GRETA GARBO, BLASCO IBÁÑEZ Y LA PATAGONIA


Por Jorge Eduardo Lenard Vives

Greta Garbo, una de las divas del cine tanto mudo como sonoro, no necesita presentación. Tampoco Vicente Blasco Ibáñez, reconocido y prolífico novelista de la primera mitad del siglo XX. Como es sabido, Literatura y Cine van de la mano. Fue así que Hollywood reunió por primera vez a la actriz y al escritor en 1926; cuando Monta Bell dirigió a Garbo en “The Torrent”, adaptación de la obra “Entre naranjos” del autor español. Su argumento giraba en torno al ambiente rural de la ibérica Valencia. Ese mismo año la industria cinematográfica los juntó de nuevo; y esta vez el guión tenía como tema la Patagonia.

“The temptress” se basó en la novela de Blasco Ibañez “La tierra de todos”, título con el cual la película fue conocida por el público de habla hispana. Dirigida inicialmente por Mauritz Stiller, fue finalizada por Fred Niblo. La cinta, sin sonido, incluía en su reparto a Antonio Moreno, Lionel Barrymore y Roy D´Arcy, interpretando los principales personajes masculinos.

El filme cuenta la historia de la hermosa Elena, “femme fatale” que siguiendo a su marido el Marqués de Torrebianca, prófugo de una quiebra dolosa en París, y a su amigo el ingeniero Robledo, arriba a la Argentina. Precisamente, al Alto Valle del Río Negro. Allí su belleza cautivadora provoca diversas vicisitudes que llevan a un dramático final. Vuelta Elena a Europa, Robledo la reencuentra varios años después en la capital de Francia donde se inició la historia; ya marchito su encanto y viviendo en la pobreza.

La película parecería merecer el galardón de ser el primer film sobre un libro ambientado en la Patagonia. La obra en la cual se basa es un típico novelón que incluye una clásica persecución a caballo en pos del bandido “Manos Duras”; raptor de Flor del Río Negro, la querida hija del estanciero don Agustín. Publicada en 1922, intervienen en su trama muchos y variados personajes, como el francés Canterac, el italiano Pirovani, el andaluz González, apodado “Gallego”, el norteamericano Watson, el criollo Moreno; habitantes todos del campamento agrupado en torno a la presa que Robledo intenta construir sobre el río Negro, para abastecer los canales que van a permitir regar el valle y hacerlo productivo. Tras la figura de Elena y su influencia sobre los pobladores del rústico sitio, aparece, como telón de fondo, la dura vida en la región y el papel de la inmigración europea en la Argentina de principios del siglo XX.

Pero, más allá del argumento, lo destacable de la novela es la presencia de varios temas patagónicos. Uno de ellos es el mito del prehistórico saurio morador de los lagos cordilleranos: “Entre los escasos habitantes acampados al pie de la Cordillera se heredaba la convicción de que existen aún en ciertos lugares del desierto patagónico bestias enormes y de formas nunca vistas, últimos vestigios de la fauna que surgió al principiar la vida en el planeta. Algunos juraban sinceramente haber visto de muy lejos al plesiosaurio hundiéndose en el muerto cristal de los lagos andinos ó pastando en la vegetación de sus riberas”.

Otro es la exploración del río Negro por el Alférez Villarino: “Sólo los que conocemos la corriente de este río podemos comprender lo que representó aquella expedición, curso arriba y con buques de vela. (…) Buscaban el mar que los indios aseguraban haber visto con sus ojos, y efectivamente, al final del Limay, continuación del río Negro, se desemboca en un mar que es simplemente el lago Nahuel Huapi…”

Pinta también el verano austral: “Aquí reinaba el verano, un verano patagónico, violento y ardoroso, sobre una tierra que rara vez conoce las lluvias y en la cual todas las estaciones son extremadas, descendiendo el termómetro durante el invierno muchas unidades por debajo de cero. La tierra yerma parecía temblar bajo el sol.”

Pero además agrega muchos otros detalles: la mención al Gualicho, “el terrible demonio de la Pampa”, “el diablo pampero, maligno y enredador”; la referencia a varios lugares de la zona, como Choele Choel, El Bolsón, Neuquen; la descripción precisa de una marcha en la desértica meseta, “una llanura siempre inmensa, siempre igual”…

¿Cómo pudo escribir el célebre autor de “Los cuatro jinetes del Apocalipsis”, con tanto detalle, una obra ambientada en nuestro sur? Porque vivió aquí. En 1910, Blasco Ibáñez dejó España con rumbo a la Argentina. Preso de un arrebato fisiócrata, al estilo de Bouvard y Pécuchet, encaró un emprendimiento rural en Corrientes llamado Nueva Valencia. Aunque el pueblo permaneció, la empresa se malogró desde el punto de vista económico. No se arredró; poco después volvió a intentarlo… en la Patagonia. Se dirigió – como Robledo – al Alto Valle del Río Negro; y allí organizó un establecimiento agrícola, cuyo nombre recuerda su interés por lo literario. Volvió a fracasar como colono. Pero de su paso por la Patagonia dejó un pueblo, Cervantes, que lo reconoce como su fundador; y un libro. Que no es poco.

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