La misión (*)

 
Por Olga Starzak
 
-La semana que viene vas a Jerusalén –anunció sin preámbulos el jefe de redacción.
-¿Quién viaja? –pregunté.
-La primera dama y su hija.
Si bien era previsible, me costaba creer lo que estaba escuchando. Cubrir una nota de estas características era un verdadero regalo.

Llegué a Israel a las doce de la noche, según marcaba mi reloj. Pleno día para ellos. Me costó permanecer despierta; el desfasaje horario comenzó a notarse después del almuerzo. No podía perder tiempo; en esa misma jornada debía viajar desde el aeropuerto de Tel Aviv a Tierra Santa. Me había pasado el viaje leyendo sobre la historia y costumbres de este pueblo cautivante. El camarógrafo, un muchacho muy joven que me acompañaba, dijo: “Yo me alegré cuando me dijeron: a la casa del Señor iremos”. Lo miré sorprendida, sin saber muy bien si lo que mencionaba era en serio o me estaba embromando. De inmediato agregó:
-Salmo 122.
Y sonrío con cierta  ironía.
Recordé en ese momento que Alan no sólo era católico sino muy practicante. Seguramente estaba mucho más asesorado que yo para este trabajo.
Me percaté en ese instante del significado que este viaje tendría para mi colega; como persona de profunda fe sería  la oportunidad anhelada de reencontrarse con lo sagrado y lo trascendente. Para mí, en cambio, era sólo un viaje más. Interesante, sin lugar a dudas, por cuanto me daba la posibilidad de contactarme  con otros pueblos, otros horizontes geográficos y humanos; esto era en sí mismo una fuente de enriquecimiento. Pero no lo valoraba de otra manera. Toda mi vida me había sentido agnóstica.

Jerusalén era una ciudad espléndida, con muchos palacios y torres. Una ciudad eterna para la imaginación de cualquier artista. Sabía de los que la habían representado  como una aldea, pintando murallas y puertas que jamás habían visto; o de  los que la consagraron oriental, con casas de techos planos. En general, estaban presentes en toda pintura las palomas, los ciervos, las cabras, los gansos… en un ambiente pastoral por excelencia;  también sauces y muchas montañas profusamente arboladas.
Lo que tenía delante de mí superaba todo lo imaginado. Podía definir a Jerusalén como una ciudad de esperanza, luchas constantes, innumerables caminos…

Hicimos una visita previa al Muro de los Lamentos, único vestigio del templo de Jerusalén. Cientos de personas cobijadas en sus taled oraban sin cesar. Los hombres, a la izquierda, envueltos en sus velos; las mujeres a la derecha, vestidas de negro. Sus cabezas bajas, sus cuerpos casi encorvados, los brazos laxos, las miradas compenetradas. Un susurro permanente. Una paz desmesurada.
No era mi tarea observar el comportamiento de estos grupos humanos,  a quienes siendo cristianos, musulmanes o judíos los reunía un objetivo en común; sin embargo,  no podía dejar de mirarlos. ¿De dónde sacaban tanta fe? ¿Qué los llevaba a entregar sus vidas frente a esa pared destruida por la historia? ¿Qué dejaban entre sus grietas? ¿Qué encontraban en cada rincón de esta tierra?
No los comprendí, aunque sí los admiré.

Retornamos al hotel y nos dispusimos a informarnos sobre los horarios y actividades programadas para la señora del presidente de nuestro país y su única hija.
Nos encontraríamos para realizar una nota  horas antes de su visita al muro; una vez allí, únicamente estábamos autorizados a filmar y a sacar fotos.
En un primer momento pensé que una vez terminada mi tarea me quedaría descansando, mientras Alan y la fotógrafa cumplían con su misión.
Por alguna extraña razón decidí concurrir otra vez al lugar, simplemente en calidad de acompañante; justifiqué mi actitud en encontrar suficientes elementos para completar la nota que esa misma semana saldría en todas las revistas importantes de Buenos Aires.

Ingresaríamos poco antes que las protagonistas de nuestra tarea. Sólo las mujeres. Me adelanté siguiendo a un grupo que conversaban en perfecto inglés. Las observé en sus actitudes, me mantuve cerca. A un costado del muro, se arrodillaron sobre piedras muy parejas que parecían ubicadas para ese fin. En ese lugar mantenían silencio; sus manos en gesto de plegaria, cabizbajas… sus labios susurrando.
Me sentí tentada de imitarlas. También yo me arrodillé. No sabía rezar, pero cubrí mi rostro con las manos y así permanecí. Debo reconocer que me invadía una inmensa emoción aunque no podría explicar muy bien por qué. Supongo que se debía a tanta historia a mi alrededor, o tal vez a la profunda energía que emanaban todos esos seres juntos.
Alguien apoyó con mucha suavidad su mano en mi hombro y me sorprendí. Elevé la mirada y  observé a  una mujer joven. Su manto transparente  dejaba apreciar la palidez de su rostro, sus ojos muy claros, sus finísimos labios. Dijo algunas palabras. No le entendí, creo que hablaba hebreo. Le pregunté en inglés:
-¿En qué puedo ayudarla?
-Soy yo quien va a ayudarte –me contestó, también en inglés.
No comprendí lo que ese mensaje quería significar. Sin embargo,  le tendí mi mano tal como con su ademán lo pedía. Puso en ella un objeto y la cubrió con la izquierda, ocultando lo depositado. Permaneció así un momento y luego agregó:
-Esta cruz te acompañará. Conocerás el universo del Señor y sólo así  entregarás tu corazón. Cuando lo hayas logrado te despojarás de ella, dándole la oportunidad de conservarla a quien la necesite.
Cerró con ambas manos mi puño y dijo:
-Cuídala como un tesoro, pues lo es.
-¿Qué debo hacer? –pregunté confundida. No soy yo quien debe tenerla…
-¿No?…, no lo creas. Su voz era tan suave como bondadosa.
-¿Cómo sabré cuándo debo entregarla? ¿A quién debo dársela? –consulté intrigada.
-Lo sabrás… lo sabrás, no te preocupes. La llevarás contigo hasta el momento adecuado.
Con lentitud elevó su cuerpo semi agachado, acarició mi cabeza con ternura y se perdió entre la multitud. Quise correr detrás de ella pero mis piernas no me respondieron.
Abrí mi puño, aún cerrado con fuerza  y contemplé la cruz. Tenía un resplandor particular, demasiado para ser de oro. Los cuatro extremos estaban rematados con piedras preciosas, muy brillantes; en el centro, una de mayor tamaño. Sus bordes eran artesanalmente redondeados y su tamaño hecho a la medida del hueco de la palma. Me extrañó  su fina textura, mucho más su calidez; parecía irradiar un tenue calor.
Cuando pude abstraerme de la curiosa sensación que me había dejado el episodio, retomé mi tarea y me dirigí hacia el lugar en que, con mis colegas, habíamos quedado en encontrarnos.
Horas más tarde reparé en que la cruz continuaba apretada en mi mano.
Con nadie compartí la experiencia vivida en el Muro. Cuando llegué al hotel me dispuse a guardarla en la maleta; sin embargo,  tuve temor de que se perdiera y la conservé en mi bolso de mano.
¿Quién era aquella mujer? ¿Qué intentaba decirme? ¿Por qué a mí? Eran preguntas que acudían a mi mente una y otra vez.

Retornamos a la Argentina un par de días después. El coordinador de nuestra tarea estaba más que satisfecho con nuestra producción.
En una oportunidad me llamó a su despacho y me comentó:
-Me tenés  sorprendido. Nunca imaginé que Jerusalén significara tanto para vos. Es más, siempre creí que tu vida nada tenía que ver con lo religioso.
-No sé por qué me lo decís, pero no te equivocás –le respondí.
-Por favor Laura, nadie que no conozca profundamente los preceptos bíblicos y los comparta, puede escribir lo  registrado en tu impresionante nota. En verdad, quiero felicitarte.
-Te agradezco mucho –contesté, sólo por cortesía.

Cada noche, en la soledad de mi cuarto, contemplaba  la cruz que me había sido adjudicada. Me invadía una inmensurable tranquilidad, tanta que me asustaba.
Desde niña  que no tenía una Biblia entre mis manos. Recordé un ejemplar guardado en la biblioteca. Fui en su búsqueda, lo abrí al azar y leí: “El Eterno edifica a Jerusalén. A los desterrados de Israel reunirá”. No sin desconcierto comprobé que estas mismas palabras las había leído en un panel de la Ciudad que ampara, por detrás, al Muro de los Lamentos.
Esa noche me dormí con la Biblia entre mis manos y la cruz apoyada en mi pecho.
Con frecuencia soñaba con sinagogas, con imponentes murallas y cúpulas redondas y rojas. En ocasiones, esas sinagogas eran vilmente destruidas y sus ruinas eran las ruinas que, sin techos ni ventanas, sufriendo saqueos y destrucciones, subsistían hoy y que yo misma había visto en el viaje que había trastocado mi existencia.
El objeto precioso que ahora me pertenecía me acompañaba siempre. De noche lo dejaba, como velando mis sueños, apoyado en la mesa de luz. Por la mañana, una inminente necesidad aparecía y tomaba la cruz para llevarla donde quiera que  fuese.

Comencé, sin darme cuenta, a caminar por la vida con una mirada diferente. A contemplar el paisaje que la naturaleza me ofrecía. Me detuve a vivir y me alegré por estar viva.

Casi un año más tarde, una noche de plena primavera regresé a mi casa al amanecer,  después de una fiesta  realizada en la editorial con motivo de un nuevo aniversario. En una esquina, como tantas veces,  detuve la marcha de mi vehículo esperando la luz verde del semáforo. Como tantas veces el muchachito de ojos negros y mirada triste comenzó a limpiar el vidrio. Como tantas veces le sonreí. Cuando se acercó a acomodar el limpiaparabrisas de mi lado, atento al instante de estirar su brazo para recibir la recompensa,  tomé su mano. Busqué en mi bolso, con prisa y sin pensarlo, el objeto tan preciado  y lo deposité en su palma. Apurada por la bocina que sonaba detrás, alcancé a decirle:
-Esta cruz te acompañará. Cuidala como un tesoro, pues lo es.

Antes de continuar mi marcha y aún percibiendo el desconcierto en el rostro del niño, pude intuir que pronto comprendería.

(*) De “En el Umbral de los Encuentros” – Ediciones Del Cedro – Gaiman, 2002

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