TRADUCCIONES

 

Por Jorge Eduardo Lenard Vives

Algunas páginas atrás, en este mismo blog, se mencionó lo beneficioso que resultaría para la Literatura Patagónica la traducción de muchas creaciones dejadas por los escritores de la colonia galesa del Chubut, que permanecían aún en su idioma original; circunstancia que las hace inaccesibles para un numeroso público que no domina esa lengua. Día a día, esta situación se revierte. Por ejemplo, se destaca la próxima publicación de una edición bilingüe de “Algas marinas”, de Eluned Morgan; según anuncia en su catálogo el espacio cultural “Tela de Rayón”.
Es oportuno, entonces, recordar a los pioneros en las tareas de traducción; entre quienes sin duda se destaca Irma Hughes. Como informan su hijas Laura Irma y Ana María en el prólogo a la última edición de “Hacia los Andes” (*), la Sra Hughes, nacida en 1918 y fallecida en el 2003, vivió en la zona de Treorcki. Y desde ese lugar tan significativo del valle profundo, enraizado hasta la médula en las tradiciones de la colonia, desarrolló una gran actividad literaria; que la llevó a incursionar también en el periodismo. Obtuvo numerosos reconocimientos, varios premios por su prosa en el Eistedfodd de Gales y siete sillones bárdicos del Eistedfodd del Chubut. Pero en esta nota se busca, sobre todo, recuperar su importante labor como traductora, ya que fue quien volcó al castellano el primer texto de Eluned Morgan, “Hacia los Andes”; y otro volumen clásico de la literatura de la colonia, “A orillas del Río Chubut en la Patagonia”, de William M. Hughes.
También es destacable la labor de varios traductores para dar a conocer diferentes libros básicos sobre el poblamiento del valle; como “Crónica de la Colonia Galesa de la Patagonia”, de Abraham Matthews, vertido al castellano por Frances Evelyn Roberts; y “La colonia galesa”, de Lewis Jones, cuyos distintos capítulos fueron traducidos por Egrwn Williams, Frances Evelyn Roberts y Tegai Roberts.
No se puede dejar de mencionar la traducción de los “Diarios del explorador Llwyd Ap Iwan”, hecha por Tegai Roberts, en cuya compilación intervino Marcelo Gavirati, la de “Nel, una pionera patagónica” de Marged Jones, por Dewi Evans y Liliana Williams, la de “El diario del Mimosa” de Joseph Seth Jones, por Evelyn MacDonald, la de las “Cartas a mi abuelo Dalar”, por Iola Evans; y la de las epístolas de “Patagonia 1865. Cartas de los colonos galeses”, por Fernando Coronato.
Una tendencia surgida en los últimos años, es la edición bilingüe de obras escritas inicialmente en castellano y llevadas luego al galés. Por ejemplo, el libro “1865” de Ricardo Irianni, traducido por Geraint Edmunds; o el poemario “Juglares del Silencio”, de Cecilia Glanzmann, trasladado al galés por Owen Tydur Jones y al inglés por Cecilia Águila.
Más allá de lo referido específicamente a la Literatura de la Colonia, cabe acotar que, en el mundo de las letras en general, la traducción presenta el indudable provecho de acercar una creación literaria a los lectores que no pueden leerla en el lenguaje en el que fue escrita; pero también muestra sus aristas. La manida frase “traduttore tradittore” mantiene vigencia. Conocemos muchas de las principales realizaciones de la Literatura universal, en realidad, a través de la versión del traductor. Sin embargo, ¿hasta que punto respeta éste el texto primigenio? ¿Cuál es su límite para agregar, no sólo vocablos distintos a los que corresponden con exactitud a los originales, sino sus propias ideas; por acción u omisión? Así como resulta inapropiado que el escritor de novelas históricas no advierta al lector de las modificaciones a los hechos reales que introduce en su ficción; tampoco es conveniente que el traductor inserte conceptos que no se encuentran en el texto tal cual resultó de la inventiva de su creador. Y, menos aun, que quite o censure partes de la obra porque, en su opinión, no resulten “culturalmente correctas”.

(*) “Hacia los Andes”, Ediciones El Regional, Gaiman, 2007.

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