Esclavo por herencia


Por Olga Starzak 





Bajé la cabeza  y una vez más accedí; como lo venía haciendo desde que mi cuerpo había adquirido la suficiente fuerza para sostener sobre mis espaldas las cargas impuestas, o soportar el ardiente sol de Senegal mientras me sometían a las más arduas tareas rurales,  cumpliendo la función del arado, la del buey. 
Era esclavo por herencia. Lo habían sido mis padres y lo eran todos mis hermanos. A los catorce años, al tomar conciencia de mi condición, decidí que no lo serían mis hijos. Y cada vez que la impotencia azogaba mi sangre, el dolor  mis huesos y la invalidez  mi alma, aumentaba el afán de huir, de vivir una vida que –como en una película- veía disfrutar en los otros; a los que vaya a saber por qué razones del destino se les había  dispensado la gracia divina de conocer la libertad.
Con Atheer había tenido la bendición de aprender a leer, de saber en qué lugar del universo se ubicaba el país que me condenaba, cuáles eran las aguas que podían convertirse en mi salvación.
Él era el menor de los ocho hijos de la familia a la que servíamos; tenía mi misma edad y un sentimiento diferente al de esos hombres y mujeres que espontánea y deliberadamente se apropiaban de nosotros, con el mismo ímpetu y el mismo fervor de los bebés aferrándose al pecho de la madre, en busca de saciar sus más básicas necesidades. 
En las horas  de calma, cuando la mayoría de las personas se entregaba al descanso en sus camas de lujo, entre sábanas de seda y paredes recién pintadas, Atheer golpeaba la puerta de mi cuarto. Nos reuníamos en la costa del río. Llevaba siempre en su bolsa hojas y lápices, libros y láminas; y un pequeño ejemplar del Corán que rezábamos al comenzar y al terminar el encuentro, rogando por no ser descubiertos. En ese caso mi vida se esfumaría, él sería severamente castigado.
Nunca dejaré de agradecerle al muchacho el riesgo que corría, la actitud desprovista de diferencias y su persistente deseo de compartir los  conocimientos que, a diario, iba aprendiendo en la escuela.

Cuando llegó el momento de emprender la partida, sin saber muy bien siquiera hacia  adonde iría, me despedí de los míos con un apresurado abrazo. Era consciente de que las probabilidades de volver a vernos, eran escasas. Le prometí a mi hermana más joven que apenas tuviese un lugar seguro donde morar, encontraría la manera de rescatarla.

Y en una noche cerrada de pleno invierno caminé sin descanso por tierras nunca pisadas; en pocos días y a juzgar por mi intuición más que por mis conocimientos,  me acercaría a la orilla del río, único sitio que podía resultar un aliado. Siempre que encontrara a alguien que, ignorando mi condición, me acercara a la costa. Siempre que antes no cayera otra vez en las redes que apresaban mi vida. 

No podría precisar cuántos días  anduve perdido  entre campos desérticos, otras veces guiado por las señales naturales,  pero siempre abrigando la fe. En noches de desasosiego, cuando el sueño vencía  la esperanza de ver pronto  las aguas del río, las pesadillas más atroces me devolvían al estado de vigilia. Era entonces cuando pensaba, exhausto, que mi actitud estaría siendo pagada por mi familia, en manos embravecidas de hombres que no aceptarían la traición y descargarían su furia sobre mis hermanos o sobre mis padres que -ateridos de miedo por  mi suerte-  entregarían una vez más sus cuerpos  como ofrendas  a la ofensa. Podía imaginar esos minutos de agonía, de gritos acallados y sangre exacerbada regando sus piernas, sus pies; regando la misma tierra que después  serían obligados a nutrir con el estiércol de animales.
Eran los momentos en los que se acrecentaba mi odio y se enardecía mi espíritu de libertad. Era también cuando las culpas me agobiaban y pensaba en el retorno. Pero siempre la voz de Atheer me devolvía la ilusión y dominaba cualquier impulso de debilidad.

La arena moja mis pies. Tres o cuatro embarcaciones están ancladas en la costa. Son hombres de piel dorada y rostros marcados por los rayos de tanto sol. Son hombres que, perplejos, observan mi humanidad como quien observa un animal nunca visto.
Me acerco tembloroso con la ilusión que la caridad -aquella que presumían los  hombres a través de las escrituras bíblicas-  sea su fortuna. Encomiendo, con plegarias, mi destino a ese Dios del que tanto escuchaba hablar. 

Mientras soy enlazado con cuerdas por la cintura y un hombre anuda por detrás mis muñecas, observo  impávido  cómo otro  baja   su mano armada con una pequeña hacha  sobre mis pies descalzos.
Es el instante en el que alzo mi mirada y reparo en  la presencia de Atheer. 
Gruesas lágrimas anegan su rostro.


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