentes. Caí prisionero y estuve más de tres años en campos de concentración aliados. Me cansé de enviarles cartas; nunca llegaron. Al finalizar la guerra fui liberado y junto con muchos otros compatriotas, atravesamos el Mediterráneo buscando los puertos más cercanos a nuestros destinos. Cuando llegué a América y retorné al hogar, tus hermanas eran poco menos que adolescentes y acababas de cumplir cinco años. Seguros de que había muerto, ya no me esperaban. El corazón de tu abuela había sido ocupado por otro hombre. Creí conveniente, y así se lo supliqué, que ustedes no se enteraran de mi regreso.
Lo miro sin entender lo que está sucediendo. Él no se detiene:
– Descubrí que era tarde para mí en este continente y una mañana, sin previo aviso, emigré a la Italia natal y me aseguré de que nadie me encontrara. Hoy mi alma clama por mi único hijo varón y cometo esta imprudencia. Deberás guardar el secreto. Si algún día tienes un hijo quizás te animes a contarle que el abuelo sacrificó su vida por amor.
– No te vayas… – le pido. Su figura se aleja sin dejar rastros, mientras el ruido del abrir de la puerta de calle anuncia el regreso de mis padres.
Impulsivamente miro el reloj. Continúa su marcha normal, como si nada hubiese pasado.

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