Mi padre me contaba…

Por Olga Starzak(*)

Mi padre se extasiaba en contarme, con frecuencia, un hecho singular vivenciado cuando niño. Yo conocía la historia de memoria pero jamás lo interrumpía. Me producía mucho placer escucharlo, verlo emocionarse ante los acontecimientos, enternecerse con el suceso, rememorarlo como si volviera a vivirlo. Mantenía invariables los detalles y su voz se quebraba, por momentos, al comprobar las virtudes de la naturaleza.
El relato siempre comenzaba, más o menos así:

“Casi todos los domingos íbamos a pescar con mi padre, a la desembocadura del río Chubut en Puerto Rawson. En ocasiones, escapando de otros pescadores, nos ubicábamos en la orilla sur del río, del lado de playa Magagna. Desde allí podíamos observar el corto y estrecho muelle del puerto, las pequeñas lanchas ancladas, los movimientos portuarios y los pocos vehículos que circulaban. Cumplíamos con el ritual de armar las largas cañas de fibra de vidrio, incorporar la tanza y el reel y, una vez encarnados los anzuelos con langostinos que procurábamos del desecho de una planta pesquera, nos concentrábamos en la caza de róbalos o pejerreyes.
Siempre e inevitablemente un casal de patos caseros, esbeltos, muy blancos y bellísimos merodeaban el lugar. Eran la admiración de los visitantes como lo son ahora los inmensos lobos marinos que cada atardecer toman, inmóviles, el sol de la playa, arriba del muelle que es hoy otro muelle. No tenía más de diez años cuando descubrí, con repetido placer, el comportamiento de las aves, siempre próximas a una de las pocas viviendas situadas cerca de la costa de donde –suponíamos- no deseaban alejarse.
Mi padre me había contado que los patos se aparean para toda la vida y el macho jamás abandona a su pareja. Me gustaba verlos chapotear en el agua, siempre muy juntos, conservando los límites impuestos sólo por ellos. Esa tarde en particular, de aquel lado del río no había otras personas más que nosotros. Sobre la margen del puerto y a pocos metros de allí, en el balneario Playa Unión se observaba mucha gente. Era un espléndido día de sol; grandes y chicos disfrutaban del agua y la arena. Los patos, también protagonistas del paisaje, estaban presentes. En un ir y venir cruzaban el río mostrando sus destrezas, se zambullían, volvían a aparecer; nadaban lento a veces… con ligereza otras.
Un grupito de niños se entretenían en la costa. Jugaban a hacer “sapitos” con las piedras que arrojaban al agua. Yo los contemplaba deseando compartir su juego. Aún así continuaba concentrado en mi tarea, atento al pique, expectante… Minutos después ocurrió un hecho que no olvidaré jamás. Un par de chicos, bastante más grandes, detuvo sus miradas en los apacibles patos. Sin dudarlo, uno de ellos levantó una piedra y la arrojó a uno de los indefensos animales. La casualidad, o tal vez la puntería, quiso que el blanco fuera la hembra y de inmediato cayó desvanecida. La agresión logró que su corto cuello perdiera la fuerza, dejando su cabeza sumergida en el agua. Ambos quedamos paralizados. Creímos que la había matado. Con estupor, apoyamos las cañas en la arena y nos dispusimos a mirar la angustiante escena. El macho, sólo identificable por su tamaño, acusó el peligro emitiendo un grito áspero y elevándose en repentino vuelo, acudió a defenderla. Se ubicó pegado a la pata. Se puso en aparente tensión y con su pico tomó su cabeza sacándola del agua. Así permaneció.
Minutos antes, ambos, con su peculiar cantar proclamaban libres el derecho a su espacio; se comunicaban… tal vez previendo la inminente época de anidación. Disfrutaban de su hábitat sin saber que se constituían, para muchos, en deleite; para unos pocos, en objetivo de su crueldad. La correntada los llevaba hacia el cercano mar; para evitarlo, el macho intentó subirse sobre el lomo de la pata y así remar con sus miembros en sentido contrario. Abría sus alas como queriendo protegerla. A pesar de sus esfuerzos no pudo lograrlo. Cada vez que procuraba montarse se resbalaba y caía. Renunció a su lucha y ensayó una nueva estrategia; se ubicó enfrente de la hembra, apoyó su pecho al suyo y desafió la corriente. De esta forma arrastraba con sostenido esfuerzo a su pareja sin soltarle, en ningún momento, la inerte cabecita. Así fue aproximándose a la orilla, aquella que les pertenecía, la del puerto. Cercana a la casa que frecuentaban.
No podíamos dejar de mirar, anonadados ante la sublime actitud que presenciábamos. El pato con su carga avanzó unos pocos metros hasta que comprobó que muy cerca de allí continuaba el peligro; era mucho el ruido y el movimiento. Detuvo su andar, cambió de rumbo y manteniendo la pericia del empuje nadó con lentitud hacia la orilla donde nos encontrábamos. Cuando alcanzó la tierra soltó de su pico delicadamente la cabeza de la pata y al descubrir que continuaba inmóvil, comenzó a rondarla. Sin cesar… con ansiedad.. Surgió clara la voz del ave en la evanescente luz de ese día. Imaginé su grito como un mensaje de dolor. E instantes después el ave herida, liberada del riesgo de ahogarse, comenzó a reaccionar. Tambaleándose, pronto se puso de pie. Así juntos, quedaron contemplándose un momento. Cuando se repuso, la hembra no dudó en volver al agua; ahora, por sus propios medios. El pato la imitó. Se escuchó un canto sutil… un lenguaje sin palabras que los acompañó en el camino. El protector, desplegando su valor heroico se situaba a muy poca distancia de la pata, siempre delante de ella. Cuando se alejaba demasiado volvía a su encuentro, se ponía a la par y la esperaba. Una y otra vez. Una y otra vez. Sin prisa retornaron a su lugar habitual.
Comenzamos a juntar nuestras pertenencias y aún conmocionados, emprendimos el viaje de regreso”.

Escuché este relato hasta casi adolescente y repetí después, con igual fervor, a mis hijos.

Es parte de la historia de mi padre.

(*) Del volumen de cuentos “En el umbral de los encuentros” – Ediciones del Cedro – Gaiman – Chubut, 2002

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