¿Quién de nosotros no es por
siempre jamás un extraño?
THOMAS WOLFE

                      Cada otoño

 
                      Por Luis Eduardo Ferrarassi (*)
Era otoño cuando sucedió y cada otoño, la historia se repite.
Otra vez soy testigo, el único que hay.
La historia empieza así: me desperté y no sentí ningún sonido extraño. Al cabo de un momento, me di cuenta que no hay tráfico. No había ladridos. No había sonido artificial, sólo el que producía el viento.
Me levanté y me asomé por la ventana y no vi nadie. Parecía un domingo a la mañana. Había autos, pero ninguno avanzaba. Estaban inmóviles, pero encendidos.
Acudí al baño y me dirigí al súper a comprarme un paquete de yerba y unas galletitas dulces. Pero aunque el súper tenía las puertas abiertas y todavía se escuchaba la música por los altoparlantes (una canción de Cristian Castro) no había nadie. Ni clientes, ni cajeros, ni repositores, ni los guardias de seguridad. Nadie. Estaba solo. Siempre estoy solo.
Aunque sabía lo que estaba por hacer y su consecuencia, lo hice igual… más por hábito que por otra cosa. Miré hacia todos lados y exclamé: “¡Hola!” pero nadie respondió.
-¿Nadie trabaja hoy? –digo siempre en voz alta.
Ingresé al patio de compras, me dirigí por el pasillo que circunda las cajas hasta el fondo del súper y giré hacia la derecha para buscar ambas cosas, que están ubicadas en pasillos contiguos.
Avancé hacia las cajas y elegí una: normalmente es la del medio, la que dice Prioridad embarazadas (aunque eso nunca se cumplía) y tiene pegado un cartel que reza: ESTA CAJA NO OPERA CON MAESTRO. Puse los productos sobre la cinta transportadora, di la vuelta, me senté en la silla del cajero, pasé los productos por el scanner, dije el precio en voz alta, me levanté, tomé los productos y salí por la parte de atrás, la del estacionamiento.
Afuera, el viento y el fresco matinal de otoño me cubrió pero no todos los años es el mismo. A veces, hace más frío y otras veces hace más calor. A mi derecha vi el colegio Ladvocat cubierto de graffitis y propagandas de partidos políticos que ofrecían un cambio que ahora se me antoja gracioso. Divisé la cadena de autos estacionados con sus motores encendidos y vacíos. La parada de taxis estaba llena, pero no había clientes. Ni taxistas. Más allá estaba la plaza San Martín. Sus veredas y parques estaban llenos de hojas secas que nadie limpia y el pasto estaba tan largo que le tapaban las piernas a las estatuas. El viento se ha llevado las bolsas de nylon, los papeles y hojas y estaban estampados contra el alambrado del súper. Miré a la izquierda y observé el edificio donde vivo, la florería y el quiosco que abrió, pero que nadie atiende.
Ese día tenía ganas de caminar, no de volver a mi casa. Dejé los productos en las escaleras del edificio donde vivo (sabía que estarían ahí cuando regresara) y caminé por Don Bosco hasta llegar a calle Tucumán. Aquel es un paisaje que he visto muchas veces, con exactitud, durante tres otoños. Un mismo día. Un solo habitante. Negocios, supermercados, autos, plata, ropa… todo para mí. Bajé por Tucumán hacia Roca y doblé a la izquierda. Pasé frente a la Comisaría Primera y esta vez entré. No había nadie en la guardia, ni en las oficinas, ni en una habitación grande y larga al fondo de un pasillo.
Hasta ese momento, todo, cada día del otoño es el mismo. Pero cuando iba recorriendo el pasillo por la mitad, escuché un ruido metálico. Me quedé inmóvil tratando de concentrarme en el sonido. Lo volví a sentir, esta vez, más fuerte. Luego se repitió. Volví sobre mis pasos y me encontré frente a una puerta grande y tosca con una ventanilla enrejada. Allí había un pasillo que daba a varias celdas y a un baño. Un aroma a Procenex me cubrió y me hizo acordar aquellos años cuando mi mamá desinfectaba el baño. Abrí la puerta, quitando los cerrojos, entré y avancé un par de pasos.
-¿Hay alguien ahí? –dijo una voz al fondo del pasillo.
Me negaba a creer que había otra persona en esta ciudad, pero ciertamente la había. La tenía frente a mí: era un hombre de pelo largo y barba. Me dijo que estaba encerrado desde hace tres otoños y que comió insectos, pan duro y que tomó su propia orina y cuando llovía, agua que se filtraba por un ventiluz.
Encontré la llave en la guardia, abrí la puerta y lo saqué. Lo llevé a mi casa, comió y durmió ahí toda la tarde. A la noche, salimos al súper y repetimos la historia, pero esta vez, el tipo se metió en mis actuaciones. Él se sentó en la caja, me cobró la mercadería y me dijo el precio. Al salir, él eligió el lugar que visitaríamos. Era un metiche. Lo odiaba. Quería volver a ser el único.
Esa noche volví a la Comisaría mientras él se daba un baño y revisando todo el edificio, encontré una escopeta.
Le di un tiro en el pecho que dejó un hoyo grande como un melón y mucha sangre por toda la cama.
Limpié la casa y me sentí mejor cuando tiré el cuerpo por la ventana de la pieza hacia la calle.
                                                           — 0 —
… Era otoño cuando sucedió y cada otoño, la historia se repite.
Otra vez soy testigo, el único que hay. La historia empieza así: me despierto sin sentir ningún sonido extraño. Al cabo de un momento, me doy cuenta que no hay tráfico. No hay ladridos. No hay sonido artificial, sólo el que produce el viento. Más tarde, camino hacia el súper, canturreo la canción de Cristian Castro, me llevo mercadería que luego dejo en la escalera del edificio donde vivo, camino por el centro hacia la Comisaría, libero a un hombre que estuvo encerrado durante tres otoños y que bebió su propia orina, lo llevo a mi casa, lo alimento, salgo a mis aventuras con él, me irrita su presencia, quiero ser el único y lo mato de un escopetazo.
Me doy cuenta que cada otoño puede ser diferente y todo depende de mí: el único habitante en esta ciudad.

 

(*) Escritor de Río Gallegos.
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