HABÍA UNA VEZ…

 

 

Por Julia R. Chaktoura

 

 

 

 

 

 

Los quechuas dicen que contar cuentos sirve para matar al miedo

 

 

 

 

 

A partir de la última posguerra en adelante, comenzó a circular entre los padres la idea de que era perjudicial para los chicos contarles los cuentos tradicionales de ogros enormes, brujas que andan haciendo hechicerías diabólicas, lobos que se comen a caperucitas confiadas y demás engendros espantosos.

 

Abonaba esta teoría, el «descubrimiento» —por parte de los primeros profesionales dedicados a investigar la psicología infantil— de que los niños no eran tiernos e inocentes angelitos, sino seres humanos en constante crecimiento, dueños de una imaginación exuberante y dinámica, muchas veces violenta —y, si cuadra, hasta el límite del sadismo—, por lo cual no debía excitarse su morbo y sus fantasmas con cuentos irreales que los asustaran y agregaran leña al fuego interior que los exaltaba.

 

Cuidar la mente de los niños apartándolos de cuentos de hadas y monstruos y luego permitir que la vida real los apabulle con el abuso sexual infantil, la discriminación, el hambre, el abandono y las guerras, resulta de una hipocresía tan extraordinaria que movería a risa si no se tratara de un asunto absolutamente doloroso y cruel.

 

El prestigioso psicólogo e investigador de la infancia, Bruno Bettelheim*, sostiene que «Los cuentos tradicionales son indispensables para el desarrollo psíquico del niño.» Y obviamente no se refiere a los almibarados relatos que les hablan de mariposas y flores y de abuelitas amables que tienen guardados frascos llenos de golosinas para los nenes que se portan bien. Muy por el contrario, se refiere a los cuentos que muestran la realidad de la fantasía y dejan entrever las conductas inherentes a la condición humana, porque cualquier niño puede quedar expuesto a situaciones traumáticas sin estar preparado, previamente, para ello. Por eso, reafirma que los cuentos: «consuelan y dan seguridad y coraje. Y enseñan las cosas, aunque en términos simbólicos y aparentemente irreales, pero cuya profunda verdad psicológica el niño percibe por instinto. Cada cuento toca un problema universal humano diferente y da, para cada uno de ellos, la respuesta clave que el niño espera. Le enseña que los débiles pueden triunfar, no como tales (cosa que sería un falso moralismo demagógico), sino gracias a las capacidades de su mente, que lo harán a su vez tan fuertes como para superar, no sólo a los malos, sino también a los grandes: una seguridad de la cual el niño, que se siente débil, necesita dramáticamente».

 

Los adultos, continuamente tratan de aliviar los miedos y angustias infantiles diciendo: «no es nada», «ya pasó»… y sandeces por el estilo. Por el contrario, los cuentos se ponen a la altura del niño reconociendo que todo lo que le está ocurriendo al personaje (con el cual se identifican) —la soledad, el temor al abandono, el miedo al futuro— es verdaderamente «terrible», pero que sin embargo, puede eliminar esos obstáculos mediante su propio ingenio, a veces superando una serie de «pruebas» que deben pasar, pero también por recurrir a diversas ayudas (el hada, los animalitos del bosque, los amigos o el príncipe azul).

 

Los peligros están en la vida real, los cuentos antiguos no los ocultan nunca, a diferencia de ciertas inútiles y hasta insulsas adaptaciones modernas. ¿Y la crueldad, los sentimientos de odio? Los chicos también son crueles y alternan momentos de odio hacia sus padres y hermanos con momentos de amor intensísimo. ¿Y los ogros y los hechiceros malditos y los peligros que corren los personajes? Los niños saben que esos personajes no existen en la realidad, aunque advierten, sin embargo, que los peligros están en la vida. El cuento es para ellos, al mismo tiempo realista e irreal, porque el «Había una vez…» lo aleja de la posibilidad del presente y el «Y vivieron felices», marca la posibilidad de la solución positiva de los acontecimientos horribles.

Por tal motivo, Bruno Bettelheim insiste en remarcar lo siguiente:

“Desde un punto de vista adulto, y en términos de la ciencia moderna, las respuestas que ofrecen los cuentos de hadas están más cerca de lo fantástico que de lo real. De hecho, estas soluciones son tan incorrectas para muchos adultos -ajenos al modo en que el niño experimenta el mundo- que se niegan a revelar a sus hijos esa “falsa” información. Sin embargo, las explicaciones realistas son a menudo, incomprensibles para los niños, ya que éstos carecen del pensamiento abstracto necesario para captar su sentido. Los adultos están convencidos de que, al dar respuestas científicamente correctas, clarifican las cosas para el niño. Sin embargo, ocurre lo contrario: explicaciones semejantes confunden al pequeño, lo hacen sentirse abrumado e intelectualmente derrotado. Un niño sólo puede obtener seguridad si tiene la convicción de que comprende ahora lo que antes le contrariaba; pero nunca a partir de hechos que le supongan nuevas incertidumbres.”

 

¿Y las cuestiones sexuales? Los cuentos tradicionales las contienen a todas, desde la seducción (La Cenicienta) hasta el despertar de los sentidos (La Bella Durmiente), que tocan estos temas de manera tangencial como para que el niño no sea atraído morbosamente, pero sí de manera velada como para que pueda percibirlos gradualmente, en viaje al crecimiento interior que lo prepara para una real independencia, tanto física como afectiva.

 

Mucho antes de que existiera la escritura y, más tarde, los libros impresos, la narrativa oral se fue construyendo a través de los siglos de ese modo, precisamente por el resultado cada más afinado de esta interacción entre el adulto —que percibe los mecanismos adecuados para cada oyente— y el niño recreador que escucha. Los cuentos y leyendas de los pueblos originarios de todo el mundo contienen crueldades, discriminación y muerte, porque relatan, por medio de parábolas y fantasías, la creación del mundo, las acciones de los hombres y las estrategias de defensa que dan sustento a la supervivencia humana.

 

La importante educadora, ensayista y cultora de la literatura infantil contemporánea,

Fryda Schultz de Mantovani (1912-1978), afirma que: «Los cuentos nacieron orales y tendrán que seguir siéndolo, hasta que el goce intelectual, que no es otra cosa que descubrir que la palabra oída puede guardarse en un signo, la letra, haga que por sí mismo el niño busque los cuentos en el libro. Las leyendas, los sucedidos o cuentos de hadas, esos seres providenciales (e incombustibles, como se probó en el auto de fe del Quijote) siguen tan campantes. Es que toda esa literatura es semejante al rito de iniciación en ciertas costumbres ancestrales, no desprovistas de juicio. El aparentemente ingenuo cuento para niños, adulterado, modificado, casi adivinado el gusto de los oyentes, siempre estará a cargo del mayor, del que sabe más, del jefe o chamán de la tribu; en este caso, del padre o la madre. Y con ello, como dice el profesor Bettelheim, se supera el miedo, la necesidad de amparo, la pugnacidad del niño hacia quien todo lo prohíben, los animales son sus compañeros y el mundo entero le descubre sus enigmas. Si se me permite el caso personal, yo diría que mi educación comenzó de la mano de mi padre contándome cuentos de gigantes y de hadas, de monstruos y de ángeles guardianes.»


 

*Bruno Bettelheim,(1903-1990) uno de los más grandes psicólogos de la infancia, estudioso revolucionario del pensamiento y la praxis, nacido en Viena , sobreviviente de Dachau y de Buchenwald, fue el primero y el único que ha sabido curar a los niños «autísticos», rescatándolos de su gravísima neurosis por la cual se niegan a vivir, abandonando todo intercambio con el mundo exterior entregados a una existencia inerte y casi vegetal.

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