CABALLO (*)
 
Por Antonio Dal Masetto
 
 
       Había andado una media hora arriba y abajo por el camino que faldeaba el cerro sin encontrarme con casas ni cruzarme con gente, hasta que al doblar una vez más vi un tipo muy gordo y pelado sentado sobre una roca.
         —Sigue el incendio —dije mirando el humo que cubría el cerro del otro lado del valle.
         —Baje la voz —me dijo el tipo.
         Señaló una cerca de troncos que bordeaba el camino y se perdía en las matas de rosa mosqueta.
         —Es para que no venga el caballo —aclaró.
         —¿Qué caballo? —pregunté.
      —Uno que está ahí. Le traigo manzanas todas las tardes. Pero no quiero que aparezca todavía.
         Me senté también yo, a un par de metros.
         —Ese incendio ya lleva una semana —dijo el tipo—. No lo pueden parar.
         —Da miedo.
         —Dan miedo, pero también son fascinantes.
         Arrancó un hilo de pasto, se lo puso entre los dientes y lo masticó. Siguió:
         —Vi muchos incendios de bosques. Nací y me crié en esta zona. El mejor lugar del mundo, no hay otro igual. Es difícil acostumbrarse a vivir en otra parte. ¿Usted es de por acá o está de paso?
         —De paso. Me voy esta noche.
         —Yo volví al sur hace quince días —dijo—. Me moría de las ganas de llegar. Ya estábamos cerca y el tren paró unas cuatro horas. Un desperfecto.
         Arrojó el hilo de pasto y arrancó otro.
         —Era de noche, me puse a caminar por las vías y vi las estrellas. Eran las mismas de antes. Estrellas enormes. Ahí sentí que estaba de vuelta. Me emocioné.
         —Es probable que hayamos venido en el mismo viaje.
         —¿A usted también le tocó estar parado cuatro horas?
         —Y vi las estrellas.
         —Enormes.
         —Tal cual.
         —Lo primero que hice en cuanto llegué fue buscar la casa donde había vivido. La refaccionaron. Casi no la reconozco.
         —¿Habían pasado muchos años?
          —Muchos. Ya ni siquiera estaba la ventanita de atrás. Hubiese querido verla. A veces me preguntaba cómo había hecho para pasar un cuerpo como el mío por un agujero tan chico.
         —¿Una ventana?
         —La ventanita por la que me escapé.
Hizo una pausa larga y se quedó mirando el suelo, pensativo. Empujó una piedra con la punta del zapato.
         —La policía. Errores de juventud. No vale la pena que le cuente esa historia.
         —No tiene por qué hacerlo.
     —Durante todo el tiempo que estuve lejos me imaginaba el regreso  y me veía cruzándome con gente que me reconocía y me señalaba. Así que me instalé en un hotel en las afueras del pueblo, sobre la ruta. Los primeros dos días sólo salí de noche. Después me fui animando. Terminé paseándome mañana y tarde por la calle principal y sentándome en todos los bares.
         —¿Y qué pasó?
         —Nadie me reconoció, nadie me señaló. Primero fue un alivio, pero después me desilusionó.
         Pateó otra piedra.
         —Al final, ¿sabe qué hice?
         —¿Qué hizo?
      —Empecé a caminar delante de la comisaría, por la misma vereda.
         —Y nada.
         —Nada de nada.
         —¿Hubiese preferido que la policía lo reconociese?
      —No sé qué decirle, pero me aguanté tantos años por temor a que me descubrieran y ahora vengo y nadie sabe quién soy.
         Me miró fijo, esperaba un comentario. No se me ocurrió nada y asentí varias veces moviendo la cabeza. De nuevo pateó una piedra.
         —Nadie con quien hablar. Nadie con quien recordar.
         —Entiendo.
         —La única compañía es un animal con el que vengo a pasar un par de horas todas las tardes.
         —El caballo.
         —No lo nombre en voz alta.
         —Disculpe.
         —Eso es todo lo que encontré en mi regreso al sur.
         —La verdad que no es mucho.
         —Usted lo dijo, no es mucho.
         —Pero algo es.
         —Sí, tiene razón, algo es.
         —¿Un cigarrillo?
         Fumamos en silencio.
         —Me parece que voy a llamarlo —dijo el gordo.
         Pero no se movió, no llamó. Se inclinó hacia delante, apoyó los codos sobre los muslos, se tomó la cabeza y permaneció así. Después de unos minutos giró hacia mí:
         —¿Quiere llamarlo usted?
         —A mí no me conoce.
         —No importa.
         —¿Cómo hago?
         —Nómbrelo.
         —Caballo.
         —Más alto.
         —Caballo.
         El gordo metió las manos en los bolsillos de la chaqueta y sacó cuatro manzanas verdes.
         —Tenga, dele una usted también. Es un buen caballo.
         Tomé la manzana y la froté en el pantalón.
         —Ya viene —dijo el gordo.
        Pasó un rato largo sin que hubiera novedades.
         —Ya va a venir.
         Presté atención, pero no se oía más que el silencio. Me paré y me subí a la roca donde había estado sentado. De otro lado de la cerca, en el terreno en declive, sólo vi la extensión de arbustos bajos que temblaban un poco con el viento. Nada más que los arbustos.
        —Caballo —grité.
         Al fondo brillaba el río. Del otro lado, subiendo, el abanico de fuego seguía devorando el cerro y una gran nube de humo ensombrecía el cielo y se desplazaba lenta hacia el lago.

(*) Fragmento de “El padre y otras historias”, Ed. El Ateneo, Bs. As., 2012

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