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DIVAGACIÓN I

 

Por Juan Roldán (*)

 

 

 

Odio escribir. Odio porque siento que las palabras son fugitivas que nunca alcanzo. Tramposas que insinúan sentidos que no poseen, falaces. Aves que se vuelan cuando intento atraparlas. Odio, porque casi nunca dicen lo que yo quiero que digan y me traicionan a la vuelta de un verso o en una próxima oración, obligándome a caminar por senderos que no pensaba. Son salvajes, aun aquellas que parecen dulces, como: cielo, cariño, nube, beso. Engañosamente inocentes.

Odio escribir cuando paralizado frente a una última línea no me dicen nada, y leo y releo; y lo escrito se cierra como las puertas de roca de la cueva de los ladrones, sin saber yo, el conjuro. Abrete, abrete…

Odio escribir porque en la furia repentina de una idea que avanza, todo se vuelve en contra y me denuncian como un fraude, un loco, un asesino o una víctima. Desnudando el carácter transitorio y volátil de mi alma, sacando a la luz lo que tengo de demonio y farsante.

Lo dicho: odio escribir, y pienso que mi solitaria creación solo ocupara un par de carillas inentendibles, que intentaran un absurdo equilibrio, una imperfecta armonía.

Amo escribir. Amo escribir cuando repentinamente laS palabras brillan como portales estelares a otro universo. Y suenan tan parecido a como suenan las galaxias y las estrellas en una noche clara. Casi como estallidos de luz y sonido, como gotas suaves cayendo en los follajes de los árboles, como aquella brisa marina que trae el olor de puertos lejanos.

Amo escribir. Porque, a veces, solo a veces, las palabras dejan de serlo y se vuelven lo dicho. Entonces, crecen alrededor de mi solitaria actividad: árboles, caminos, mares, vientos, y rió y lloró como si en vez de escribir estuviera viendo. Estuviera viendo.

Amo escribir, odio escribir.

Amo…

(*) Escritor santacruceño.