Torres-Petroleo

 

 

PALABRAS PARA LOS HOMBRES DE LAS TORRES

 

Por Anita Aracena (*)

 

 

 

En la tarde cuentan cielo las torres.

 

Un alma de petróleo va aceitando los cerros.

El cielo susurra hacia los puertos

de las manos que aran en las nubes

donde las cinturas se doblan en campanas

por todo lo que aquí en la madrugada

han cobrado en lluvias y en vientos

golpeándoles, cruzándoles los rostros

en grises ambulantes.

 

A ti obrero del pan solitario y agrietado

que, tras de la luz de la estrella has recogido

tu dulce fatiga de ganar un nombre

para tu pueblo,

soñando a las cuatro de la mañana

con tu hijo, al que le cuentas la historia de Pietrobelli

y de sus hombres, que contando pasos hacia la costa

dieron un Chenque a Comodoro

y un negro de razas;

el mismo que ahora tambalea tu asombro.

 

A ti enjuago un enjambre de palabras

donde tu mameluco azul

descansa tras la puerta un domingo

a la tarde, en que los martillos se sitúan

con sus ojos girados mansamente hacia el descanso

(Y allá tras las mesetas, dentro del salto del mar,

entre una liebre andariega

o unas algas gustando el ácido de los hierros

de las torres inmóviles, los balancines cantan

sin tu vigilancia con la alegría

de los niños cuyas piernas hamacan

sueños de barcos de piratas).

 

Tu vas tomando en el tiempo

él timón de ta Patagonia, musculando con tu ternura

de buen trabajador sus leyendas,

contadas en las noches con voz india

donde el tehuelche va abriendo su costado

ganando esperanzas de andar junto a ti,

con el petróleo en tus manos, para tocarlo

a Dios, con tu pueblo entrando en los libros

donde sólo la paz crea el milagro

de nacer y crecer infinitamente.

 

A ti obrero de los atardeceres silenciosos

que tras de tu cansancio dejas caer

tu voz detrás de las ventanas,

mientras que el agua va lavando

tu torso que la fuerza de la tierra te ha dado

la imagen de árbol

casi con las nubes;

a ti te doy mi mano

porque mientras dobles tu mameluco azul

los balancines de las torres

pondrán a mi pueblo

un espacio de memoria para el futuro

donde nunca entrará la muerte.

 

 

(*) Ana Pescha de Aracena, escritora de Comodoro Rivadavia, nació en esa ciudad en 1930. Vivió sus primeros años en Alemania. De regreso en el Chubut, conoció al escritor David Aracena, con quién se casó. Publicó su obra poética en diversos medios locales, como “El Patagónico”, “El Chubut” y “El Rivadavia”; y también a nivel nacional en el diario “Clarín”. Colaboró en las revistas “Sur” (dirigida por Victoria Ocampo), Argentina Austral, “La Diligencia” y “Meridiano Artístico” de Rosario; y “Trépano Celeste”. Obtuvo numerosos reconocimientos, entre los que puede mencionarse el primer premio en poesía de la Dirección Provincial de Cultura del Chubut (jurado: María Elena Walsh y Juan José Hernández), premio en el concurso Clarín (jurado: Jorge Luis Borges, José Luis Lanuza, Enrique Larreta y Ricardo Molinari), primer premio en teatro de la Dirección Provincial de Cultura del Chubut, en colaboración con David Aracena, mención especial en el Premio Isernia de Poesía (jurado: González Carbalho y Salvador Merlino), tercer premio en el Primer Salón del Poema Ilustrado de la Dirección Provincial de Cultura del Chubut; y diploma de honor de la Unesco, filial Brasil. El presente poema fue tomado de su libro “Cómo son de azules las palabras” (Gprocultura, Comodoro Rivadavia, 1986).