Caminos_patagonicos

EL VIAJANTE

Por Marta Perotto

Pertinaz, la estepa muestra por las ventanillas del coche, desde hace horas, el mismo paisaje monótono. Aridez, arbustos bajos resistentes al frío y a la seca. Extremos los extremos. Soledad, De cuando en cuando la aparición lejana de un fugaz pedazo de mar.

«Mi vida es el camino» y se siente como Manrique con su río, sólo que éste está inmóvil y es él, su persona pegada a ese vehículo, el que se mueve.

«Extraña sociedad: el camino, el coche y yo». La excusa son las ventas, el ir de un pueblo a otro ofreciendo mercadería, no importa qué, siempre alguien lo necesita.

Él es del camino no del punto de partida o de llegada. Al andar sueña despierto, recuerda, está atento a lo que la ruta le depare y en esto siempre hay una ligazón fortuita que le impide creer en la existencia de lo casual; se cruzan las historias, se tienden las manos, se conoce a la gente.

Recuerda a esa mujer que iba en busca del marido sin más datos que el nombre de un pueblo perdido y el oficio de trabajador petrolero, Nunca supo si lo había encontrado, pero su perfume permaneció varios días acompañándolo. Al niño que quería llegar al pueblo para empezar la primaria y se las tenía que arreglar solo para hacer los trámites en la escuela hogar. Seguro y obstinado – un temperamento común que cría la estepa – lo lograría. Al mochilero europeo que quería llegar a El Calafate y andaba desesperado por lengua desconocida, espacio y soledad. A la vieja que recorría kilómetros y kilómetros para vender su canastita de tortas fritas. Al camionero que lo desempantanara sin medir el tiempo ni cobrar el servicio.

Se siente acompañado por esos seres a los que nunca volverá a ver aunque quizás algún eco de sus vidas le llegue traído por el viento en cualquier cafetería de una estación de servicio. Mientras anda, les inventa un antes y un después del momento del cruce y siempre los hace felices.

En los caminos hay otra libertad, hay confesiones del pasado a ese desconocido que se atraviesa y proyectos de futuro que toman forma al expresarlos. Surge la solidaridad, se siente uno atraído por la aventura. También hay algunos que se cierran – como la mulita – en un caparazón de silencio que sólo es el barniz del miedo que les hace más difícil la vida.

«El camino soy yo» arriesga con el discurrir de su pensamiento, «serpenteo de pueblo en pueblo, cubro más geografías que el común de la gente. Abarco tantas historias… y al anudarlas unas con otras me siento un poco Dios».