La ciudad de enfrente (*)

Juan Bautista Vallés

Muchas noches me llama la atención la silueta de esos edificios tan iluminados. Se combinan amarillos y blancos con ese negro de atrás tan resaltado.
Edificios altos, encolumnados. Creo entrever las calles que imagino amplias y tan bien atendidas por esas luces artificiales.
Quiero saber qué ocurre en esa ciudad de enfrente a la nuestra, separada por ese mar que es azul en nuestra costa y se me ocurre igual en la opuesta. El mar es igual en todas partes, se me viene a la mente. Aunque no conozco otras partes, pues mi mundo es esta casa.
Qué dramas y alegrías tendrán los hijos y los padres de más allá del mar, similares quizá a los nuestros. Si son hombres, me digo, serán más o menos los mismos problemas. A veces me siento en un sillón ubicado frente al ancho ventanal, donde aprecio toda la grandiosidad de esa ciudad desconocida, y me dejo llevar por mis pensamientos. Hasta se me ocurre imaginar otro ser igual a mí, de mi mismo sexo, edad, color de cabello, sentado en un sillón y mirándome. No lo sabemos. Un nacimiento y una muerte sabida pero disimulada. ¿Hijos?
¿Amores?
Un universo de agua y seres invisibles nos separan  o puede ser que nos unan.
Sé que es la misma luna, la oscuridad de la noche y estrellas descubiertas de nubes.
Dejo que mi mundo interior se recree en hechos imaginarios que ocurren allá, entre aquellas luces
Hombres que vuelven cansados del diario trajín, con caras cansadas al que aún esperan las noticias de la televisión. Las uñas delatan cada oficio y los lugares donde se fatigan.
Niños, en mesas de cocina, ansiosos por recibir los platos de la cena, apuran sus deberes escolares, atrasados por los juegos de la tarde.
Mujeres que esperan recibir a sus maridos y mujeres que tienen que esperar sus llegadas.
En otras circunstancias imagino la ciudad de la alegría, del desenfreno, de ese dejar estar propio de las urbes vistas en noticieros de televisión o propagandas de vacaciones prefabricadas. Entreveo el ruido de calles súper transitadas por peatones de relajado andar.
Automóviles encerados y con rostros pegados a las ventanillas, buscando otros rostros.
También creo ver sonrisas eternas por estar pensadas.
Rimel y rouge y sombras de color. Perfumes tan costosos como penetrantes.
Vestidos caros, joyas iridiscentes; trajes de hombres con moñitos armados. Zapatos lustrados, casi siempre nuevos.
No pareciera haber dolor en esa ciudad que me parece entonces la ciudad de Dios que quería San Agustín. Todo paz, sin conflictos ni dolores, sin desasosiegos… Sin penas.
Quizá todo sea cierto y ocurra cada cosa simultáneamente, en un aparente caos para unos y pensado orden para otros.
De día no la veo porque las tareas me abruman.
Quizás de día no existe, porque allí, por lo que veo, siempre es de noche.
Hoy ha sido un día terrible.
Mejor diré una terrible noche.
Se ha roto el vidrio del ventanal.
Ya no está más la ciudad de enfrente.

(*) De “Del largo camino de la memoria”

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