BALLENA (*)
 
 
Por Antonio Dal Masetto
 
Al cabo de los kilómetros de desierto patagónico, la bajada a la playa entre los acantilados y luego la embarcación avanzando en las aguas del golfo, allá estaba la ballena, emergiendo apenas, una mancha oscura y quieta en la superficie verde. Y a medida que muy lentamente nos acercábamos y crecía la expectativa, pudimos ver, detrás de ella, protegido, el ballenato. Después estuvimos todavía más cerca y en nosotros, los intrusos, había una mansa agitación sin voces, hasta que por fin, rota la tensión y el mutismo reverente por esa irrupción en un dominio ajeno, todo el mundo comenzó a moverse, buscando una buena ubicación contra la borda y en las escalerillas para disparar sus cámaras, llamando a la ballena, poniéndole nombres familiares y afectuosos, hablándole sin parar, poseídos por una demencia infantil, entusiasta y generosa, un sentimiento nuevo ante la proximidad de esa presencia colosal, una visión que enriquecía y que mientras durara redimía de muchas miserias. La ballena era un gran corazón latiendo en el golfo del sur, un corazón benévolo, irradiando mensajes de serenidad, para nosotros, los que veníamos de pueblos remotos, de ciudades, los hijos despreciativos e intolerantes de una civilización amasada a golpes de furia y de odio. Y alrededor, en la paz del cielo y del mar, algo nos hablaba, nos invitaba a grabar en la memoria esa experiencia, el lugar, la circunstancia, la conciencia de vivir ese momento, la posibilidad de apresarlo en su fugaz grandiosidad. Y entonces la cabeza de la ballena emergió del agua y su ojo me miró, me miró directamente a mí, estuve seguro que a mí, y en ese ojo había piedad, y supe que esa mirada seguiría conmigo,  que en los días futuros me estaría esperando en los recodos de otros  caminos, cuando me encontrara muy lejos de la luz y el espacio y el silencio de un mediodía de un mes de octubre bajo el cielo del sur. Y después la ballena se hundió con su ballenato y pasó paralela a la embarcación, ahí nomás, apenas unos metros bajo la superficie, y tuvimos una percepción todavía más clara de su dimensión, la ballena se iba, su sombra se perdía en la profundidad, nos abandonaba, y en la lancha de nuevo se elevó un coro de exclamaciones, ahora entre asombradas y desencantadas. Y yo también solté mi grito, aunque nadie hubiese podido oírlo, porque el mío fue un grito callado, retumbaba dentro de mi cabeza y decía «ahora, ahora, hay que saltar ahora, vamos, saltá, unite». Pero no salté y allá se fue esa cosa enorme dejándonos la marca de una caricia delicada.

(*) Fragmento de “El padre y otras historias”, Ed. El Ateneo, Bs. As., 2012

 

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