Comentario de un libro recientemente publicado

“RITUAL DE SIESTA”, DE CARLOS DANTE FERRARI
 
 
     “Mae´r diafol yn y canu a hefyd y corau”, reza un refrán galés habitual entre los antiguos pobladores del Valle del Chubut; cuya traducción dice más o menos así: “el diablo está en los cantos y también en el coro”. Este proverbio tiene el mismo significado que una de las primeras frases de “Ritual de Siesta”, la más reciente obra de Carlos Ferrari, con la que el autor advierte al lector lo que le espera más adelante: “Sin embargo, como la sordidez y las pasiones encuentran refugio incluso en los sitios más inesperados, aquí también han sucedido hechos oscuros y episodios dramáticos”.
     El “aquí” se refiere, precisamente, a Gaiman; lugar donde transcurre la intensa novela de Ferrari. Al igual que en el Peyton Place de Grace Metalious, el odio y el amor –un amor enfermizo y obsesivo– se enmarañan en el vecindario; y crean un ambiente opresivo que, a medida que se desarrolla la trama, se enrarece como el aire en una caldera sobrecalentada, para terminar estallando con inusitada violencia.
     El autor incursionó primero en la novela épica y luego en la fantástica; y ahora encuentra un lugar en la narración intimista, psicológica; donde parece hallarse cómodo. Sus dos primeras creaciones semejan ser el preludio de esta última obra; un relato despiadado que no admite concesiones ni sensiblerías, donde se descarga, como un mazazo, la feraz inventiva del escritor.
     No hay héroes en esta novela; tampoco villanos calculadamente malvados. Sólo hay seres humanos exhibiendo su patética sevicia, su ruindad mediocre; mostrando sus vulgares bajezas y empujándose unos a otros hacia un brete sin salida. Lo único que permite cada tanto al lector aflojar la tensión que se va acumulando con el transcurrir de las páginas, es la suave nostalgia que surge de algunos párrafos distribuidos a lo largo de los diversos capítulos –cuya denominación muestra el vaivén del argumento, fluctuando entre distintas épocas y diferentes lugares–, en los que el autor recuerda el Gaiman de los años sesenta y setenta.
     Porque ese es uno de los logros de la obra: la familia Bermúdez se mueve en su pueblo adoptivo con naturalidad, como Raskolnikov en San Petesburgo o Jean Valjean en París: de la mano del autor, que aprovecha las circunstancias para recrear el lugar donde vivió durante su niñez y su adolescencia. Es un sitio familiar para Ferrari, quien lo retrata con sentimiento y conocimiento; y lo convierte en el marco ideal para esta historia con algo de “novela negra”, que tiene como centro del rito mentado en el título, la ominosa figura de un Mercury del 58, inútil para otro viaje que no sea hacia la locura y la muerte.
     Pero no es intención de este comentario avanzar sobre el contenido ni develar la urdimbre de “Ritual de Siesta”. La novela debe ser descubierta por el lector –que lo hará de un tirón, porque su lectura es adictiva–; hasta llegar a ese final materializado en una sucesión de inesperados sucesos y revelaciones con ritmo cinematográfico. Al finalizar el libro, queda la certeza de haber leído una verdadera obra literaria; la creación de un autor que logró hallar el tono preciso para su producción artística. Sin dudas, la inspiración de Ferrari pronto brindará a las letras regionales otros frutos que, como éste, seguirán mostrando que la Literatura Patagónica se escribe con mayúsculas.

J. E. L. V.

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