Canto llano 

Por Graciela Fernández de Jones (*) 

Amanece. Las primeras lucen escarchan la tierra de marfil y damasco. Morada de antiguas lenguas tehuelches. Entrega de historia y coraje. 

Ocres, terracotas y rosados, escalonan las terrazas. Altivas murallas perpetuando el canto del viento. Mudas fortalezas. 

Destila su caricia amarilla el tomillo en el aire fresco de la mañana y se estira la quietud en el breve caserío. Zigzagueando volutas de humo escapan de las chimeneas. 

El hombre inicia el rito cotidiano y echa a andar. Ensilla la vastedad del horizonte. 

Trenza la mujer sus dedos en el telar y el día comienza. 

Cuando la calandria posa el trino en la jarilla, repliega su memoria de arraigo en calafate en el fruto maduro. 

Faldeos de coirones serpentean entre los cantos rodados que salpican de grises las lomadas. Y se recorta en el paisaje una llamarada naranja de tamarisco que flanquea el rancho. 

Solitario el quilimbay enfunda su ritmo monocorde en el silencio y la infinitud se instala y se filtra por las grietas arcillosas. Roza apenas la llovizna en el rostro terroso que fundirá su alquimia de estéril estepa en el amasijo del alfarero. 

Los parches del alma sureña laten en el corazón arisco de la meseta. 

(*) Incluido en “Desde las postas del viento” – Escritores de Patagonia – Prueba de Galera Ediciones – Buenos Aires – 2001
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