ARISTÓBULO EN LA ERGÁSTULA DE CLÍPOLIS 
 
(un suplicio esdrújulo) 
 
 

Por Carlos Dante Ferrari 

Apaleado, yace ahora Aristóbulo sufriente en el cubículo sombrío. Incrédulo, aún no sale de su asombro ni da crédito a su insólito sino. Lo ha traicionado nada menos que Pífano, su más estólido discípulo. Un pánfilo, un cretino. El muy idiota le reveló al Tribuno el vicio más recóndito de su ínclito mentor: espiar a las vírgenes amantes del Dómino cuando toman sus baños matutinos. Enterado enseguida, de un solo golpe el Edecán del Séquito le ha roto la mandíbula. Después lo ha mutilado. Estúpido se siente el prisionero por haber desoído a la Sibila, aquella del Oráculo de Dódona, en Epiro. Ella le había anunciado cuál sería su trágico destino, de persistir con ese hábito furtivo. Sin embargo fue un crápula, un tonto pervertido, y aquí paga en desgracia la mísera lujuria que lo ha poseído. Revuélcase Aristóbulo en el piso, muy lívido de furia, a más de adolorido. Hasta el alma le escuecen los cáusticos martirios. Y lo que más le duele son los tétricos cuencos, cegados para siempre; los párpados inútiles, las resecas carúnculas de sus ojos perdidos.
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