Perfume a retamas (*)
 
Por Olga Starzak

 

   Nunca supe, hasta ahora, por qué Juan le esquivaba a las retamas. Había  plantaciones por todos lados en la zona donde vivíamos; él no discutía su carácter ornamental, simplemente no las quería en el jardín.
   -Yo respeto su decisión, señora, pero este lugar es propicio para las retamas. Usted se queja de que la humedad y el salitre de este terreno  le impiden  tener flores,  y verde,  y plantas perdurables;  le aseguro que las retamas resistirían.
   No dudaba de las sugerencias del jardinero, pero también era manifiesta su especial preferencia por estos arbustos, tan intensa como la aversión que Juan parecía haberles tenido.
   -Ya le conté por qué me niego; mi marido nunca las quiso. Decía que no soportaba el  perfume de sus flores.
   Uno de esos días en los que él me insistía y yo me negaba, en un tono de voz más bajo y como siempre, respetuoso, dijo:
   -Pero el señor ya no está.
   -No se trata de eso, Manuel; entienda…
   -Esta bien, señora. Disculpe.
  -No se preocupe. ¿Sabe una cosa? Aunque me cueste aceptarlo, es cierto. ¡Probaremos!      Plante unas retamas. Usted las elige.
   -No va a arrepentirse, créame.
   La mujer es madura y camina con pasos decididos. Él es muy joven  y viene detrás; arrastra sus pies al caminar. Ella se detiene y lo espera; de su brazo le cuelga un bolso. Lo apoya en el piso cada vez que interrumpe su andar debido a la lentitud  del muchacho. Y entonces él avanza. Me esfuerzo en escuchar lo que dicen pero sólo logro oír que le dice mamá. 
   Aquella misma primavera florecieron. Manuel las había transplantado ya adultas. Los primeros días las ignoré pero luego, observando desde el interior de la cocina su amarillo brillante,  tuve que reconocer que eran hermosas. La frondosidad de las copas se había entremezclado dando una sombra apretada. Eran cientos de ramas con flores en racimos despidiendo un perfume penetrante, una sustancia agria impregnando el aire. Ese aroma que pugna por imbuirse en la nariz, en la garganta… y cala la piel; y  acompaña por un buen rato.
   Allí me siento a leer cuando mi hija, pronta a cumplir los quince años, está en el colegio o reunida con amigas.
   Gracias a la decisión que había asumido al adoptarla, aun sin un padre para ofrecerle, Maira era todo lo que tenía. Recuerdo como si fuera hoy cuando la llevaron al hospital donde todavía trabajo. Su rostro amoratado, las manitos tan pequeñas… el llanto por el hambre, mojada hasta las mediecitas y con la cola irritada de tantas horas sin cambiar sus pañales. Unos chicos que jugaban en el bosque la habían encontrado dentro de un bolso, tapada con un abrigo de lana. Casi no podía respirar.
   Es el atardecer de un día cualquiera y, alejándose de la ciudad, van  hacia el bosque; ambos caminan con la cabeza gacha, ella como si la escondiera, él como si no tuviera fuerzas para erguirla. Un mechón de cabellos le cae sobre la frente sin que haga ademán para corrérselo: sólo necesita ver los pasos de su madre.  
   Después de los trámites de rigor y ante la ausencia de alguien que la reclamase,  me la dieron en guarda. Creo que influyó mi condición de enfermera y los cuidados que la chiquita necesitaba debido a su estado de desnutrición. Porque nunca fue fácil para una mujer soltera conseguir una autorización de estas características.
    Al año, fuimos juntas al Registro Civil.  Maira ya tenía mi apellido.
   Recorren el sendero aledaño a la laguna. Él desvía su andar y se acerca a la orilla, se agazapa;  llena con agua sus manos y se moja la cara, el cuello, los brazos. Quiere sentarse pero la madre no se lo permite. Continúan.
   Cuando Maira cumplió cinco años me casé con Juan, al que llamó papá hasta el día que de tanto sufrir una deficiencia pulmonar, decidió bajar los brazos y se entregó a la muerte. Lo había conocido en la enfermería. Cada tanto aparecía con fuertes crisis de asma; allí permanecía hasta que lo compensaban. Empezamos a frecuentarnos y, obviando los comentarios provocados por ser él bastante más joven que yo, se vino a vivir con nosotras.
   Mi mirada está fija en esas dos figuras que se me vuelven, por momentos, caricaturescas. Es entonces cuando la madre se detiene, se acomoda la pollera que ha venido bajándosele, se quita el abrigo que lleva puesto y lo acomoda, con delicadeza, dentro del bolso que acaba de dejar a los pies de la plantación.  
Son retamas que bordean un espacio oscuro del lugar.
   Juan no tenía más que a su madre,  pero nunca la conocí. Él me contaba que hacía mucho la había borrado de su vida.  Durante un tiempo yo intenté, en vano, procurar entre ellos un  vínculo, de encontrar una abuela para nuestra hija, pero cuando quería profundizar sobre los motivos de ese alejamiento, él evitaba el tema con mucho fastidio. Opté por respetar su silencio.
   Es un retamal alto de ramas muy tupidas formando un semicírculo. En el suelo un colchón de tréboles dibujan un cantero. Y sobre él cientos de flores amarillas,  caídas ordenadamente,  como si alguien las hubiese acomodado. 
   Mi esposo y Maira se amaban. Quizás debido a su enfermedad él nunca quiso que tuviéramos hijos y yo aún no sentía la necesidad de un hermano para la niña. Después, con el paso del tiempo, preferí no tenerlos. La salud de Juan se deterioraba aceleradamente. Siempre supo que mi decisión de aceptarlo a pesar de su extrema juventud,  tenía que ver también con sus sentimientos hacia Maira.
   Me había seducido su deseo casi obsesivo de convertirme en su esposa y aceptar a la niña como hija propia.  Era fuerte mi afán de que la nena reconociera en él la figura paterna que, quién sabe por qué razones, le había sido vedada.
   El muchacho la mira con ojos suplicantes. Enseguida fija la vista en el bulto que ha comenzado a moverse suavemente. Observa desconsolado la escena frente a sus ojos. La madre lo aleja de un empujón, lo atosiga… tal como sólo un adulto puede hacer con un chico indefenso. 
   Él ya no lucha contra la actitud de su madre, quizás pensando que es demasiado joven para hacerse cargo del producto de sus deseos.  Es entonces cuando puedo ver el delgado cuerpo de ese joven que está pronto a dejar la adolescencia. Rompe en sollozos, la madre lo consuela: le levanta con una mano el mentón  y con la otra  le acaricia la cabeza, peina con los dedos sus cabellos…. Y por primera vez se deja ver su  rostro.
   ¡Es el rostro de Juan! 
   En él pensaba cuando creo haberme quedado dormida debajo de la sombra de mis retamas.
(*) Del volumen de cuentos “El lenguaje del silencio” – Ed. Vinciguerra, Buenos Aires, 2007
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