VOLTERETAS DE UN CARACOL

 
Por Carlos Dante Ferrari
 

        El hombre se acercó hasta el borde del agua, allí donde la corriente del río se tomaba un merecido sosiego, demorándose en la curvatura del remanso. Entre las piedras cercanas a la orilla, la superficie cristalina mostraba al pequeño molusco adherido a un trozo de basalto veteado.
       La delicada forma lo cautivó. Apenas tuvo que estirar el brazo para tomarlo entre los dedos. Al ser sacado de su medio natural, el cuerpecillo membranoso se contrajo en la pulsión más elemental del miedo.
       El hombre lo llevó hasta el sitio donde la mujer yacía recostada bajo los árboles, entregada al ensueño. Entonces el caracol pudo percibir, con la sola sensibilidad de sus entrañas, las vibraciones sonoras de una voz aguda, la exclamación de sorpresa ante aquella forma de vida primigenia.
         Fue apenas un momento. Luego el hombre se compadeció de la criatura indefensa. En el improvisado cuenco de su mano condujo otra vez al gasterópodo hasta el confín donde el agua y la tierra demarcaban sus dominios y, con cuidado, lo colocó en el recoveco del  pedrusco, cerciorándose de que el tegumento de su pie ventral volviera a adherirse con firmeza en el mismo punto del Universo donde lo había encontrado.
       El caracol fue recobrando la paz perdida. ¿Qué habrían sido esas extrañas sacudidas que alteraron su sueño, acompañadas de unas oscilaciones indescriptibles, rozando su caparazón como un cosquilleo? Había experimentado un cambio brusco de temperatura, el contacto con otro ámbito totalmente desconocido, una vertiginosa sensación de vacío.
        Poco a poco todo volvía a la normalidad. La acostumbrada quietud lo alivió enseguida. Mientras se adormilaba, atribuyó el episodio a algún arrebato del río caprichoso; quizás el embate encrespado del torrente, o las impredecibles rachas de viento acuático.
       Su letárgico discurrir era ajeno a las irreverencias del reino humano. ¿Cómo explicarle que a veces la curiosidad puede ser atemperada por la mediación oportuna de una energía cósmica invencible?
       Una misteriosa vocación protectora, capaz de evitar los peores cataclismos. El amor providencial, esa herencia de los dioses.                                                            
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