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EL ÚLTIMO DÍA DE SOL

 

Por Luis Ferrarassi (*)

 

 

Hubo un día que el sol no asomó. Aunque el fenómeno se daba en otras partes del mundo, como en el Ártico o la Antártida, acá no era nada común.

El primer día, todos estaban sorprendidos y confundidos. Salían a las calles, sacaban fotos, festejaban, como si fuera una gran nevada, que no asustaba ni preocupaba al ciudadano común, sino que, de algún modo, lo hacía sentir ridículamente orgulloso de ser una ciudad con algo que la distinguía. Aquel crepúsculo había cubierto toda la jornada, en una noche perpetua.

El segundo día, comenzaron a buscarse explicaciones y a preguntarse si éramos los únicos. Al parecer, sí, lo éramos. Éramos los únicos sin sol.

Había en el suceso algo hechizante: nadie, aunque lo intentara, podía emerger de los dominios de la ciudad. Uno, simplemente… quería quedarse. Y cuando había quien se libraba del hechizo y llegaba a la altura del aeropuerto, una oscuridad profunda se comía las cosas y al parpadear, aparecían del otro lado de la autovía, con dirección a la ciudad. Muchos han intentado irse en otras direcciones, pero siempre pasaba lo mismo: la oscuridad devoraba y regurgitaba. Pero nunca devolvía lo mismo que se tragaba, antes absorbía una parte de la vitalidad. Esa gente ya no era la misma.

Pasaron más noches, más tiniebla, más oscuridad. Dos, tres, cuatro días. Al décimo, ya habituados a la soledad de siempre, pero ahora con un aditivo nada común, aparecieron las criaturas. Salieron de la nada.

Eran del tamaño de un niño de seis años, delgadas, de grandes ojos gatunos, bocas pequeñas, sin nariz ni orejas. Sus brazos cortos terminaban en manos pequeñas que en vez de dedos parecían tener tentáculos. Sus pies eran casi siempre invisibles por la carencia de luz, pero eran similares a sus manos. Emitían sonidos agudos, como silbidos, para comunicarse entre ellos.

No faltó el viejo que decía que provenían del milenario volcán que ahora albergaba la famosa Laguna Azul. La leyenda las ubicaba allí y ahora, vueltas una realidad, habían aparecido desde la oscuridad y se presentaron ante nosotros en cada hogar del pueblo.

A pesar de su tamaño, eran intimidantes a su forma. El silencio, la quietud, sus miradas, eran más poderosas que cualquier arrebato de fuerza humana. Las armas no disparaban ante ellos. Algo había de inexplicable en eso.

Cuando nos visitaron y nos tuvieron en su poder, solos, nos arrodillábamos frente a ellos y clavábamos nuestras miradas vacuas en sus enormes ojos. Apoyaban sus manos en nuestras cabezas y nos otorgaban el horrendo poder de ver lo que vendría.

  Aquella, la premonición, era su arma ante las nuestras: la fuerza bruta. Nosotros los superábamos en número y potencia armamentista, pero ellos tenían lógica, organización, habilidad de ver lo que se aproximaba y lo que había pasado y el grandioso poder que tejer el manto de la noche perpetua sobre nuestras cabezas, abrigando el lomo de la ciudad.

Vimos, como una vieja película antigua, que las criaturas cosechaban. Que cada noche (de las noches viejas), tomaban uno de nosotros, lo arrastraban a la laguna y lo devolvían igual a ellos. Uno menos de nuestro bando, uno más del de ellos.

Luego de desmayarme y con una idea bastante clara de lo que me pasaría y lo que nos pasaría (me refiero a todos nosotros), desperté mientras una criatura me arrastraba por un camino de tierra y filosas piedras volcánicas, que desde la altura, dibujaban un sendero negro, donde vaya uno a saber cuándo, se posó un río de ardiente lava y vi que se sumergía en la laguna conmigo a cuestas.

Mientras leés esto, no sabrás, a ciencia cierta, si hoy es el último día de sol que tendrás. Si lo es, al menos sabrás lo que se avecina.

Y quién te dice, quizá, quizá, podamos conocernos, tú y yo.

(*) Escritor de Río Gallegos.