(Skavdvile, 1896 – Monte Solo, 1921) 


JULIO GERMÁN KOSLOWSKY (*)
Por Mónica Soave
…ahora viene el invierno y escasearán las comunicaciones;

así que Dios los guarde y proteja a todos.

Tu viejo padre y amigo.

Julio G. Koslowsky

(Última carta a su hijo)

Se pinta los labios frente al espejo del baño blanco. Se miran las dos hermanas, una al lado de la otra, frente al espejo, y se pintan despacito los labios de un color parecido al naranja, delineando el contorno, preguntándose para qué, en voz alta, para qué.

—Para parecer más lindas —dice una, riéndose.

—Para que nadie nos vea —dice la otra sombreando el labio superior en forma de corazón.

Afuera, pasan los carros por el camino de tierra

—Ya viene —dice una escondiendo el lápiz de labios y limpiándose la boca con un pañuelo. —Ya viene. Ayudame.

Así nace Julio, en una tarde nublada de clandestinidades y secretos entre mujeres, en Skavdvile, un pequeño pueblo de Lituania muy cerca del río Jura. Era el 15 de septiembre de 1866.

El niño Julio crece, pesca en el río, escucha a su padre, ve pasar los carros por la ventana de su casa, estudia. Su madre ya no juega a pintarse los labios y lo despide en el puerto, una mañana de 1896, con lágrimas. Tal vez ya sabe que nunca más lo volverá a encontrar.

Julio es un naturalista y llega a la Argentina para formar parte de la comisión de estudio de límites en el conflicto con Chile. Por eso, realiza varias exploraciones en la región patagónica y conoce a Francisco Moreno, con quien trabaja. También enseña Ciencias en el Museo Nacional de Buenos Aires.

Pero quiere irse. Quiere quedarse en el sur.

Una mañana, atisba a su mujer pintándose, a escondidas, los labios. Es bella su mujer. Tiene el pelo muy rubio y unos ojos acerados. Tiene, también, un embarazo incipiente y dos niñitas dándole vueltas alrededor y tironeándole del delantal. Mientras la mira, extraña, como siempre, el frío del sur, la sombra alargada de los árboles, la nieve, las desolaciones sin espejos.

Se relaciona con otras familias lituanas y, también, con otras de origen ruso y polaco, y todos juntos deciden fundar una colonia en la zona de Valle Huemules.

El 6 de mayo de 1898, llegan todos a las costas de Puerto Madryn en un transporte perteneciente a la Armada Nacional y, desde allí, viajan en tren hasta Trelew. Las desolaciones sin espejos comienzan a vislumbrarse hasta que la soledad y el frío y las tempestades se tornan desmedidas, cuando se internan en las mesetas peladas con sus carros y sus vagonetas y siguen la ruta indígena: hacia el Suroeste, a lo largo de los ríos Chico, Senguerr, Mayo y Guenguel.

Julio jamás recuerda al río Jura de su infancia porque tiene que juntar leña y cazar para comer, porque debe armar la carpa todas las noches, porque tiene que cuidar a sus pequeños hijos, tres ya, Boris es tan diminuto; y las chicas, tan frágiles. No, no quiere que ni su mujer ni ellos vean cómo los pumas destrozan a los pocos animales que llevan con ellos. No quiere que distingan los rastros de sangre en la nieve. No quiere que sientan el frío y el viento helado que se cuela por los resquicios de la tienda de lona en la que van viviendo. No quiere que tengan hambre, ni sed, ni necesidades, ni recuerdos. Sólo tienen que mirar para adelante, como él, como siempre lo ha hecho y les ha enseñado, para adelante.

El invierno de 1899 es aún más duro y más cruel. Las demás familias no tienen ninguna experiencia en el trabajo de la tierra ni en la cría de animales, pero entre todos han logrado terminar de construir sus viviendas —unas chozas de madera— y establecerse. Unos meses más tarde, una plaga de insectos anida en los troncos de las casas y comienzan a destruirlas desde dentro. Ya nadie lo soporta: el frío, el extremo aislamiento, el hambre, las continuas muertes, la carencia de futuro y de esperanzas. Se van las familias lituanas, y las rusas, y las polacas; se van a Colonia Sarmiento, al Valle inferior del río Chubut, al cañadón del río Mayo, a las riberas del río Senguerr; se van, una a una, para no volver jamás a Valle Huemules.

Pero la familia de Julio se queda hasta 1901, sin salir de allí. Sólo él viaja una vez por año a Trelew, y en ese tiempo, nace su último hijo, Juan, en el desamparo más pavoroso.

El 8 de septiembre de 1901, llegan todos a Buenos Aires. Julio comienza a trabajar en la Oficina Meteorológica y ya ha participado, con sus estudios y colaboraciones, en el fallo arbitral sobre la cuestión de límtes con Chile.

En el verano de 1910, vuelve a la Patagonia. No le gusta Buenos Aires. No soporta las calles atestadas, ni los festejos, ni los señores de levita y galera, ni las mujeres con peinados altos y vestidos anchos, ni la humedad.

En 1913, consigue la titularidad de las tierras que había ocupado —y que ocupa en ese momento— en Valle Huemules, por los servicios que ha prestado al país. Pero en 1914, vende esas tierras y compra una pequeña estancia en Monte Solo de los Halcones, muy cerca de la localidad de Lago Blanco. Le gustaría visitar Lituania, hacer un viaje allá y volver a ver a la poca familia que le ha quedado, pero estalla la primera guerra y le espanta el sueño del retorno para siempre.

Por eso vuelve a Buenos Aires, tal vez, para sentirse más cerca de los barcos que parten hacia Europa, o para castigarse y, a la vez, sufrir intensamente por ese castigo; o para extrañar el aire límpido de Lago Blanco o Valle Huemules. Lo cierto es que va perdiendo todo su dinero y todas sus pertenencias, y es entonces cuando vuelve definitivamente al sur, en el año 1921.

Su hija Catalina, la segunda, despide a toda la familia que parte nuevamente, sin lágrimas, ya está acostumbrada a tantas despedidas. Los otros hijos también irán volviendo poco a poco a Buenos Aires, y Julio quedará solo allá, redactando algunos artículos para la prensa, ordenando su vasta biblioteca, sacando fotografías, escribiendo cartas. En una de ellas, le pide a su hijo Juan una encomienda con revelador Rodinal AGFA, concentrado de Widemeyer.

El valle ya se ha limpiado por el fuerte viento, pero las barrancas y campos altos están blancos de nieve. Dios sabe qué invierno vamos a tener que afrontar. Ahora quedé solo con José. Las ovejas están bien, pero tendré que buscar las yeguas sobre la meseta del Chalía. Por ahí, nieva casi diariamente. No olvides hacerme comprar mi traje de corderoy en Gath & Chaves y mandármelo por correo. Ya no tengo qué ponerme.

La encomienda llega desde la ciudad el 22 de septiembre de 1923. Es una caja grande con reveladores fotográficos, unos pocos libros nuevos sobre ciencias, un estuche con bombones de chocolate y un traje de corderoy gris topo.

Julio muere al día siguiente, solo, en esa extrema soledad de un lugar que puede llamarse Monte Solo de los Halcones. En ese mismo momento, su hija Catalina se pinta, sin enterarse todavía de nada, los labios. Se los pinta de un rojo intenso, brillante, en su casa de Buenos Aires, despacito, delineando los bordes en forma de corazón, como si fuera un mapa, frente a un espejo.

NOTAS:

– El paso de Julio G. Koslowsky por la región fue fundamental para nuestro país. Con su exploración del territorio y, luego, con su presencia, obtuvo una importante franja de tierra para la Argentina en 1902.

– Entre 1896 y 1902, los integrantes de las comisiones para la demarcación de los límites con Chile denominaron Ruta Koslowsky a la huella que nacía en la cordillera de Los Andes y se extendía, en línea recta, hacia la costa de Rada Tilly (hoy Comodoro Rivadavia).

– Los valiosos trabajos que dejó escritos contribuyen al conocimiento de la fauna americana y desentrañan diversos aspectos etnológicos de tribus aborígenes del Brasil, Bolivia y la Patagonia.
(*) Del libro «180 Sur» (Biografías en Patagonia) – Ed. Umbrales – Buenos Aires – 2010

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