ANTONIO DAL MASETTO
El azar nos brindó la ocasión de encontrarlo días atrás en una confitería de la avenida Las Heras. Cordial, receptivo, al conocer nuestro origen patagónico evocó de inmediato sus tiempos de residencia en Bariloche como «unos años duros», aunque su voz delataba un inequívoco tono afectuoso. También recordó con cariño a Madryn, a la fusión del mar y la meseta -esos espacios infinitos- y a los encuentros de escritores que alguna vez lo tuvieron como prestigioso jurado. Hablar con Antonio Dal Masetto nos conecta inevitablemente con sus vivencias de viajero incansable por la vida, un largo periplo que inauguró su primera singladura a través del Atlántico a muy temprana edad, cuando un barco lo depositó en nuestras orillas rioplatenses para cumplir con su destino sudamericano. Luego vinieron otras estaciones, y en cada una de ellas, la determinación de afrontar las peripecias de cada nuevo sitio como un desafío a vencer, con esa inmanente lozanía espiritual que hoy sigue anidando, intacta, en el brillo de su mirada franca y potente. Tiene, como no podía ser de otro modo, la sencillez y la generosidad propia de los grandes hombres, a los que la conciencia del propio talento nunca los enceguece. Ya se ha ganado para siempre un espacio de privilegio en el canon literario argentino; así y todo, su pluma no descansa. Habla como escribe: de manera clara, precisa, contundente. He aquí sus respuestas a Literasur.
– Antonio, su primera migración fue muy temprana, a los 12 años, cuando llegó de Italia para radicarse en Salto. Luego le tocó vivir en otros puntos del país muy diferentes entre sí, como Bariloche o Buenos Aires. ¿En qué medida influyen en su inspiración literaria los impactos emocionales vinculados al cambio, la adaptación y el desarraigo?

 Creo que una influencia fundamental. Estamos hechos de aquello que nos toca vivir. Ser transplantado a la edad de doce años de un continente a otro inevitablemente dejó su marca. Ahí debí comenzar a entender que cualquier sitio al que uno se traslade para radicarse —ya se encuentre al cabo de un viaje largo, mediano o corto— es un lugar a conquistar. Y en esta lucha, en este intento de alianza con el mundo que lo rodea en las diferentes oportunidades, también puede aparecer la escritura. Y con la escritura la manifestación de las dos o tres obsesiones originadas con seguridad allá en los orígenes, en los comienzos de todo, presentes luego en los libros publicados, con distintos rostros cada vez, pero en esencia las mismas, en fin, que uno anda mordisqueando siempre el mismo hueso, obstinado en la misma búsqueda, detrás de una respuesta que nunca llegará, pero cuya necesidad lo mantiene vivo y en camino.

-Antes de consagrarse como escritor le tocó en suerte ejercer muy diversos oficios. ¿Cuándo sintió la certeza de que la literatura estaba destinada a convertirse en algo central en su vida?

 Probablemente esa certeza se instaló mucho antes de que yo me enterara. Puedo decir que los libros, la lectura,  siempre estuvieron presentes, desde la infancia, libros de aventuras, en especial Emilio Salgari, la imaginación voló muy alto en esa época, con aquellas historias de piratas y tantos personajes fantásticos. Después, al llegar a América y radicarnos en Salto, estuvo la biblioteca del pueblo y la posibilidad de acceder a otra clase de literatura y el descubrimiento de que una de las funciones o virtudes de los libros era combatir la soledad. Y es probable que en esa etapa inicial, a los trece, los catorce, desde alguno de esos autores desconocidos,  elegidos al azar en aquellas estanterías, me haya llegado la idea de que también yo tenía cosas para contar y quizá pudiese hacerlo.

– ¿Cuál es su rutina para la escritura? ¿Se considera metódico o más bien discontinuo?

 Intento ser metódico, especialmente cuando estoy embarcado en la escritura de un libro. Un buen horario para trabajar es la mañana: la mente fresca y el cuerpo descansado. Aunque hubo una época que había elegido la noche, desde medianoche hasta el amanecer. En ese horario nadie molesta, nadie llama, y las horas nocturnas parecen interminables y esta sensación es placentera y lo hace sentir a uno cómodo y fuerte y con todo el tiempo del mundo por delante. De cualquier manera, de mañana o de noche, lo que importa es imponerse una rutina, una disciplina, y esforzarse por respetarla. No siempre es fácil, a veces las ideas no aparecen, a veces el cuerpo se resiste a permanecer sentado frente a la máquina de escribir o la computadora, puede que el día esté hermoso allá afuera y uno quisiera abandonar e irse a caminar, pero hay que seguir ahí, forzar el trabajo, atacar por diferentes costados, y finalmente algo siempre aparece, algo siempre queda. Ese es otro de los aprendizajes tempranos: las ideas vienen cuando se está trabajando, cuando se insiste. Parecería que todo el secreto consiste en sentarse y permanecer sentado. Nunca hay que decir: no puedo. Uno no debe hacerlo porque corre el riesgo de creérselo.

 – ¿Le da mucha importancia a la corrección? ¿Considera que es necesario dar a leer el texto a alguna persona de confianza antes de publicarlo?

 Hasta entregar el material a la editorial no paro de corregir. Me leo en voz alta, presto especial atención a la voz. Y puesto que la prosa es música, si en la lectura aparece un tropiezo, un escollo que entorpezca su deslizamiento, es señal que algo está fallando.  Entonces me detengo y busco, quito, agrego, reemplazo, vuelvo a leer y así hasta que regresa la musicalidad.
No está mal dar a leer un texto a alguien de confianza antes de publicar.  Lo he hecho, siempre con algún escritor amigo, y las observaciones que recibí, en un buen porcentaje, me han sido útiles. Pero opino que no se debe dar a leer el material antes de considerarlo terminado y corregido a fondo por uno mismo. Pueden ocurrir dos cosas y ambas no son buenas.  Una es el elogio de ese material no acabado. Eso podría atentar contra la propia exigencia, es fácil ceder a los elogios. Y también puede llegarnos una opinión adversa, y encontrarlo a uno mal parado, a medio camino, y desanimarlo.

 – Hasta hoy, la Patagonia no le ha dado a la literatura escritores reconocidos a nivel nacional ni  internacional, como sí ocurre con otras zonas del país. ¿Cree usted que esto puede tener alguna relación con algún factor o característica propios de nuestra región?

 Absolutamente no.

  Nuestro blog está frecuentado por lectores que gustan de los autores y la temática patagónica, pero también por otros que buscan expresiones de la Literatura en general. ¿Qué pensamiento quisiera hacerle llegar a todos ellos?
 Que dentro de nuestras posibilidades debemos difundir la buena literatura entre los jóvenes, entre los chicos.
 
C.D.F.
Antonio Dal Masetto nació en Intra, Italia, en 1938, de padres campesinos, Narciso y María. Después de la Segunda Guerra, en 1950, emigró a la Argentina. Se radicó en Salto con su familia y aprendió el castellano leyendo libros que elegía al azar en la biblioteca del pueblo. «Sufrí mucho con el traslado. Me sentía un marciano en el mundo», dice Dal Masetto de sus comienzos en el nuevo país. El tema de la inmigración está presente en sus libros, como en las novelas Oscuramente fuerte es la vida y La tierra incomparable. A los 18 años llegó a Buenos Aires. En sus comienzos fue albañil, pintor, heladero, vendedor ambulante de artículos del hogar, empleado público, periodista y, desde los 43 años, escritor. En 1964 publicó su primer libro de cuentos, que mereció una mención en el Premio Casa de las Américas. Recibió dos veces el Segundo Premio Municipal —por Fuego a discreción y Ni perros ni gatos— y el Primer Premio Municipal por la novela Oscuramente fuerte es la vida. Su libro Siempre es difícil volver a casa fue traducido al francés y llevado al cine por Jorge Polaco. Su novela La tierra incomparable, recibió el Premio Planeta Biblioteca del Sur 1994. Es un asiduo colaborador del periódico Página/12 de Buenos Aires. (Fuente: www.literatura.org)
 
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