cautiva

 

 

LA EXTRANJERA

Por Fernando Nelson (*)

 

 

 

En el vértigo alucinado de pólvora y lanzazos que dejó el malón, los pobladores perdieron animales, armas y también una mujer que estaba sembrando alejada del resto, a quien los aborígenes atraparon en los primeros momentos del ataque. Cuando los blancos lograron alistarse, ya los lanceros no alcanzaban a verse. Ese breve lapso había sido suficiente para los adiestrados caballos pampas, cuyo galope frenético puso a sus jinetes a salvo, y después, con su andar sigiloso entre peñascos, arroyos y cortadas, quedaron fuera del alcance de los Huincas, que no pudieron descifrar esos rodeos y terminaron  por desorientarse;  casi al anochecer, sumidos en el agobio y la desesperanza, debieron desistir y dar la vuelta.

 La cautiva había sido arrebatada del suelo por el hijo del cacique. La cautiva era de él; por eso la llevaba como la llevaba: tirada bocabajo junto a él, adelante, apretándola contra el cogote del animal, hasta que supo que ya no iban a atraparlo. Los otros maloneros iban adelante; él se apeó, le dio dos golpes en el rostro a la mujer para enseñarle quién era el que mandaba y para quitarle cualquier idea de escapar. Recién la subió con brusquedad al mismo sitio, pero ahora sentada. Desde ese momento la tuvo pegada a su cuerpo sudoroso y tomada de los pelos. La mujer –pese a estar viviendo esa inesperada pesadilla– apenas había soltado un par de gemidos al recibir los golpes.

 Llegaron con las últimas luces del segundo crepúsculo; el guerrero la metió de un empujón en su carpa, una carpa más de las muchas que estaban escondidas en el confuso bosque de tacuaras. La mujer cayó de bruces sobre el piso de tierra. Mientras se levantaba despacio y escupiendo el barro mezclado con la sangre de su boca lastimada, el lancero buscó una botella y se puso a beber, arrastrando palabras que ella no entendía, festejando la venganza y el placer que le esperaban. La mujer blanca, con polvo del desierto lastimando su boca, su cuerpo y su alma, sintió que un sofocón la sacudía, como si el indio ya la hubiera humillado con la violación y con los golpes. Le pareció tener el cuerpo transpirado y sucio, con lágrimas surcando su rostro acongojado. Por su mente cruzó como un rayo la imagen de su esposo y de sus hijos, y sintió el dolor intenso de su orgullo herido por ese salvaje que bebía y se contorneaba frente a ella. Sin pensar un instante y sin medir las consecuencias, se acercó al otro apenas, movió un brazo como un látigo, y su mano derecha dio de lleno en el rostro  oscuro y demasiado pintado del guerrero, que calló de pronto sin saber qué hacer. Sus ojos primero brillaron con odio contenido: una mujer le había cruzado una mejilla con ese golpe inexplicable: como si fuera poco, la mujer de un Huinca. De no haber sido por la mirada rabiosa de ella, de ese volcán huracanado que se desprendía de aquellos ojos inflamados por el odio, el guerrero no hubiera reaccionado del modo en que lo hizo: comenzó a reír como en los viejos tiempos, cuando jugaba con sus jóvenes vecinos a ser cazadores y guerreros. La mujer blanca, segura de que esa risa brutal era fruto del alcohol que el hombre había bebido, supo que luego de ese arrebato infantil e inesperado, el indio había de tirarla contra el suelo, para pegarle y violarla, como era costumbre en esa gente. Por eso no se permitió pestañar siquiera. Se quedó observándolo. El guerrero, obnubilado ya por el alcohol y por su propia risa sorpresiva, se agachó tomándose el estómago y cerró los ojos un instante; el que requería la cautiva para estirar un brazo y levantar la lanza que latía cerca de ella, en el suelo de la olorosa carpa improvisada. Apenas sopesó la tacuara antes de clavársela al indio en el estómago. Éste no alcanzó a gritar; de haber podido, lo hubiera hecho con todas sus fuerzas pidiendo ayuda para que dieran muerte allí mismo a esa blanca loca y carnicera; pero esta vez la voz no le salía. El acero había entrado demasiado hondo, y lo único que podía sentir era el fuego de su propia sangre corriendo entre sus manos temblorosas, mientras sus piernas fuertes empezaban a dejarlo, y él caía de un modo inexorable. Ya no pudo ver a la mujer, porque cerró los ojos buscando en vano la fuerza que alertara a los suyos de lo que estaba sucediendo. No pudo ver que la mujer se aseguraba de que no la vieran antes de salir de aquella carpa inmunda. No vio cuando ella salió apresurada. No la vio perderse entre las ramas del monte que ocultaban los toldos. No podía imaginar siquiera que aquella mujer, antes del alba llegaría con la ropa hecha jirones, con el cuerpo raspado por las altas jarillas, a las afueras de la Colonia, donde ya nadie la esperaba.

(*) Escritor chubutense, radicado en Puán (Bs. As.)