RECUERDOS DE OTROS DÍAS
 
 
 
Por Gwen Adeline Griffiths de Vives (*)
 
 
De pie junto a la ventana de la sala contemplo otro atardecer en el valle. El crepúsculo entinta con mil colores los nubarrones que extinguen lentamente la moribunda claridad del día mientras estampadas en la negra caverna del cielo aparecen las constelaciones.
Los recuerdos convocados por mi memoria acuden pausadamente; decenas de imágenes me asedian y percibo los ecos de voces extraviadas en el pasado, cuando el tiempo aún no manifestaba deseos de huir y los años futuros eran sólo un rumor absurdo.
En las frías mañanas de invierno permanecía en ese refugio tibio que era 1a cama, atenta al llamado de mi madre, preparada para levantarme y marchar a la escuela. La oscuridad todavía ocupaba el adormecido pueblo y la escarcha golpeaba los cristales de las ventanas en procura de un resquicio para introducir en la casa un trozo de invierno. Pero pronto todo se animaba y los familiares sonidos del trajinar de tazas y cucharas traspasaban las puertas y llenaban los rincones, mientras el humo escapado del recién encendido hogar desperezaba su despertar en el inmóvil aire de la mañana huyendo a través de los vacíos ojos de piedra de la chimenea. «Chicos a levantarse»; y comenzaba el acostumbrado ritual cotidiano, tomar el desayuno, buscar los cuadernos y los libros, terminar de vestirse, una bufanda al cuello y salir al mundo exterior y encaminarse hacia la escuela, casi siempre corriendo porque ya era tarde, mientras de nuestras bocas brotaban diminutos ríos de niebla.
El viejo edificio de paredes sin revocar acogía resignado la turbulenta tribu infantil cuya algarabía inicial era contenida por las maestras después de mucho sisear y prorrumpir en voces de mando hasta lograr, triunfantes al fin, encauzarnos hacia las distintas aulas.
Para nuestro cándido parecer el invierno era «algo» importante. Algunas veces el río desbordaba y entonces todos íbamos a contemplar cómo sus fangosas aguas de un apagado rojez convertían a nuestra capilla en una inabordable isla defendida a duras penas por unos inseguros terraplenes esforzándose en mantener alejada la creciente.
Esos días de inundación ponían en actividad a casi todo el pueblo y los vecinos accedían a la «costa» del río para construir «bancos», trabajando con palas y carretillas, mientras discutían solemnemente sobre la altura que alcanzarían finalmente las aguas y si eran «del río Chico o de la cordillera». Grupos de hombres vigilaban de día y de noche los terraplenes de defensa hasta que – al fin- comenzaba a pasar la creciente y entonces todos se tranquilizaban y retornaban a sus habituales quehaceres
Durante el invierno eran muchos los días en los cuales la casa representaba el más cómodo de los asilos, mientras el frío y la lluvia y el viento que arreciaba jadeante eran los señores del mundo exterior. Acurrucada en un sillón estratégicamente colocado cerca del fuego del hogar, emboscada detrás de una montaña de revistas infantiles oía con placer tamborilear las gotas de lluvia sobre las chapas de zinc del techo de la sala. A veces miraba por la ventana la cúpula plomiza del cielo que aplastaba ese paisaje de lomas y árboles y de casas y descubrir cómo la lluvia trazaba sus húmedos senderos deslizándose sobre los cristales. Más tarde las matas recién enjuagadas por los chaparrones parecían avivar sus grises colores bajo la pálida luminosidad del sol invernal que mostraba entre las nubes su disco amarillo.
En el verano alguna visita de nuestra familia nos llevaba en su coche de caballo a pasear por las largas y rectas calles de las chacras extendidas hacia el horizonte, distancias infinitas para nuestros infantiles ojos. Salíamos por Gaiman Nuevo y al cabo de un rato, durante el cual el carro se había metamorfoseado sucesivamente en distintos mágicos vehículos según nos dictaba nuestra imaginación, ingresábamos por la otra punta del pueblo saludando a los vecinos. Como siempre, con esa permanente capacidad para la sorpresa que tiene la niñez, nos habían maravillado la noria del canal con su promesa de movimiento perpetuo, la súbita irrupción de una liebre que cruzaba veloz el camino y cualquier otra menudencia, inesperada o no, que agregaba novedades al paseo.
Un día de cumpleaños, no recuerdo cuál, mi padre me regaló una bicicleta. Desde ese momento mis compañeros de juego me convirtieron en la más asediada niña del barrio. Poseer una bicicleta componía el más ambicioso deseo de cualquier chiquillo del pueblo. La natural desconfianza familiar hizo que durante mucho tiempo mi más audaz y arriesgado itinerario sólo llegase hasta la cercana esquina. Después, sosegados los míos por las pruebas de habilidad demostradas al conducirla consintieron en metas más distantes.
Los recuerdos estallan ahora como relámpagos. La blanca filigrana de la espuma sobre la arenosa playa. El sordo resollar del trencito al entrar en el túnel. El rudo perfume de la jarilla después de la lluvia. Los sauces de la plaza espejándose en las aguas de la «zanja». El damero del valle visto desde la loma. Pero el tiempo ha pasado y el viento sopló la arena de antiguos relojes. Las últimas luces tornan en deslavados añiles las remotas colinas. Agoniza la tarde entre el susurro del batir de alas y piar de pájaros regresando a sus nidos. A lo lejos ladra un perro. Una ventana se ilumina en una casa.
(*) Escritora chubutense.
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