plagio

PLAGIO EN LA LITERATURA

Por Jorge Carrasco

 

     En el secundario, cuando doy trabajos de investigación literaria, descubro cada vez con mayor frecuencia trabajos copiados. Hoy en día la tecnología digital facilita esta trampa y hay páginas, como El rincón del vago, que le ofrecen al alumno una amplia oferta de contenidos orientados al engaño. En muchos casos el alumno, fiel a la ley del menor esfuerzo y a una laxa moralidad, sale del paso copiando trabajos ajenos sin hacerles la menor modificación. El asunto se complica para el profesor cuando ve que esa costumbre ilícita de los alumnos se convierte en una actividad normal de los adultos, e incluso de los escritores que los adolescentes están obligados a leer.

     El diccionario dice que plagio es copia de una obra ajena que se presenta como propia, o una copia no declarada pero literal, según Gerard Genette. No es, por lo tanto, una relación textual común y corriente entre autores, como quieren explicar los plagiadores. Julia Kristeva, siguiendo la línea de Mijail Bajtín sobre dialogismo literario, afirma que “todo texto es la absorción o transformación de otro texto”. Genette, por su parte, dice que intertextualidad es la presencia efectiva de un texto en otro. Hay relación intertextual entonces cuando se alude, se comenta, se cita, se parodia otro texto. En todos estos casos, el escritor nombra o deja entrever el texto que le sirve de fuente. Es una mención explícita de una obra ajena.

     El lado oscuro de la historia literaria consigna diversos casos de plagio. Voy a nombrar algunos.

     Se han detectado sospechosas semejanzas entre los textos Idilio en el desierto de William Faulkner y la obra de Onetti Los adioses. Leí ambas obras y es un hecho que cuando escribió Onetti Los adioses su estilo se encontraba bajo el influjo excesivo de Faulkner, su maestro declarado. Personajes, ambientes y argumentos tienen extrañas afinidades. Eso sí, el desarrollo de la obra de Onetti me parece superior al de la obra del extraordinario escritor norteamericano.

     Otro caso famoso es el poema 16 de Pablo Neruda, cuyo contenido guarda varias, quizás demasiadas, coincidencias con el poema El jardinero, de Rabindranath Tagore. En ese tiempo (hablamos de la década del veinte del siglo pasado cuando su estilo estaba en formación) un Neruda adolescente se nutría de una poesía sentimental de tinte modernista y romántico. El poeta chileno sale del enredo en que lo había metido su enconado rival poético, Pablo de Rokha, señalando desde la tercera edición del libroVeinte poemas de amor que su poema era una paráfrasis del poema del hindú. Esta salida, la reescritura de otros textos, la única posible para mantener cierta dignidad, la tomarán en adelante muchos plagiadores.

     Jack London  también debió recorrer los tribunales por el mismo delito. Este año, en la reunión del Área de Lengua y Literatura en un secundario de mi localidad, saltó la idea de proponer a los alumnos de primer año la lectura del libro El llamado de la selva. Otro escritor, Egerton R. Young, afirmó alguna vez que el contenido de ese libro se basó en su obra My dogs in the northland, hecho que no fue desmentido por London, quien incluso señaló que le envió a Young una carta de agradecimiento por el aporte.

      Hace poco, en España, el escritor peruano Bryce Echenique dijo que el plagio “es el más grande homenaje que se le puede hacer a un autor”. Dijo también que para él plagio y contagio son palabras sinónimas. Por eso le encantaría plagiar a Cervantes y a Stendhal. Si a tales afirmaciones no las precediera el escándalo, no dejarían de ser meros juegos del intelecto de un escritor laureado y reconocido, autor de una obra no menos extensa que importante. El asunto no cobraría resonancia si Bryce Echenique no tuviera, como las tiene, veintisiete demandas por plagio, llevadas adelante por sus colegas, tanto peruanos como de otras nacionalidades.

     El escritor español Pérez Álvarez, que se hace llamar Chesi en sus escritos, escribió un cuento que tituló Las esquinas dobladas en la revista literaria Jano, de España. El contenido de esa narración apareció tiempo después en un texto publicado en el diario El comercio, de Perú, con el título La tierra prometida, cuyo autor pretendía ser Bryce Echenique.

     Otro caso. En el año 2002 Paulina Wendt, narradora chilena, ganó el concurso de cuentos de la revista Paula con su obra El cazador. En Chile es uno de los concursos de más prestigio y da un premio relativamente importante en dinero (en ese tiempo cuatro mil dólares). El jurado lo conformaban los escritores Juan Villoro, Rodrigo Fresán y Andrea Palet. El asunto no quedó ahí. Tiempo después el sello Planeta descubrió que el relato ganador guardaba sospechosas semejanzas con el cuento El fin del viaje, del argentino Ricardo Piglia, autor que difundía su obra por ese sello editorial. Luego, por las “excesivas similitudes”, el premio le fue retirado a la escritora.

     En fin: hay plagios para todos los gustos. Hecho el texto literario, hecha la trampa. Los profesores tenemos hoy el reto de impedir la copia del trabajo intelectual ajeno. Nos vemos obligados a elaborar actividades cuyas respuestas no se encuentren en Internet. ¿El rincón del vago estará cambiando nuestra práctica docente?